Hoy, mientras arreglaba mis cosas, no podía dejar de pensar en mi vida. Todo empezó hace años, en casa de mis padres. Mi padre era un borracho violento, y mi madre, pobre mujer, aguantaba sus golpes con resignación. Vivíamos en un piso humilde de Vallecas, donde el olor a alcohol y las discusiones eran el pan nuestro de cada día.
Recuerdo aquella mañana en la cocina, cuando mi madre pelaba patatas con la mejilla hinchada. Le supliqué que nos fuéramos, pero ella solo negaba con la cabeza. “¿Adónde iríamos, Lucía? No tenemos dinero para otro piso”, decía mientras esquivaba mi mirada. Yo tenía quince años y ya sabía que algún día escaparía de allí.
Los años pasaron, y el alcohol arruinó la salud de mi madre. Una noche de invierno, tras una de las habituales palizas, sufrió un derrame cerebral. Murió en el hospital Gregorio Marañón, y mi padre lloró en el velorio con lágrimas de vino tinto, llamándola “su querida Carmen” entre blasfemias. Fingí llorar para no llamar la atención, pero en mi interior sentía más alivio que dolor. Al menos ella descansaba en paz.
Apenas terminé el instituto, tomé mis ahorros – pesetas que robaba del monedero de mi padre cuando dormía la mona – y me fui a Barcelona. Encontré trabajo en un Burguer King del Raval, donde el sueldo era mísero pero al menos me daban de comer. Por las noches estudiaba contabilidad por correspondencia, soñando con un futuro mejor.
Fue en Barcelona donde conocí a Javier. Él me ayudó con las bolsas de la compra una tarde en el Mercado de la Boquería, y desde entonces empezó a aparecer por mi trabajo. Era guapo, simpático, y me contó que estaba divorciado con una niña pequeña. “Mi ex se quedó con el piso en Sant Cugat”, me dijo con voz quebrada. Yo, ingenua, creí en su pena.
Todo fue bien al principio. Nos mudamos a un estudio en el Eixample, y él pagó dos meses de alquiler por adelantado. Pero luego empezaron las excusas: la niña enferma, los libros del colegio, los abuelos con apuros… Pronto fui yo quien mantenía el piso. Cuando le conté que estaba embarazada, su reacción fue fría como el mármol. “Mi ex no tuvo náuseas como tú”, me espetó mientras freía unas patatas.
Los meses pasaron y mi barriga creció. Una noche, revisando su portátil para buscar carritos de bebé baratos, encontré fotos de una chica joven entre las hojas de cálculo. Cuando él llegó y me pilló, su cara se transformó. “¡Qué coño haces en mi ordenador!”, gritó mientras me agarraba del brazo. Nunca lo había visto así. Me acorraló contra la pared, escupiendo insultos: “Eres una vaca gorda, mira cómo te has puesto”.
El golpe me dejó sin aire. Caí al suelo con el estómago hecho un nudo, y supe al instante que algo iba mal. La vecina del quinto llamó a la ambulancia cuando me encontró retorciéndome de dolor en el rellano. En la Clínica Dexeus nació mi Daniel, prematuro pero fuerte como un toro.
Hoy, mientras empaco mis pocas pertenencias en el centro de acogida de Caritas, pienso en mi madre. “Todos son iguales, hija”, me decía. Tenía razón. Mañana iré al Juzgado de Guardia a poner una denuncia, y después al hospital a buscar a mi niño. Esta vez sí que seré fuerte. Por él, y por mí. Porque ya no soy esa niña asustada de Vallecas. Soy Lucía Fernández, y nadie volverá a levantarme la mano.






