**Vamos a Casarnos**
Javier es un chico callado y modesto. Vive con sus padres en un pueblo de Castilla, quizás por cómo lo criaron o porque así nació. Claudio y Carmen nunca tuvieron problemas con su hijo. Siempre obediente, nunca dio un disgusto.
En la casa de al lado, sin embargo, los gritos y las discusiones eran constantes. Bárbara, la vecina, cría sola a sus dos hijos, Miguelito y Toni, casi de la misma edad. Pero son unos diablillos, sobre todo el mayor, Miguelito, que ya no sabe cómo controlarlo.
¡Miguelito, otra vez le estás pegando a tu hermano! Ahora mismo te vas a enterar se oía desde el patio la voz exasperada de Bárbara.
¡Él empieza siempre! Que no me provoque, y tú siempre de su parte replicaba Miguelito, subiendo el tono.
¿Cómo te atreves a hablarme así? retumbaba desde la casa vecina.
Y así, día tras día. Bárbara se quejaba con Carmen:
No hay manera con estos demonios. En vuestra casa siempre hay paz. Vuestro Javier es un chico tan tranquilo Envidia me das, Carmen. Claro, con Claudio de ejemplo, no es de extrañar. En cambio, mi marido era un terremoto, puro lío, y por culpa de su carácter se fue antes de tiempo. Si no hubiera bebido, no se habría ahogado Miguelito es su viva imagen, y Toni, aunque más tranquilo, tampoco se deja. Ay, esta vida
Sí, Bárbara, tus chicos son un huracán. En la reunión de padres, la tutora dejó a Miguelito por los suelos. Tú nunca vas.
Javier y Miguelito iban juntos al mismo instituto, compartían camino y eran amigos. Javier sacaba notas decentes, mientras que Miguelito apenas pasaba.
No voy a esas reuniones. Me da vergüenza oír quejas de mis revoltosos, sobre todo de Miguelito. Y con el trabajo No te creerás, Carmen, pero si veo por la calle a sus profesores, me cambio de acera. En cuanto empiezan a quejarse, me pongo colorada y empiezo a sudar. Bárbara suspiró. Te envidio, Carmen, de verdad. Tu Javier es un chico normal, y los míos Hizo un gesto con la mano y entró en casa.
Con los años, los chicos crecieron. Miguelito siguió igual de revoltoso; dejó los estudios después de la ESO, mientras que Toni aún seguía en el instituto.
Me sacaré el carné de conducir, haré la mili y luego me casaré esos eran los planes de Miguelito.
Con Javier, en cambio, la conversación era más seria. Seguía siendo callado y tímido, de carácter dulce. Le gustaba pasear solo por el bosque en verano, buscando setas. Por las noches, se sentaba en las escaleras del porche a tomar un té mientras leía.
Estudió para ser electricista en la capital de la comarca, pero nunca quiso irse del pueblo. Sus padres no lo habrían permitido. Hijo único.
Tus raíces están aquí, hijo. Aquí es donde debes quedarte había decidido Claudio hacía años, y Javier nunca se opuso.
Mientras estudiaba, viajaba cada día en autobús a la capital, un trayecto de apenas media hora. La ciudad no le gustaba; demasiada gente. Con las chicas no tenía suerte, aunque algunas lo miraban. Incluso hubo alguna atrevida que le propuso ir al cine, las que no sabían lo tímido que era. Él siempre decía que no, excusándose con el horario del autobús.
Javier, no te juntes con esas chicas de ciudad le advertía Carmen. Son todas muy listas, y antes de que te des cuenta, te habrán enredado.
Déjame en paz, madre, por favor murmuraba él, apartándola con un gesto.
Iba al centro cultural del pueblo, salía con los chicos del lugar, a veces con Miguelito. Pero a las chicas no les hacía mucho caso, y ellas tampoco a él. Nadie lo sabía, pero en el instituto le gustaba una chica, Patricia, un año menor. Nunca se lo había contado a nadie, y además, le daba miedo.
En silencio, se reprochaba:
¿Por qué no soy tan desenvuelto como Miguelito? Él siempre está rodeado de chicas, y yo Me pongo colorado, me da vergüenza Me gusta Patricia, pero nunca se lo diré a nadie, menos aún a ella. ¿Y si se ríe de mí? Cuando se me acerca, hasta las rodillas me tiemblan. Seguro que acabo soltero Y Miguelito ya habla de casarse.
Javier, prepárate para mi boda. Será en el centro cultural. Vendrán chicas del pueblo de Verónica. No te quedes atrás, o te quedarás para vestir santos dijo Miguelito con su sonrisa de dientes blancos.
Verónica, la novia de Miguelito, era de un pueblo vecino, a cuatro kilómetros. Allí encontró el amor, aunque muchas chicas del pueblo suspiraban por él.
Vale, Miguel, allí estaré prometió Javier.
La boda fue ruidosa y alegre. Entre las damas de honor de Verónica estaba su amiga Lucía, también de su pueblo. Era una cálida noche de verano, con música, baile y muchos invitados. Javier se quedaba sentado o salía a tomar el fresco, mientras Lucía lo observaba.
Alto, de pelo oscuro y ojos grises, Javier llamaba la atención sin querer. Fue entonces cuando Lucía, vivaracha y decidida, se acercó.
Hola, cercano dijo con una risa juguetona.
Hola respondió él, ruborizándose.
Te conozco. Eres el hijo de don Claudio continuó ella. Mi padre y él son amigos, cuando viene por el pueblo. Yo soy Lucía, y tú Javier, ¿no? preguntó, aunque parecía afirmarlo.
Javier se puso aún más colorado, balbuceó algo y notó cómo le sudaba la espalda. Pero Lucía le gustaba, y eso lo ponía más nervioso. Ella no paraba de hablar, reír, contar historias. Él apenas hablaba, solo escuchaba y sonreía, temiendo decir algo tonto.
Vamos a bailar, ¿qué hacemos aquí parados? Lo agarró de la mano y lo llevó a la pista.
Javier nunca había bailado, pero la música lenta lo ayudó. Con un brazo alrededor de su cintura, ella lo guió.
Vaya, bailar con una chica es maravilloso pensó. Y Lucía es encantadora.
Bailaron una y otra vez. El tiempo voló, y antes de que se diera cuenta, era de noche. Los invitados empezaban a irse cuando Lucía dijo:
Me ha gustado estar contigo, Javier. Pero ya me voy con mi hermano. Nos vemos pronto. Adiós.
Al día siguiente, Javier no era el mismo. No podía sacarse de la cabeza a Lucía, rubia, de ojos azules, radiante. Aquel encuentro le había cambiado la vida, pero él no se atrevía a buscarla.
¿Cómo voy a ir a su pueblo a verla? ¿Qué dirá la gente? Seguro que ya ni se acuerda de mí pensaba.
El sábado por la tarde, un silbido lo sacó de sus pensamientos. Asomó la cabeza por la ventana y allí estaba Lucía, sonriente, saludándole con la mano. Salió a su encuentro.
Hola, Javier. He venido en bici señaló hacia su vehículo para invitarte a un concierto en mi pueblo. Mañana. ¿Vienes? dijo como si nunca se hubieran separado.
Sí respondió él al instante, mientras ella sonreía y él no sabía qué más decir.
Vamos a dar un paseo. Acompañame un poco hacia mi pueblo.
Javier aceptó encantado, cogió el manillar de la bici y caminaron lentamente. Ella hab





