¿Quién es mi padre?

La puerta del colegio se cerró con un golpe seco tras de Lucía. El viento frío de Madrid le azotó la cara mientras ajustaba la bufanda.

—¿Lucía! ¿Vamos al cine el domingo? —la voz de Álvaro la alcanzó antes de que cruzara la calle.

—No sé… Mamá no me deja salir de noche. Solo si es de día.

—Pues vamos de día. ¿Te compro las entradas? —insistió él, esperanzado.

Lucía alzó la mirada hacia las ventanas del tercer piso. ¿O había imaginado el rostro de su madre asomándose? El mal humor la invadió al instante. Le arrebató la mochila a Álvaro y dio un paso atrás.

—Vale, me voy. Hasta mañana. —Caminó deprisa hacia el portal, clavando las uñas en las palmas de las manos—. Siempre vigilándome como si fuera una delincuente. Todas salen con chicos, y yo solo puedo a plena luz del día. Los demás tienen padres normales, y yo…

Subió las escaleras con rabia. Al entrar, apagó la luz del recibidor y se deslizó en puntillas hacia su habitación.

—¿No vas a cenar? —la voz de su madre la detuvo cuando ya tenía la mano en el pomo.

Lucía cerró los ojos, exasperada, antes de girarse.

—¿Y si no quiero? —respondió con rudeza.

—¿Por qué me contestas así?

—¿Por qué me espías constantemente?

—No te espío. Solo miré por la ventana —contestó su madre, serena.

—Claro. Nunca te asomas cuando estoy en casa —replicó Lucía, sarcástica—. Tengo mucho que estudiar.

Entró de un portazo y encendió la luz. Contó mentalmente: *Uno, dos, tres…* Normalmente, al llegar a cinco, su madre irrumpía para reprocharle lo malcriada, grosera e ingobernable que se había vuelto. *Que si no me lo merezco, que si otra vez le cierro la puerta en las narices…* Pero esta vez llegó al diez, y el silencio continuó.

Extraño.

Se cambió de ropa, sacó los libros y se sentó frente al escritorio. El estómago le rugía, pero ¿acaso su madre la dejaría comer en paz? La interrogaría con esa mirada de fiscal. Respiró hondo al escuchar pasos frente a su puerta. Hizo como que leía. *Ahora empieza el interrogatorio.*

Pero cuando su madre entró, fue con unas palabras que jamás esperaría:

—¿Te molesto?

Lucía casi dejó caer el libro. Su madre nunca pedía permiso.

—Necesito decirte algo —su madre se sentó en el borde de la cama, las manos juntas.

Lucía fingía leer, pero ni una palabra entraba en su cabeza. Esperaba, tensa.

—Una mujer me llamó… Vivía con tu padre. Ha muerto. El funeral es mañana. —La voz era plana, como si hablara del tiempo.

—¿Cómo? —Lucía levantó la cabeza, los ojos desorbitados—. ¿Y puedes decirlo tan tranquila? *”Ponte algo oscuro”*, ¡como si estuvieras hablando del menú del día!

—Lucía, es imposible hablar contigo —su madre se levantó, agotada—. Nos abandonó. ¿Lo has olvidado?

—¡Porque tú no lo quisiste nunca! —La voz le quebró.

—No grites. No hables de lo que no sabes.

—¡Sí lo sé! Me lo dijo él. Dijo que jamás lo habías amado. ¿Para qué te casaste con él? ¡Ojalá te hubieras ido tú y nos hubieras dejado solos! Él sí me quería… —Se desplomó sobre el escritorio, ahogada en llanto.

Un intento de su madre por tocarle el hombro hizo que se encogiera como si la hubieran quemado.

—Mañana llamaré al instituto. Avísales que faltarás.

Sola otra vez, Lucía sacó el álbum de fotos del cajón. En una de las pocas imágenes que quedaban, su padre sonreía, y ella, de seis años, agitaba una nube de algodón de azúcar. Arrancó la foto del plástico y la apretó contra el pecho.

***

Su padre se fue cuando Lucía estaba en quinto de primaria. Nunca los oyó pelear. El divorcio fue como un rayo en cielo despejado. En su casa no había bromas, ni besos, ni complicidad, como en la de su amiga Claudia.

—Papá… ¿te vas para siempre? —le preguntó él cuando la recogió del colegio por última vez.

—No puedo seguir así, Lucita. Tu madre no me quiere. Ya aguanté demasiado.

—Yo sí te quiero.

—Y yo a ti. —Le acarició el pelo—. Ya entenderás cuando crezcas. Obedece a tu mamá.

La acompañó hasta la puerta, pero no entró.

—¡Papá! —gritó Lucía. Él no se volvió.

—Tiene otra mujer —le explicó su madre después.

—¿Y hijos?

—No lo sé. Supongo…

***

—Lucía, despierta. —Su madre la sacudió del sueño—. Hay que ir al tanatorio.

Se vistió de negro, mecánica. En la cocina, su madre bebía café sin prisa. Lucía no probó bocado.

El tanatorio estaba casi vacío. Una mujer regordeta, los ojos hinchados, sollozaba junto al féretro. *Ella habrá llamado*, pensó Lucía.

El cuerpo no se parecía en nada a su padre. Evitó mirarlo, clavando los ojos en la foto grande junto al ataúd. *Ese* era el hombre que recordaba. Su madre permaneció impasible, como si fuera el entierro de un desconocido.

En el autobús al cementerio, dos mujeres cuchicheaban: *”Pobrecita la Nina, sin hijos…”* Y luego, más bajo: *”Y ellas, qué dirán…”*

El viento helado le cortaba la cara. Cuando bajaron el ataúd, todos lloraron. Menos su madre.

—¿De verdad no lo quisiste ni un poco? —le escupió Lucía ya en casa, empuñando la taza de té—. Hizo bien en irse.

Se encerró en su habitación. El cielo se teñía de morado cuando su madre entró y se sentó a sus pies.

—El hombre que enterramos hoy no era tu padre —dijo de pronto.

Lucía se incorporó de golpe.

—¿Lo dices solo para calmarme?

—Él me pidió que no te lo contara. Pero ahora que ha muerto… mereces saberlo.

—Entonces… ¿quién es mi padre?

Su madre respiró hondo.

—Tenía dieciséis años. Un chico del barrio, un año mayor… Se iba a la mili. Fui a declararle mi amor, como una tonta. Él se rio. Y luego… —tragó saliva—. No fue romántico. Fue violento.

Lucía no podía apartar la vista de ella.

—Cuando volvió, mi madre fue a buscarlo. Él lo negó todo. Dijo que yo mentía, que estaba con otra. —Una lágrima solitaria le resbaló—. Me casé con Luis por apariencias. Fue un buen padre para ti. Pero yo no pude fingir amor.

—¿Dónde está él? Mi verdadero padre. —Lucía tenía los puños cerrados.

—¿Para qué? No quiso conocerte. Tiene otra familia.

Ahora lo entendía todo. El distanciamiento. Las miradas frías.

***

Álvaro la llamó el sábado. Quedaron, pero Lucía no quiso ir al cine. Acabaron en una cafetería, empujando las migas de sus magdalenas.

—Resulta que tuve dos padres. Y al final, ninguno —murmuró Lucía.

—Pero tienes una madre. No la juzgues tan rápido.

—No me quiere. Ve en mí al hombreY mientras las luces de la ciudad se encendían una a una, Lucía comprendió que, al final, la familia no era solo sangre, sino quienes eligieron quedarse.

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