Puerta hacia la traición

**La Puerta de la Traición**

Tras tres meses de trabajo en la plataforma petrolera, Adrián Navarro regresaba a su hogar en Badajoz, exhausto pero con la satisfacción del deber cumplido. El día estaba gris, pero en su corazón brillaba el sol: llevaba en la mano su pago, imaginando cómo sorprendería a su esposa, la elegante y temperamental Rosalía. Acababan de comprar un piso de dos habitaciones en un bloque de edificios a las afueras de la ciudad. Él mismo había alisado las paredes, instalado los techos, colocado los azulejos y conectado todos los electrodomésticos. Solo faltaba lo más importante: amueblarlo como ella quería.

—Adri, no toleraré chapuzas. Quiero que sea mejor que el piso de Lucía y Javier. Todo tiene que ser de primera calidad.

Él asentía, trabajaba turnos agotadores, soportando el frío en la plataforma, sin calor, sin ver su cara, sin el aroma del café por las mañanas. Solo su voz al teléfono, a menudo caprichosa, exigente.

En la estación, se detuvo en un puesto de flores. Escogió las rosas más frescas, compró un enorme ramo rojo y tomó un taxi. Quince minutos después, estaba frente a su portal, el corazón acelerado. Subió al tercer piso ligero de equipaje, rebosante de alegría. Iba a usar la llave, pero cambió de idea. Sonrió y llamó al timbre.

Silencio. Ya iba a sacar las llaves cuando la puerta se abrió. En el umbral, un desconocido llevaba su bata. Alto, musculoso, torso desnudo y mirada desafiante.

—¿Quién eres tú? ¿Te has equivocado de puerta, abuelo? —gruñó el tipo.

El mundo se tambaleó para Adrián. Se quedó paralizado, el ramo cayendo junto a su pierna.

—Parece que no solo me equivoqué de puerta…

La puerta se cerró de golpe. Adrián seguía inmóvil, el corazón latiendo en sus sienes, las manos temblorosas. Ante sus ojos, el papel pintado que había pegado de madrugada, los azulejos que pulió hasta dejarlos relucientes, la cocina por la que pidió un préstamo… y ahora, un extraño en su casa.

Arrojó las flores a la basura más cercana. Llamó a otro taxi y se dirigió a casa de su mejor amigo, Manolo. De camino, pasó por un supermercado, compró vodka, arenque y pepinillos. Manolo, mitad gitano de sangre caliente, le recibió con alegría.

—¡Vaya sorpresa! Brindemos por el reencuentro.

Tras el segundo trago, Adrián no pudo más y lo contó todo. Manolo se levantó de un salto, furioso.

—¿¡Qué!? ¿¡En tu piso!? ¡Yo le enseñaría a ese…! —golpeó la mesa con el puño.

Adrián lo agarró del hombro.

—Tranquilo, Manolo. Pero… ¿nos vengamos?

—¡Claro que sí!

Bajo los efectos del alcohol, llamaron otro taxi y se dirigieron al piso de Adrián. Los planes de venganza eran confusos, con la cabeza embotada.

Al llegar, la luz del dormitorio estaba encendida. Adrián rugió:

—Ahora verán…

Manolo comenzó a golpear la puerta.

—¡Abre, cobarde! ¿Cómo te atreves a meterte con su mujer? ¡Sal y hablamos como hombres!

La puerta se abrió, y un puño salió disparado. Manolo retrocedió, sujetándose la nariz sangrante.

—Vaya recibimiento… —murmuró.

Adrián estalló. De un golpe, arrancó la puerta de sus goznes, cayendo con estruendo en el recibidor. Entraron como un huracán, gritando, buscando al intruso.

—¡¿Dónde está ese canalla?!

Rosalía chillaba en la cocina, marcando un número con manos temblorosas. Manolo corrió al pasillo.

—¿Se habrá tirado por el balcón?

Pero entonces, un gemido. Bajo la puerta derribada yacía el amante, aplastado por su propia soberbia. El aspecto era patético: bata desajustada, cara de terror, boca ensangrentada.

—¡Vaya justicia! —se rio Manolo, tocando el único lado intacto.

En ese momento, un grito agudo resonó desde el portal.

—¡Socorro! ¡Buena gente, están matando a alguien! —era la suegra de Adrián.

La sobriedad regresó al instante. Los amigos huyeron antes de que llegara la policía. A la mañana siguiente, Adrián pidió el divorcio. No quería vivir en un hogar donde lo habían humillado, donde otro usaba su bata.

Una semana después, volvía a la plataforma. Manolo lo despidió, con un ojo morado y los dedos vendados.

—¡Al menos salió épico! —se rio—. Si te casas otra vez, que no sea con Rosalía. Pero si necesitas ayuda, aquí estoy.

**Y así, Adrián aprendió que a veces, las paredes más fuertes no protegen el corazón, pero los verdaderos amigos sí.**

Rate article
MagistrUm
Puerta hacia la traición