Pájaros de papel surcan el cielo…

Grullas-barcos vuelan por los cielos…

Lucía despertó y se desperezó con placer. Luego intentó recordar qué día era. Volvió la cabeza para mirar la hora y su vista tropezó con la nube blanca de un vestido colgado en la puerta del armario. Demasiado largo, lo había dejado fuera para que no se arrugara. Los recuerdos cayeron sobre ella como un alud, aplastándola hasta dejarle el aire atrapado en el pecho.

Cuando lo probó en la tienda, por un instante creyó que hacía lo correcto. Alejandro no estaba. Pero Felipe sí, vivo, atento, exitoso y guapo. Nada podía cambiarse ya. En unas horas, se pondría ese vestido y subiría al coche nupcial camino del registro civil.

Un escalofrío recorrió a Lucía. Apartó la mirada del vestido, símbolo de su traición.

Ayer se lo había dicho a su madre. Pálida, consumida por la quimioterapia y las operaciones, su madre la observó con ojos hundidos.

—Lo entiendo, hija. Pero Alejandro no está.

—Desaparecido, no muerto —repuso Lucía con aspereza—. Podría estar prisionero. Los intercambian.

—Lucita, ¿y cómo volvería después de eso? ¿Ves las noticias? Aunque regrese entero, vendrá destrozado por dentro. ¿Para qué quieres eso? Solo tienes veinticuatro años. La vida acaba de empezar. Además, ¿cuánto tiempo llevabais juntos?

—Mamá, le prometí esperarle. Si me caso, le traiciono. ¿Y si vuelve? ¿Cómo le miraré a los ojos? —La voz de Lucía se quebró entre lágrimas.

—Tranquila, no grites. Él también prometió volver. Es la guerra. Las promesas se hacen fácil, pero cumplirlas… Si estuviera vivo, ¿no habría dado señales? —Su madre la abrazó.

Lucía apoyó la cabeza en su hombro y escuchó su respiración agitada, como papel arrugado en los pulmones.

«Tiene razón. Felipe ha hecho tanto por nosotras. Ingresó a mamá en el mejor hospital de Madrid, pagó el tratamiento. La sacó literalmente de las garras de la muerte. Aún sigue con la quimio. Hay esperanza. ¿Y si empeora? No tenemos dinero, dependemos de él. No puedo decir que no… Es mi madre, sueña con ser abuela… Y yo soy una egoísta, pensando solo en mí…».

Lucía se secó las lágrimas.

—Todo irá bien, mamá. No te preocupes.

Su madre suspiraba, lanzándole miradas furtivas, cruzándola en secreto cuando creía que no la veía.

—No seas tonta. Agárrate a un Felipe así con uñas y dientes —le regañaba su amiga Maica, sin disimular su envidia.

—Pues agárrate tú. Eres más guapa que yo.

Maica negó con la cabeza y giró un dedo en la sien.

—Se lo debo, ¿entiendes? —protestó Lucía—. Y siempre se lo deberé. Es como una prisión voluntaria. Él puede hacer lo que quiera, y yo ni chistar. Por-que me de-bo. No es vida, es una jaula.

—Tonta. Si no aguantas, te divorcias. Qué problema —respondió Maica con ligereza.

Esas palabras lo decidieron todo. Pero cuanto más se acercaba la boda, más pesaba su corazón. «Claro, como si me dejara ir. Nos ha tirado tanto dinero… —pensó con desesperación—. No hay escapatoria. ¿Adónde iría? No puedo abandonar a mamá. La mataría. Solo ahora empieza a comer algo… Es una trampa. Si escribiera una sola palabra, “vivo”, cancelaría todo…».

Felipe decía amarla, no insistía en la intimidad, aunque algunas veces Lucía apenas evitó sus impulsos. Reservaron un restaurante de lujo, invitados importantes. Iría el concejal. No quería humillar a Felipe, dejarlo como el novio abandonado. Nunca le había hecho daño, ayudó a su madre…

Su madre asomó por la puerta.

—¿Aún no te has levantado? En diez minutos vienen a peinarte y maquillarte. Levántate y dúchate. El desayuno está listo.

Lucía saltó de la cama y entró en el baño. La pregunta «¿qué hago?» quedó flotando en el aire como una brisa fugaz.

Se duchó rápido y se sentó a la mesa con el pelo mojado. Para no herir a su madre, tomó un sorbo de café y mordió el pan. El bocado se atascó en su garganta.

—Basta, mamá, no puedo. Me mareo. —Apartó la taza.

—Yo tampoco comí antes de casarme con tu padre, de los nervios. Luego bebí cava y temí hacer el ridículo —su madre rio, pero hizo una mueca.

—¿Qué pasa? —preguntó Lucía alarmada.

—Me tiran las cicatrices.

Sonó el timbre.

—Abriré yo —dijo su madre, yéndose al recibidor mientras el corazón de Lucía latía como un pájaro atrapado.

Comenzó el lío del peinado y maquillaje. A Lucía no le importaba su aspecto. Pero al verse al espejo, se sorprendió. Una estrella de Hollywood, como Penélope Cruz, la miraba desde el reflejo.

Advirtió que no quería moños altos ni exageraciones. Quería naturalidad. Y acertó. Su madre se llevó las manos al pecho, con lágrimas en los ojos.

La estilista se fue, y Maica ayudó a Lucía a ponerse el vestido.

—Es pronto —se resistió Lucía.

—No es pronto. Por si hay que ajustar algo. Tu madre dice que no comes nada.

—Tú también —suspiró resignada.

Otra vez el timbre.

—¿Abre tu madre? —preguntó Maica, abrochando el vestido por detrás.

Lucía se encogió de hombros.

—¡No te muevas! —le espetó Maica.

El timbre repitió, y Maica corrió a abrir, dejando a Lucía con la espalda al descubierto. Lucía escuchó. Oía forcejeos y la voz de Maica:

—No puedes, es mala suerte.

—Vine temprano por si acaso. Es mi boda, quiero asegurarme de que la novia está perfecta —insistió la voz de Felipe.

—Está espectacular, créeme. No entras —contestó Maica tras la puerta, bloqueándola con su cuerpo.

La seda y el nailon del vestido resbalaban de sus hombros. Lucía ajustaba las tirantes finas. De pronto, tras la puerta, silencio.

Esperó un momento, levantó el volante del vestido para no pisarlo y entornó la puerta. Nadie. Descalza, salió al pasillo. Solo el susurro de la tela la acompañaba. Al asomarse a la cocina, se quedó paralizada. Maica estaba de espaldas, sus rizos dorados sobre los hombros. Las manos hermosas de Felipe descansaban en su espalda, como alas pálidas sobre el azul oscuro.

¿Por qué pensó en lo hermosas que eran sus manos? Se besaban, meciéndose. Una oleada de calor brotó dentro de ella y le quemó el rostro. Retrocedió, volvió a su habitación. La puerta se abría hacia dentro. Atrancó el pomo con una silla. Bastaría un rato.

Se acercó a la ventana, tropezando con el vestido. Tercer piso. El marco estrecho, el asfalto abajo.

Se liberó del vestido, que crujió al rasgarse. Una nube esponjosa a sus pies. No podía evitarlo. ¿Qué más daba? Pisó la tela, aplanando el nailon inflado.

—Lucía, áLucía cerró los ojos y sintió cómo el viento acariciaba su rostro, sabiendo que, al fin, había elegido su propia libertad.

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MagistrUm
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