—No le caigo bien a tu madre. ¿Por qué? Si yo no le he hecho nada malo—preguntó Susana.
—Álvaro, ¿adónde vas con tanta prisa? Come tranquilo—dijo Verónica con tono severo.
—Mamá, llego tarde. —Álvaro mordió medio bocadillo de un bocado, se tragó el café de un sorbo y salió disparado de la cocina.
—Así te vas a buscar una úlcera… —refunfuñó Verónica, arrastrando sus pies regordetes tras él—. ¿Vas corriendo a lo de tu Susana? No sé qué le ves. Clara es una chica guapísima, con clase, y está loca por ti. Os haríais una pareja preciosa.
Álvaro, masticando a duras penas el bocadillo, se agachó para atarse los cordones de las zapatillas.
—Pareces un crío —meneó la cabeza su madre—. Si Susana te quiere, cinco minutos te espera sin morirse.
—Mamá, basta. —Álvaro se enderezó, alisó la camiseta—. Es mi vida. Yo decido quién me conviene.
—Ya verás cómo decides. Y cuando te des cuenta, será tarde. Una chica como Clara no se queda soltera… —La última frase salió ya con la puerta cerrada.
Verónica apretó los labios y volvió a la cocina. Se terminó el medio bocadillo que su hijo había dejado, mirando fijamente la pared. Luego, con rabia, se puso a fregar la placa de la cocina. Cuando estaba enfadada, siempre limpiaba algo: la cocina, el suelo, lo que pillara.
Al oír el timbre, pensó que sería Álvaro; quizá había olvidado algo. Pero al abrir, en lugar de su hijo, se encontró con Susana. La joven, menuda y de ojos grises, le sonreía con esa ilusión de niño que espera un milagro.
—Buenas tardes, Verónica. ¿Está Álvaro…?
—Salió hace cinco minutos. ¿No os habéis cruzado? —preguntó Verónica, con una sonrisa forzada. No se sabía si le alegraba verla o le gustaba frustrar sus planes.
—Qué pena. Dígale que pasé, por favor. Me voy con mi madre al pueblo. Han ingresado a mi abuela.
—Se lo diré. ¿Por qué no le llamas tú?
—Lo intenté. Tiene el móvil apagado.
Verónica siempre insistía en que se apagaran los móviles en casa. Decía que los pitidos le daban migraña.
Cuando Álvaro volvió cabizbajo veinte minutos después, su madre le soltó con sorna:
—¿Tan pronto de vuelta, hijo?
—No vino. Ni está en casa. Mamá, ¿ha pasado Susana por aquí?
—¿Tendría que venir? —preguntó Verónica, inocente—. Ni idea. Pero no se ha perdido, ya aparecerá.
Más tarde, Álvaro salió al entrenamiento, y Verónica, tras dejar la cocina reluciente, fue al supermercado. Allí se topó con Clara, la antigua compañera de clase de su hijo.
Para Verónica, la belleza importaba. Y Clara era preciosa, no como Susana, esa espigada de ojos grandes. Además, el padre de Clara trabajaba en el ayuntamiento. Con un suegro así, Álvaro tendría trabajo seguro, un buen piso… No iba a ser deportista toda la vida. Verónica no era interesada, pero no iba a dejar que su hijo arruinara su futuro.
—Hola, cariño —saludó con voz melosa—. Hacía siglos que no te veía.
—Hola. Es que Álvaro tiene novia. Ni me mira. —Clara jugó su papel, frunciendo sus labios perfectos.
—Tonterías. Tú insiste, invítalo al cine, a dar una vuelta.
—Lo intenté, pero siempre está ocupado.
—Ya sé con qué —replicó Verónica—. Por cierto, Susana se ha ido hoy. Dijo que una semana. Así que no te pierdas. Ven esta tarde a tomar algo.
Clara apareció esa noche. Verónica se escabulló a la cocina a “poner el café”, guiñándole el ojo hacia la habitación de Álvaro. La joven entró sin llamar. Él estaba en el sofá, mirando al techo.
—Hola. Me encontré a tu madre en el súper y me invitó. ¿Tan serio? ¿Vamos al cine? Hace buena tarde.
—Clara, vengo reventado del entrenamiento. Otro día, ¿vale? —Álvaro se sentó a regañadientes.
—Vale, te lo apunto —asintió ella, sentándose a su lado.
Le preguntó por los entrenamientos, las competiciones, todo lo que le interesaba (aparte de Susana, claro). Luego tomaron café en la cocina, y Verónica sugirió que Álvaro acompañara a Clara: “una chica tan guapa no debe andar sola de noche”.
***
Susana adoraba a su abuela. Por ella estudió Medicina. La anciana siempre estaba enferma, pero odiaba los hospitales.
—Cuando sea mayor, yo te curaré —le decía de pequeña. Y ahora estaba en cuarto de carrera.
El médico dijo que no era grave, solo tensión alta. La vigilarían una semana y la darían de alta. Susana, aliviada, se preparó para volver.
—¿Adónde vas? ¡Si son vacaciones! Álvaro no se va a esfumar —refunfuñó su madre.
—Mamá, la abuela está mejor. Quédate tú, y cuando Álvaro tenga competición, vuelvo y te relevo.
—Vale, vete —suspiró su madre, recordando su propio amor de juventud, que acabó en divorcio—. Ojalá a ti te vaya mejor.
Susana fue directa a casa de Álvaro sin pasar por la suya.
Verónica abrió la puerta. Su mirada fue un muro.
«Otra vez esta pesada. Justo cuando Álvaro y Clara empezaban a conectar…»
—No está. Ni sé cuándo volverá —dijo Verónica, cerrando la puerta.
Susana llamó a Álvaro. ¿No contesta? No le había dicho que volvería antes; quería darle una sorpresa. Bajó al rellano y se quedó junto a la ventana, vigilando la calle.
Pasó un rato. Un viejo la miró con reproche al pasar.
Iba a irse cuando vio a Álvaro llegar. Y a Clara saliendo de la nada, abrazándolo y besándole la mejilla. No un pico, sino un beso de esos que se quedan un segundo.
Álvaro no la apartó.
Susana se giró, desconcertada, y bajó las escaleras. Pero al oír la puerta, se detuvo. Escuchó a Clara reír, a Verónica decir:
—¿La encontraste? Pasad. Tengo la cena lista…
«A mí nunca me recibió así», pensó Susana, corriendo escaleras abajo, ahogando lágrimas.
En casa, lloró toda la noche. Por la mañana, volvió con su abuela.
Dos semanas después, Álvaro ya estaba en competición. Llamó, pero Susana no contestó. No quería mentiras.
Cuando volvió, intentó abrazarla, pero ella lo paró.
—¿Qué pasa?
—Nada. Pero tú… Os vi a ti y a Clara. Besándoos.
—¿Cuándo? —se sorprendió él.
—Volví antes. ¿No te dijo tu madre que fui? —encogió los hombros—. Os vi. Desde la escalera. No le caigo bien a tu madre. ¿Por qué? Si yo no le hice nada.
—Clara me felicitó por entrar en el equipo y me dio un beso. ¿Tenía que empujarla? La conozco de toda la vida… No sé qué creíste, pero te quiero a ti. Y mi madre… —intentó abrazarla de nuevo.
—No. Vete. Tu madre nunca nos dejará en paz.
En casa, Verónica y ClaraAl final, quince años después, la vida les dio otra oportunidad, y esta vez, ni Verónica ni Clara pudieron separar lo que el destino había vuelto a unir.





