Parece que nunca nos separamos…
Todos los días, Lucía volvía a casa esperando que Mateo regresara. Sabía que no tenía llaves, las dejó cuando se marchó. Pero aún así soñaba con abrir la puerta y encontrar sus zapatillas en el recibidor. Por supuesto, el milagro no ocurrió tampoco aquella vez.
Llevaban dos años juntos. Él llenó el vacío que dejó la muerte de su madre. Y entonces, ¿por qué tuvo que empezar esa conversación? Entre ellos nunca hubo pasión. Solo era agradable estar juntos. Pero Mateo nunca hablaba de futuro, de *su* futuro.
—¿Y qué viene ahora? —preguntó Lucía un día.
—¿Te refieres al sello en el DNI? ¿Qué cambiaría eso?
—Para una mujer es importante. Si no lo es para ti, quizá deberíamos separarnos —dijo medio en broma, solo para asustarlo, para empujarlo a dar el paso.
—Entonces, sepámonos —respondió él de repente, y se fue.
Ya llevaba una semana sola. Y esperando. ¿Llamarlo? ¿Pedirle que volviera? Pero si un hombre se va tan fácil, es que nunca quiso quedarse.
Él apareció en su vida justo cuando más sola se sentía. Dos años antes, un repartidor de butano tuvo un infarto al volante, perdió el control y se estrelló contra la parada del autobús. Su madre y otra mujer murieron en el acto. El conductor falleció en el hospital cuando supo lo que había hecho. Infarto masivo.
Todos los telediarios hablaron del suceso. Después del funeral, Lucía caminaba como sonámbula. Casi la atropella Mateo. Frenó a tiempo, salió del coche y le gritó, pero al ver su rostro, se calló. La llevó a casa y se quedó con ella.
Él era tres años más joven. No era una gran diferencia, pero a Lucía le parecía que había décadas entre ellos. Él no planeaba nada, vivía al día, esquivaba las charlas sobre hijos. «¿Qué hijos? Tenemos tiempo. Luci, ¿acaso no estamos bien así?», se reía Mateo.
Pero ella quería una familia, niños, elegir carritos y bodys juntos. A él le sacaba de quicio hablar de eso.
En casa, dejaba el móvil en el bolso a propósito para no mirarlo cada minuto. Le costaba no llamarlo. Cada mañana, antes de ir al trabajo, revisaba los mensajes con el corazón en un puño. Mateo no escribía.
Otra noche solitaria. En la tele ponían alguna película. Lucía estaba en sus pensamientos, sin ver la pantalla. Por eso no notó al principio el sonido apagado del móvil en el recibidor. Le costó encontrarlo en el bolso, entre monedas, peines y mil cosas de mujer. Finalmente lo sacó, pero no era Mateo. Contestó, pensando que quizá se le había descargado el teléfono o había tenido un accidente…
—¿Lucía? —preguntó una voz femenina de edad.
Y de pronto, le dio igual quién llamaba y por qué.
—Soy la vecina de tu tía Rosario. Rosario ha fallecido esta mañana.
¿Qué tía Rosario? ¿Qué vecina? ¿De qué estaba hablando? Y entonces, un recuerdo de la infancia le vino a la mente: una mujer bajita y redonda como un bollo, que se tapaba la boca al reír porque le faltaban los dientes de adelante —el marido se los había arrancado de un golpe cuando bebía—. Olía a horno de leña y a empanadas.
Lucía esperaba con impaciencia el verano para ir a casa de la tía Rosario. Pero su madre dijo que no volverían. No recordaba por qué. Y al final, olvidó hasta a la propia tía Rosario.
—¿Me oyes? —preguntó la voz desconocida.
—Sí. ¿De qué ha sido?
—El médico dijo que un trombo. El hospital del pueblo no es como los de la ciudad. Podríamos haberla dejado en casa, pero con este calor… ¿Vendrás?
—¿Cuándo es el funeral? —preguntó Lucía sin intención de ir.
—Pasado mañana, al tercer día, como es costumbre. Si no puedes, lo aplazamos…
—No, iré. Dígame cómo llegar, no me acuerdo —confesó con esfuerzo.
—Claro, claro —respondió la mujer, animada—. ¿Cómo ibas a acordarte? El pueblo es Valdejunco. En autobús son dos horas, en coche menos.
—Iré en autobús —dijo Lucía, recordando que ya no tenía el coche de Mateo.
—Compra billete hasta Puebla del Río, de ahí no hay transporte, hay que caminar. ¿Quieres que te espere?
—No hace falta.
—Pues ven. No le queda nadie más que tú…
«No voy a ir. ¿Para qué? Casi no recuerdo a la tía Rosario. ¿Y cómo diablos tuvo esta vecina mi número?». Lucía abrió el armario. Vio el vestido que llevó en el funeral de su madre. «Mamá… Ella habría ido».
Sacó una falda azul larga con florecitas blancas y una camiseta negra. El resto de su ropa era demasiado alegre para un funeral. Lo metió todo en una bolsa.
A la mañana siguiente, fue a trabajar y pidió tres días de permiso sin sueldo. Como mandan las normas.
—Si necesitas más, avisa —dijo su jefa con compasión.
Lucía volvió a casa, recogió lo necesario y se fue a la estación. El primer autobús ya había salido, el siguiente pasaría en dos horas. No tenía sentido volver. Mató el tiempo en una cafetería y en las tiendas de la estación. Compró dulces, galletas y vino. No podía llegar con las manos vacías. Para el velatorio serviría.
Todo el viaje pensó en lo absurdo de su decisión. Cuando bajó del autobús, el sol caía pero aún calentaba con fuerza. Lucía sudaba, la ropa se le pegaba al cuerpo. Poco después, un coche la adelantó y se detuvo. Un hombre joven bajó.
—¿Lucía? —preguntó.
—Sí. ¿De dónde…?
—¿No te acuerdas de mí? Soy Santiago.
En su memoria apareció un niño enclenque, siempre mocoso. No podía ser que de aquel crío hubiera salido este tipo apuesto.
—Sube, te acerco. Te estaban esperando.
—¿A mí? —se sorprendió Lucía.
—Pues claro. Ha muerto tu tía. Lo de tu madre lo sabemos. Lo siento. La tía Carmen se lamentaba de no encontrar a ningún familiar. Pero al final dio contigo.
—¿La que me llamó? ¿Y cómo tuvo mi número?
—Igual lo dejó tu madre cuando vino. Bueno, llegamos —dijo él, y Lucía no tuvo tiempo de preguntar cuándo había ido su madre por allí.
Apenas salió del coche, una mujer baja y agradable se acercó.
—¡Pero mira qué mayor estás! —Y la abrazó. Olía a leche, pan y algo más, dolorosamente familiar.
Al notar su incomodidad, la mujer se apartó.
—Vamos a la casa.
La puerta no estaba cerrada.
—La dejé así. Por si llegabas y no te veía. Pasa. Esta es tu casa. Rosario no tenía a nadie más. Su marido murió. Tu madre, su hermana, también, que en paz descanse. No tuvo hijos. Así que tú eres la única heredera. Ella siempre decía que la casa sería tuya.
—¿Y cómo supieron mi número?
—¿El teléfono? Pues tu madre lo dejó cuando vino, poco antes de morir. Yo llamé al suyo también, por si acaso, pero estaba dado de baja. No se hablaban desde hacía años, y de pronto apareció tu madre… Creo que lo presintió…
—¿Por qué no se hablaban?
—Por un hombre—Por un hombre, claro —dijo la vecina—. El marido de Rosario, Fernando, estaba enamorado de tu madre, y cuando ella se fue a la ciudad, él se vino abajo, se casó con Rosario por despecho, pero nunca la quiso, y al final todo se volvió amargura.





