¿Quién te necesitaría así?

—¿A quién le importa una como tú?

—Elena, no me hagas fotos de perfil. No hace falta —Lucía lanzó una mirada de furia a la fotógrafa de su equipo de prensa—. ¿Por qué disparas desde ese ángulo?

—Lucía María, es que retrato a todos por igual —se defendió Elena, que corría alrededor de la mesa redonda donde estaban los invitados de honor, disparando su cámara sin parar—. Quiero que todos salgan en las fotos.

—A mí me haces fotos de frente y solo desde ahí. ¿Entendido? Por favor. Directo, desde ese punto. Gracias —ordenó con frialdad Lucía—. Colegas, volvamos a discutir el contrato.

Los invitados la miraron con sorpresa, pero nadie dijo nada. Ella era la jefa, y podía permitírselo todo, incluso dar órdenes a la fotógrafa en medio de una reunión de millones de euros.

Elena ahora apuntaba con más cuidado, asegurándose de que Lucía mirara siempre al objetivo y que, bajo ningún concepto, apareciera de perfil. Sus compañeras ya la habían advertido, pero lo había olvidado y ahora recibía el rapapolvo. Aunque, en el fondo, no entendía qué tenía de malo una foto de perfil. Todo parecía correcto.

Pero para Lucía María nada podía ser “correcto” o “normal”. Todo debía ser perfecto. Como su madre siempre le decía:

—Lucía, tienes que ser perfecta. Perfecta para tu marido, para tus hijos, para tus colegas y para el mundo. La gente debe mirarte y decir: “Ella es perfecta”.

—Mamá, lo intento mucho.

—Lo sé, hijita. Lo intentas, pero no basta. Fuiste al colegio con la blusa mal planchada. ¿Cómo se te ocurre? ¿Por qué no la planchaste como te dije?

—La planché, pero quedaron arrugas. Pensé que no se notarían —respondió Lucía, bajando la mirada.

—Si está bien planchada, nadie lo nota. Si está mal, todos lo ven. Recuérdalo.

—Vale, mamá —Lucía se sonó la nariz, sintiendo el nudo en el estómago por decepcionar a su madre.

—Y no te frotes la nariz, Lucía. Ya es bastante grande. Y cuando lloras, parece ocupar media cara. ¿Cómo pudiste salir con semejante narizota? Y esa joroba… ¿Cuándo tenéis la foto del colegio?

—El martes.

—Pues no estaría mal que practicaras frente al espejo cómo posar para que no se te vea tan enorme.

—Sí, lo haré.

—Mira al frente e inclina un poco la cabeza. Así mejor. Vamos, inténtalo ahora. Así, sí.

Lucía, con los ojos llenos de lágrimas, movía la cabeza frente al espejo, pero su nariz con joroba seguía pareciendo enorme desde cualquier ángulo. Aunque quizá, si su madre no se lo hubiera repetido tanto, ni siquiera la habría notado.

En estas conversaciones, su madre solía soltar: “Si no eres perfecta, nadie querrá casarse contigo. Te quedarás sola para siempre”.

Eso era lo que más miedo le daba. Por eso se esforzaba tanto: dietas, carreras matutinas, nada de croquetas, helados o pizza. Solo odiados garbanzos, pechuga de pollo, ensalada verde y té. Quería ser perfecta en los estudios, memorizando cada detalle. Un hombre decente no querría a una gorda e ignorante. Debía ser guapa, lista, culta y con un buen salario. ¿A quién le gustan las mantenidas?

Se licenció en Económicas, hizo un máster en Marketing y siempre estaba formándose. Hablaba dos idiomas, sabía de nutrición, arte, literatura. Quería ser la profesional y esposa perfecta.

Conoció a Pablo después de la universidad. Él era normal; ella, perfecta: alta, delgada, manicura impecable, pelo peinado al milímetro, camisa planchada, pantalones con raya, joyas elegantes. Y cocinaba de maravilla, porque sabía que el camino al corazón de un hombre pasa por el estómago.

Pablo era de familia humilde, sin grandes ambiciones. Trabajaba como abogado, con documentos aburridos, sin destacar. Pero era guapo: rubio, ojos azules, dedos largos. Al lado de una mujer perfecta, debía haber un hombre perfecto, ¿no? Él se fijó en ella, y Lucía, que temía quedarse sola, no lo dejó escapar. Pablo tampoco se quejó: su mujer trabajaba, mantenía la casa impecable, cocinaba bien y lo cuidaba. Siempre estaba alimentado, con la ropa planchada y los zapatos relucientes. Juntos parecían sacados de un anuncio de familia feliz.

Dos años después, nació su hijo. Lucía lo controló todo. Compró un libro: “Cómo criar al hijo perfecto”, y lo siguió al pie de la letra. Dietas, juguetes educativos, ropa de marca. ¡Que nadie pensara que les faltaba dinero!

A Lucía le importaba mucho lo que pensaran colegas, amigos, vecinos… Como si necesitara confirmación de que era perfecta, como su madre exigía. Compró un buen móvil y abrió redes sociales. Nada de fotos casuales o vídeos sin maquillar. Para publicar una foto, hacía mil tomas y luego la retocaba. Organizaba sesiones profesionales con su familia. En sus redes solo había felicidad: ella, su marido y su hijo prodigio.

Pablo odiaba esas sesiones, porque Lucía se volvía insufrible.

—Nada de fotos de perfil —repetía al fotógrafo—. Y desde ese ángulo, no. No me gusta.

—Permítame, creo que si se miran, quedará muy natural.

—No. Hago lo que yo digo. He pagado. Siga mis indicaciones.

Después, Pablo le decía:

—Lucía, ¿por qué tratas así con el fotógrafo? Parece que lo estuvieras regañando.

—Porque no quiero fotos que luego no pueda enseñar. Si dispara mal, irán a la basura.

—¿Qué puede salir mal? Estamos los tres bien vestidos, el niño y yo con el pelo corto, tú impecable…

—Muchas cosas, Pablo. Por ejemplo, que se vea mi nariz de perfil con esa joroba horrible.

—Tu nariz es normal. ¿Por qué te obsesionas? Hay gente con narices peores.

—”Normal”. Genial. ¡Debe ser perfecta!

Finalmente, ahorró para operarse. Reducir, limar, eliminar. Hacerla perfecta. Pero los médicos se negaron. No podía someterse a rinoplastia por riesgos médicos.

—Doctor, necesito cambiarla. ¿Cuánto cuesta? Pagaré lo que sea.

—No es cuestión de dinero, Lucía María. Mire esta radiografía. No podemos intervenirla. Podría perder la capacidad de respirar. No me arriesgo.

Tras varias consultas, entendió que viviría siempre con su nariz imperfecta. Pablo ya no le decía que estaba bien. Pero su madre, envejecida, seguía corrigiéndola.

—Lucía, vi tu última foto. Parece que has engordado.

—No, mamá, controlo mi peso. No como nada de más.

—Pues no sales favorecida. Y el pelo… Qué color más apagado.

—Acabo de teñírmelo. Me gusta cómo queda.

—Pablo y el niño salen bien. Él sigue igual de guapo. Tú no tanto. No te descuides, ¿entiendes? O te reemplazará.

—Mamá, ¿cómo dices eso? —Lucía, fuerte e independiente, volvió a sentirse como la niña que ensayaba poses para la foto del colegio—. Pablo y yo nos queremos. Tenemos una familia.

—Lucía, ya te avisé. Los hombres no quieren mujeres descuidadas, feas o gord

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¿Quién te necesitaría así?