**”Vámonos a casar”**
Javier era un chico callado y tímido. Vivía con sus padres en un pueblo pequeño, o así lo habían criado, o quizás nació así. Claudio y Margarita nunca tuvieron problemas con su hijo. Siempre obediente.
En la casa de al lado, los gritos y las broncas eran el pan de cada día. Bárbara, la vecina, criaba sola a sus dos hijos, Miguel y Toni, con apenas un año de diferencia. Eran dos terremotos, sobre todo el mayor, Miguel, que ya tenía a Bárbara al borde de un ataque de nervios.
—Miguel, otra vez molestando a tu hermano, ya verás cuando te coja… —se oía desde el patio la voz exasperada de Bárbara.
—¡Es que él empieza! Que no me provoque, y tú siempre defendiéndolo —replicaba Miguel, subiendo el tono.
—¡Ay, qué manera de hablarle a tu madre! —retumbaba desde la casa vecina.
Y así, día tras día. Bárbara se quejaba a Margarita:
—No hay quien controle a estos demonios. En vuestra casa, todo en paz. Tu Javier es tan tranquilo… Qué envidia me das, Marga. Claro, con lo sosegado que es Claudio, Javier ha salido a él. El mío era un loco, puro lío, y por culpa de su carácter se fue antes de tiempo. Si no hubiera bebido, no se habría ahogado… Miguel es idéntico a él. Toni es algo más calmado, pero tampoco se deja. ¡Ay, qué vida la mía!
—Sí, Bárbara, tus chicos son un huracán —asentía Margarita—. En la última reunión del colegio, la tutora de Miguel lo puso verde. Tú nunca vas, ¿verdad?
Sus hijos, Javier y Miguel, iban a la misma clase y eran amigos, caminando juntos al colegio. Javier sacaba notas decentes; Miguel, en cambio, apenas pasaba.
—No voy a esas reuniones. Me da vergüenza oír quejas de mis gamberretes, sobre todo de Miguel. Hasta evito cruzarme con sus profesoras por la calle. En cuanto me ven, empiezan con los lamentos, y yo me pongo colorada como un tomate —confesaba Bárbara—. Te envidio, Marga, de verdad. Tu Javier es un chico ejemplar, y los míos… —hacía un gesto de desesperanza y se marchaba a casa.
Los años pasaron. Miguel seguía igual de revoltoso. Dejó el instituto después de la ESO, mientras Toni aún estudiaba.
—Voy a sacarme el carnet de conducir, haré la mili y luego me caso —esas eran las ambiciones de Miguel.
Javier y él ya hablaban como adultos. Javier seguía siendo el mismo chico tranquilo, de carácter dulce. Le gustaba pasear solo por el bosque en verano, recogiendo setas. Por las tardes, se sentaba en las escaleras del porche a tomar un té y leer.
Estudió para ser electricista en la ciudad cercana, pero nunca quiso irse del pueblo. Sus padres no se lo habrían permitido, siendo hijo único.
—Tus raíces están aquí, hijo. Aquí es donde debes vivir —sentenció Claudio tiempo atrás, y Javier no lo discutió.
Durante sus estudios, viajaba cada día en autobús al pueblo vecino. Media hora de trayecto. La ciudad no le gustaba; demasiada gente. Con las chicas no tenía suerte, aunque algunas le lanzaban miradas. Las más atrevidas incluso le invitaban al cine, las que no sabían lo tímido que era. Él siempre se excusaba:
—Tengo que coger el autobús. No pasa muy seguido, no puedo perderlo.
—Javier, no te mezcles con esas chicas de ciudad —le advertía su madre—. Son todas unas vivarachas, y antes de que te des cuenta, te habrán liado.
—Déjame en paz, mamá, por favor —respondía él, sin hacerle caso.
Iba al centro cultural del pueblo, se juntaba con los chicos del lugar, a menudo con Miguel. Pero a las chicas no les prestaba atención, y ellas hacían lo mismo. Nadie sabía que, en el instituto, Javier había estado enamorado de una chica, Anita, un año menor. Jamás se lo había contado a nadie. Hasta le daba miedo.
A solas, se reprochaba:
—¿Por qué no soy más espabilado, como Miguel? Él tiene chicas detrás, y yo… Yo hasta me pongo colorado cuando se me acercan. Anita me gusta, pero nunca se lo diré. ¿Y si se ríe de mí? Cuando está cerca, hasta me tiemblan las rodillas. Seguro que acabo soltero. Y Miguel ya está planeando su boda…
—Javier, no faltes a mi boda. Será en el centro cultural. Vendrán chicas del pueblo de Verónica. No te quedes atrás, o acabarás solterón —se reía Miguel, mostrando su sonrisa perfecta.
Verónica, la novia de Miguel, era de un pueblo a cuatro kilómetros. Allí encontró el amor, aunque muchas del pueblo suspiraban por él.
—Vale, Miguel, allí estaré —prometió Javier.
La boda fue ruidosa y divertida. Una cálida noche de verano, música, baile, mucha gente. Javier se quedaba en la mesa o salía a tomar el fresco. Hasta que la madrina, una chica vivaracha llamada Lucía, lo vio.
Javier era guapo: alto, pelo oscuro, ojos grises. Las chicas que no lo conocían se fijaban en él.
—Hola —dijo Lucía, acercándose con una sonrisa—. Tú eres el hijo de don Claudio, ¿verdad? Tu padre viene mucho a mi pueblo, es amigo del mío. Yo soy Lucía, y tú… Javier, ¿no?
Javier se puso rojo como un pimiento. Le gustaba Lucía, y eso lo ponía más nervioso.
—Sí… —murmuró, sudando por la espalda.
Lucía no paraba de hablar, reír, contarle cosas. Él apenas escuchaba, demasiado tenso. Temía decir algo tonto.
—Vamos a bailar —lo agarró de la mano y lo arrastró a la pista.
Javier nunca había bailado, pero la música lenta ayudó. Ella lo guió, su mano en su cintura.
—Oye, esto mola —pensó Javier—. Lucía es… especial.
Bailaron una y otra vez. No se dio cuenta de cómo pasó la noche hasta que Lucía dijo:
—Me ha encantado bailar contigo, Javier. Pero me tengo que ir con mi hermano. Nos vemos, ¿vale?
Al día siguiente, Javier no era el mismo. No podía sacarse a Lucía de la cabeza. Pero no se atrevía a buscarla.
—¿Ir a otro pueblo a verla? ¿Qué dirán? Seguro que ni se acuerda de mí —pensaba.
Hasta que un sábado, alguien silbó frente a su casa. Era Lucía, en su bicicleta, sonriendo.
—¡Hola, Javier! —lo saludó—. Vengo a invitarte a un concierto en mi pueblo. Mañana. ¿Vienes?
—Sí —respondió al instante.
—Paseemos un poco —propuso ella—. Así me acompañas parte del camino.
Javier, contento, empujó su bicicleta mientras hablaban. Al llegar a la mitad, Lucía dijo:
—Bueno, desde aquí ya llego sola. ¡Hasta mañana!
Después de eso, empezaron a verse. Lucía tomaba la iniciativa, organizaba los planes. Si él no podía ir, ella aparecía en su pueblo. A Margarita no le caía bien.
—Javier, esa chica no es para ti. Es demasiado lista. Te manejará como quiera. Necesitas una chica tranquila, no un torbellino —insistía.
Pero Javier estaba perdidamente enamorado. Lucía lo abrazaba, lo besaba… ¿Cómo resistirse?
Un día, ella lo sorprendió:
—Javier, me gustas mucho. Eres diferente. Quiero estar contigo. ¿Nos casamos?
—S





