¡Pero qué pesada eres, de verdad! Que si como mal, que si no me visto como toca, que si todo lo hago al revés Mi voz se escapó en un grito sin querer.
¡Es que no sirves para nada! ¡Dinero, ni hablar, nunca traes un euro decente a casa! ¡Y en casa no se puede esperar ayuda tuya nunca! rompió a llorar Almudena, Y encima, hijos no hay añadió en un susurro apagado.
Pelusa, nuestra gata blanquinaranja con más de diez añazos, subida encima del armario, observaba en silencio el enésimo drama. Sabía, incluso lo sentía de verdad, que papá y mamá se querían mucho, a su manera Por eso no entendía cómo podían decirse esas cosas tan amargas, que solo conseguían hacernos daño a todos.
Mamá, llorando, se encerró en la habitación. Yo encendí un cigarrillo tras otro, sin rumbo por el salón.
Pelusa, presintiendo que la familia se desmoronaba, lo pensó seriamente: Hace falta la felicidad en casa y la felicidad son hijos Hay que conseguir alguno, de donde sea
La pobre Pelusa no podía tener gatitos la esterilizaron hace años y mi mujer, los médicos decían que sí, pero que por ahora, no cuadraba
A la mañana siguiente, cuando los dos salimos a trabajar, Pelusa, por primera vez, salió por la rendija de la ventana y fue a ver a Trufa, la gata de la vecina, para charlar y pedir consejo.
Pero, ¿para qué queréis hijos?, bufó Trufa. ¡Mira, cuando vienen los nuestros, ni se te ocurra! Nos esconden lo que sea, nos pintarrajean el hocico con el pintalabios, nos achuchan tanto que no dejan ni respirar
Pelusa suspiró: A nosotros nos valdría con unos niños de verdad Si al menos hubiera alguno por ahí
Ufff Pues mira, la callejera, la Gata María, se ha juntado con vete tú a saber, y ha parido cinco, dijo Trufa pensativa, elige uno si quieres
Pelusa, asumiendo el riesgo, fue saltando de balcón en balcón hasta llegar abajo a la calle. Temblando un poco, cruzó entre los barrotes de una ventanilla del sótano y llamó en voz baja:
María, ¿puedes salir un momento?
Desde lo hondo del sótano se escuchó un maullido flojo y necesitado.
Pelusa, arrastrándose y mirando de reojo, empezó a llorar también. Allí, bajo el radiador, sobre las piedras, se apelotonaban cinco gatitos ciegos, maullando la búsqueda de su madre. Pelusa, al olerlos, supo que la Gata María hacía días que no pasaba, al menos tres; los cachorros no habían comido
Casi llorando ella también, Pelusa fue llevando uno a uno a la puerta del portal.
Para que no se dispersaran los cinco pequeños hambrientos, se tumbó junto a ellos, mirando inquieta hacia el fondo del patio, esperando a que papá y mamá volvieran.
Yo volví del trabajo junto a Almudena, ambos en silencio, hasta que subiendo vimos algo que nos dejó de piedra: Pelusa, que jamás había salido sola, tumbada en el umbral rodeada de cinco cachorritos de colores, hambrientos, tratando de mamar de ella.
¿Pero esto qué es?, pregunté sin saber qué hacer.
¡Un milagro! contestó Almudena muy bajito, y sin dudarlo cogimos a la madre postiza y a los gatitos en brazos y subimos corriendo a casa
Mirando a nuestra gata medio ronroneando en la caja con los pequeños, pregunté:
¿Y qué hacemos con ellos?
Los alimentaré con biberón, cuando crezcan los vamos dando, llamaré a mis amigas respondió Almudena en voz baja.
Tres meses después, Almudena, aún sin creérselo, acariciaba ya a toda la pandilla suya de gatos, y repitiendo para sí, se decía una y otra vez: Esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando
Luego nos pusimos a llorar de alegría, yo la levanté en brazos, dándole vueltas, y no parábamos de hablar uno encima del otro
¡No he construido la casa en vano!
¡Sí, sí, el niño al aire libre estará feliz!
¡Que corran los gatitos por el jardín también!
¡Aquí cabemos todos!
¡Te quiero!
¡Y yo a ti más!
La sabia Pelusa se limpió una lágrima la vida, a veces, te sonríe cuando menos lo esperas.
Hoy he aprendido que muchas cosas llegan cuando uno no las espera y que el cariño, a menudo, se parece muchísimo a un puñado de cachorritos maullando felices en tu casa.





