Papá, te presento a mi futura esposa, y tu nuera, Milagros! exclamaba Boris radiante de felicidad.
¿Cómo? preguntó sorprendido el profesor, doctor en ciencias, Ramón Filomeno. Si esto es una broma, no tiene mucha gracia.
El hombre observaba con evidente disgusto las uñas mugrientas en los dedos ásperos de la nuera. No podía entender cómo esa joven parecía no conocer el agua y el jabón, viendo la suciedad incrustada bajo las uñas.
¡Dios mío! Menos mal que mi querida Lola no ha visto este bochorno… ¡Con cuánto esmero tratamos de inculcarle buenos modales a este cabeza loca! pensaba para sí.
¡No es una broma! respondió Boris desafiante. Milagros va a quedarse con nosotros, y en tres meses nos casamos. Si no quieres participar en mi boda, pues me las apaño sin ti.
¡Hola! sonrió Milagros, avanzando con confianza a la cocina. Aquí traigo empanadillas, mermelada de frambuesa, setas secas… enumeraba los alimentos que sacaba de un bolso bastante desgastado.
Ramón Filomeno casi se lleva la mano al pecho al ver cómo Milagros estropeaba el mantel blanco bordado a mano con la mermelada derramada.
¡Boris! ¡Reacciona! Si todo esto es para contrariarme, no vale la pena… ¡Es demasiado cruel! ¿De qué pueblo has traído a esta maleducada? ¡No dejaré que viva en mi casa! gritaba el profesor, desesperado.
Yo amo a Milagros. Y mi esposa tiene derecho a vivir en mi casa se burló Boris.
Ramón Filomeno comprendió que su hijo sólo quería provocarle. Sin decir nada más, fue directo a su habitación.
Desde hacía un tiempo, la relación con su hijo había cambiado radicalmente. Tras la muerte de la madre, Boris se volvió incontrolable. Abandonó la universidad, contestaba mal a su padre y llevaba una vida despreocupada y desordenada.
El profesor había confiado en que su hijo cambiaría, volvería a ser sensato y amable. Pero cada día Boris se alejaba más. Y allí estaba, trayendo a aquella chica del pueblo, sabiendo que Ramón nunca aprobaría su elección.
Poco después, Boris y Milagros se casaron. Ramón Filomeno se negó a asistir a la boda, pues no quería aceptar a una nuera tan indeseada. Sentía rabia al ver que el sitio de Lola, excelente ama de casa, esposa y madre, lo ocupaba esa joven sin estudios ni habilidad para expresarse.
Milagros parecía ignorar el desprecio del suegro, y trataba de agradarle en todo, aunque solo conseguía empeorar la situación. El hombre no veía ni una sola cualidad buena en ella, enfocado únicamente en su ignorancia y malos modales…
Boris, cansado de fingir ser el esposo ejemplar, volvió a beber y a salir por las noches. El padre escuchaba las discusiones de los jóvenes, y se alegraba, esperando que Milagros se marchara para siempre.
¡Ramón Filomeno! entró Milagros llorando un día Boris quiere divorciarse, ¡me echa a la calle, y estoy esperando un hijo!
Bueno, por qué a la calle, ¿no eres indigente…?, Vuelve a tu pueblo. Estar embarazada no te da derecho a quedarte aquí tras el divorcio. Perdona, pero no voy a intervenir dijo el hombre, alegrándose en el fondo por librarse al fin de su insistente nuera.
Milagros lloró en silencio y empezó a recoger sus cosas. No entendía por qué el suegro la odiaba desde el primer momento, ni por qué Boris la trató como a un perrito callejero y después la echó. ¿Tan grave era venir del pueblo? También ella tenía alma y sentimientos…
***
Han pasado ocho años Ramón Filomeno vive en una residencia de ancianos. El hombre se ha debilitado mucho estos últimos años. Su hijo Boris, aprovechando la situación, lo llevó rápidamente allí para quitarse el compromiso.
El anciano se resignó a su destino. A lo largo de su vida educó a miles de alumnos con valores como el amor, el respeto y la responsabilidad. Recibe todavía cartas de agradecimiento de antiguos estudiantes… Pero no pudo educar así a su propio hijo.
Ramón, tienes visita le dijo su compañero de habitación al volver del paseo.
¿Quién? ¿Boris? preguntó el anciano, aunque sabía que era imposible. Su hijo jamás iría a verle, el odio era demasiado grande…
No sé. La asistente me pidió que te avisara. ¿Qué haces sentado? ¡Ve pronto! le animó el compañero.
Ramón tomó el bastón y salió despacio de su pequeña y calurosa habitación. Al bajar la escalera, la vio a lo lejos y la reconoció enseguida, aunque hacía años desde su última visita.
Hola, Milagros saludó en voz baja, cabizbajo, sintiendo aún culpa por aquella muchacha sencilla y sincera que no quiso defender hace ocho años…
¡Don Ramón Filomeno! exclamó sorprendida la mujer de mejillas sonrosadas ¡Cuánto ha cambiado usted… Está enfermo?
Un poco…, sonrió el hombre con tristeza ¿Y cómo has sabido dónde encontrarme?
Boris me lo contó. Ya sabe, él no quiere tratar con su hijo. Pero el niño pide siempre visitar a su padre y a su abuelo… Iván no tiene culpa de que no lo reconozcan. Le falta el cariño de la familia… Somos solo nosotros dos confesó la mujer, con voz temblorosa. Perdón, quizá he hecho mal en venir…
Espera pidió el anciano ¿Y cómo está Ivancito? Recuerdo la última foto que me mandaste, tenía solo tres añitos.
Está aquí, junto a la puerta. ¿Le llamo? preguntó Milagros, dudando.
Por supuesto, hija, llámale respondió Ramón Filomeno, ilusionado.
Entró un niño pelirrojo, una réplica diminuta de Boris. Iván se acercó tímidamente al abuelo, al que nunca había visto.
¡Hola, hijo! Has crecido mucho… dijo el anciano, abrazando con lágrimas a su nieto.
Conversaron mucho, paseando por los senderos otoñales del parque de la residencia. Milagros le contó su dura vida, cómo perdió a su madre siendo joven, y tuvo que sacar adelante sola a su hijo y la casa.
Perdóname, Milagros. He sido injusto contigo. Creí que la inteligencia y la educación eran todo, pero sólo ahora entiendo que lo valioso en las personas es su sinceridad y bondad declaró el anciano.
Don Ramón Filomeno, tenemos una propuesta para usted sonrió Milagros, nerviosa y tartamudeando. ¡Váyase a vivir con nosotros! Está solo, y nosotros también… Nos haría mucha ilusión tener familia cerca.
¡Abuelo, vamos! Podemos ir juntos a pescar, y al bosque a por setas… Nuestro pueblo es precioso, hay mucho sitio en casa suplicó Iván, agarrando la mano de su abuelo.
¡Claro que sí! sonrió Ramón Filomeno. Fallé en educar a mi hijo, pero quiero darte lo que no pude dar a Boris. Además, nunca he vivido en un pueblo. ¡Seguro que me encantará!
Seguro que sí, abuelo rió Ivancito.





