Un paquete de margaritas en noviembre
Lucía se ajustó la bata y se acercó a la ventana. Los árboles casi no tenían hojas. Una fina capa blanca cubría la hierba mustia y el tejado de la casa de al lado. Anoche había llovido un poco y, después, helado. Noviembre, frío y gris, el preludio de un invierno largo y oscuro.
Lucía suspiró. Melancolía fuera, melancolía dentro. Todo el fin de semana en casa, sola. Melancolía…
***
También era noviembre aquella vez. En la pausa del almuerzo, Lucía corrió al café de enfrente de la oficina, donde vendían comida para llevar. Las chicas del trabajo se turnaban para ir. Lloviznaba, pero ella no llevó paraguas. Era incómodo cargar bolsas con él.
La calle estaba vacía, sin un solo coche. Lucía cruzó confiada por el paso de cebra. Era una calle tranquila, sin semáforo. No vio cómo apareció el todoterreno doblando la esquina. El chirriar de los frenos la paralizó, agachó la cabeza y se tapó la cara con las manos.
—¿Quieres ir al otro barrio? ¿Te cansaste de vivir? —rugió una voz furiosa a su lado.
Lucía apartó las manos y abrió los ojos. Junto al coche había un hombre alto, de ojos negros llenos de ira.
—Mira por donde vas. Si querías que te atropellaran, podrías haberte tirado en una avenida —le espetó.
Pero no fueron sus palabras lo que la impactó, sino su aspecto. Alto, con un abrigo negro desabrochado, mandíbula fuerte resaltada por una barba bien cuidada. Los ojos oscuros de ese hombre de ensueño lanzaban chispas de furia hacia ella.
—¿Cree que por tener un coche caro la gente debe apartarse? Aquí no hay semáforo. Iba por el paso de peatones. Usted debería reducir la velocidad al girar. También hay gente caminando —replicó ella, pasando al ataque.
El hombre la observó detenidamente.
—Tenía prisa. Si está bien, me voy. Disculpe —dijo lo último casi por encima del hombro, ya camino al coche.
A Lucía le temblaron las piernas mucho rato después: casi la atropellan y, encima, le gritó. Al día siguiente no llovía. Cruzó despacio, con cuidado. De pronto, la puerta de un coche se abrió de golpe y ella retrocedió al instante. Del todoterreno aparcado cerca salió el mismo hombre. Se acercó con paso tranquilo, sonriendo.
—Dios mío, ¿y ahora qué? ¿Por qué no sigue? Yo esperaré —dijo ella, nerviosa ante su sonrisa.
—Perdone. La estaba esperando. Quiero compensar lo de ayer. ¿Tomamos algo? Como disculpa —su sonrisa dejó ver unos dientes blancos y perfectos.
—¿Hoy no tiene prisa? —preguntó Lucía, cautelosa.
En el café, el tiempo se detuvo. Notó el anillo de matrimonio en su dedo. Casado. Un dolor sordo le apretó el pecho. Era abogado, padre de dos niñas. Le pidió su número y llamó al instante para que ella guardara el suyo. «Por si necesita ayuda legal», dijo.
Lucía no pensaba llamarle, pero dos días después lo hizo él, invitándola a comer lejos del centro, donde difícilmente los vieran.
—Mucha gente me conoce, prefiero evitar rumores —explicó.
Y sin saber cómo, empezó a visitarla en casa. A veces, sin aviso, brevemente. Los fines de semana, Lucía se quedaba sola, echándole de menos, igual que en festivos. Él dejó claro desde el principio que no dejaría a su esposa, que adoraba a sus hijas.
Ella se preguntaba por qué iba, pero no quería ahuyentarlo con preguntas. Se había enamorado y le bastaban esas migajas de felicidad. Además, no tenía mucha experiencia con hombres.
***
Ese sábado, Lucía se quedó en la cama hasta tarde. Sin prisa, sin motivo de arreglarse. Se quedó frente a la ventana en bata, despeinada. Cuando sonó el timbre, abrió sin pensar en su aspecto.
Antonio entró como un huracán, la abrazó y dijo que solo tenía media hora… Cuando se fue tan rápido como llegó, ella se duchó y volvió a la ventana. La escarcha ya se había derretido, el asfalto brillaba húmedo.
«Así es el amor. Otra vez sola. Siempre igual: llega, no hay tiempo ni para hablar, desaparece. Pero hoy sacó media hora, un sábado. Eso vale mucho», se convencía. Pero su corazón no se calmaba, su cuerpo aún vibraba con el recuerdo de sus besos. Se abrazó a sí misma.
Ya no era la primera vez que pensaba: ¿hasta cuándo? ¿Cuánto más soportaría migajas de amor sin futuro? Algún día dejaría de venir. No quería pensarlo. Debía terminar esto antes de hundirse más. Era insoportable ser segunda, compartirlo. Pero no era fácil dejarlo cuando lo amaba.
Durante la semana no pudo verle. El viernes, la llamó de repente.
—Cariño, te echo de menos. Tengo una hora libre. Quedarme en el restaurante. Con el tráfico, mejor ve en metro —dijo la dirección y colgó.
Lucía salió disparada del trabajo. Se puso el abrigo, un pañuelo al cuello y un poco de lápiz labial.
—¿Me cubres? Me duele una muela —le dijo a Marta, su compañera.
—Claro —asintió Marta con una sonrisa cómplice.
Lucía se abrochaba el abrigo camino al metro. Iba ensimismada hasta que topó con un anciano. Su bastón cayó al suelo con estruendo. Ella se detuvo y se agachó para recogerlo.
—Perdone —dijo, entregándoselo.
—No es nada. Seguro que va a ver a su amor. A su edad yo también corría así. Ahora no tengo prisa. Ella no se va a ir.
Lucía miró las cuatro margaritas en su mano. ¿Margaritas en noviembre? No entendió al principio por qué eran cuatro.
—Lo siento —murmuró.
—No importa. Disfrute mientras pueda. Su chico debe estar impaciente. Yo iría corriendo a ver a mi Antoñita, pero ya no tengo fuerzas.
—¿Va al cementerio? ¿A ver a su esposa? —preguntó Lucía.
—Sí. Desde que se fue, iba cada día. Ahora no puedo. Ya falta poco para reunirme con ella. Toda nuestra vida juntos, y cómo nos queríamos. Me alegro de que se fuera primero. Al menos no sufrió lo que yo. Se parece un poco a ella en su juventud.
Su móvil sonó con tono alegre.
—No la retengo.
El anciano siguió su camino, apoyándose en el bastón.
Lucía contestó el teléfono.
—Lucía, ¿dónde estás? No tengo mucho tiempo. Date prisa… —Antonio sonaba irritado.
Colgó. El móvil volvió a sonar, pero lo apagó. Miró hacia donde iba el anciano. El tráfico era intenso. Cruzó corriendo.
—Aquí hay muchos coches. Déjeme ayudarlo.
Lo tomó del brazo y lo acompañó. Un conductor impaciente tocó el claxon.
—Gracias. Pero a mi edad ya no da miedo morir.
El anciano siguió su camino. Lucía lo miró un momento. Así que del amor que soñaba: una vida juntos, que alguien la echara de menos, que le regalara margaritas en noviembre…
Dio media vuelta y volvió a la oficina.
—¿Tan pronto? —preguntó Marta.
—Se me pasó el dolor. Iré al dentista luego —mintió, sentándose.Esa tarde, mientras caminaba bajo el cielo despejado después de la lluvia, Lucía sintió por primera vez en mucho tiempo que el sol le calentaba el alma.





