**No te abandonaré, no temas**
Sofía se puso por primera vez un vestido veraniego colorido, se dio un leve toque de carmín en los labios finos y se miró con detenimiento en el espejo. «¿Me tiño el pelo?», suspiró y salió del piso.
Afuera hacía el primer día de calor verdadero del verano. El sol brillaba, el verde de los árboles era alegre, y nubes algodonosas navegaban por el cielo azul. Por fin, después de un mayo y mitad de junio frescos, con viento y lluvia.
Sofía solía pasear por un pequeño parque frente a su casa cuando no iba de compras. No era exactamente un parque, sino más bien unas praderas cercadas por arbustos bien podados, atravesadas por caminos de baldosas y bancos de madera. Solía caminar un rato y luego sentarse a descansar en uno de los bancos que rodeaban el monumento a Cervantes, frente a la universidad. Eran cómodos, con respaldo, a diferencia de los bancos normales.
Se sentó, alzó el rostro hacia los rayos del sol que se filtraban entre las hojas. Una niña de cuatro años, con coletas rubias, perseguía a las palomas entre risas. Su madre, sentada en otro banco, miraba el móvil.
En el banco frente a Sofía se sentó un hombre con pantalones claros y un jersey azul, que también observaba a la niña. Al final, la madre guardó el teléfono en su bolso y se la llevó. Sin nada más que mirar, Sofía cruzó miradas con el hombre. Él se levantó y se acercó a su banco.
—¿Molesto? —preguntó, sentándose cerca—. La veo mucho por aquí. ¿Vive cerca?
«Qué pesado. Mayor, y con estos modales», pensó Sofía sin contestar. Pero el hombre no se ofendió, se acomodó y siguió hablando.
—Yo vivo en ese edificio de allí. Desde el balcón la he visto pasar. Estudié en la universidad, trabajé aquí y nunca me fui del barrio.
—¿Es profesor? —preguntó Sofía, sin poder contener su curiosidad.
—Lo fui. Estoy jubilado desde hace años.
Sofía asintió en silencio.
—Por fin hace buen tiempo. ¿Es viuda? Siempre la veo sola —insistió él.
«No se va a rendir. Claramente quiere algo», pensó.
Pero estaba cansada del silencio y la soledad. Mejor hablar con alguien que con los muebles.
—Ahora sí. Nos divorciamos hace años, y luego él falleció —se sinceró, sin saber por qué.
—Mi esposa murió hace dos años —dijo él, alzando la mirada al cielo como si pudiera verla allí.
La conversación derivó hacia los hijos y los nietos. Sofía supo que el hijo de Francisco vivía en el extranjero, y su hija, en Madrid. Cuando su esposa vivía, toda la familia se reunía alrededor de una mesa grande, llenando la casa de ruido y vida. Pero al quedarse solo, él se negó a mudarse con sus hijos para no estorbar.
—Se le ve muy bien cuidado, pensé que vivía con alguno de ellos —dijo Sofía, halagándolo.
—Sé hacer de todo. No es difícil, si hay voluntad.
—Debo irme. Pronto empieza mi serie —mintió Sofía, levantándose.
En realidad no veía series, pero era hora de volver. Temía que su nuevo conocido fuese aficionado a ellas y empezara a preguntar, pero él también se levantó y le confesó su amor por la lectura.
—Yo también —respondió Sofía, animándose—. Aunque últimamente la vista me falla, solo puedo leer libros con letra grande.
—¡Tengo muchos! ¿Quiere que le lleve uno la próxima vez? Tengo una biblioteca enorme. Si me lo permite, elegiré algo que le guste.
Sofía se encogió de hombros y se despidió.
«Qué iluso. ‘La próxima vez’…», pensó de camino a casa.
Pero esa noche no dejó de pensar en él. Al día siguiente, se arregló y volvió al parque. Él ya la esperaba en su banco, con un libro en una bolsa. Al verla, se levantó, sonriente. El corazón de Sofía latió más rápido, y una sonrisa iluminó su rostro.
Cada día esperaba ansiosa esos encuentros, vistiéndose con esmero y pintándose los labios. Hasta que un día comprendieron que el tiempo se les escapaba y decidieron no separarse. Sofía se mudó con Francisco. Su piso era más amplio que el suyo.
Desde entonces, siempre iban juntos. Paseaban bajo cualquier clima, iban al mercado, al teatro, leían juntos por las noches. Al principio, Sofía temía el qué dirán. «Se habrá vuelto loca, sirviendo a un hombre a su edad», murmuraban.
Pero Francisco era hábil en casa, incluso cocinaba bien. Hacían todo juntos. Con los años, Sofía ya no concebía la vida sin él. Nunca imaginó que, al final de sus días, encontraría paz y felicidad.
—Sofi, deberíamos formalizar esto. Así no viviremos ‘en pecado’ —dijo Francisco una vez.
—Qué tontería. ¿Quieres que la gente se ría de nosotros? ¿Y si tus hijos se oponen? —se rio Sofía.
—Los hijos… ¿Acaso mi hija me pidió permiso para su vida? Ni siquiera nos consultaron. Nosotros tampoco lo haremos.
—Tienes razón, pero aún así… —dudó Sofía.
Con el tiempo, Francisco insistía, pero ella posponía la respuesta.
—Nos caemos a pedazos, las articulaciones crujen, y tú quieres ir al registro. Qué ridículo —se burlaba ella.
Un día, su hija llamó y le preguntó:
—Mamá, ¿sigues viviendo con ese Francisco? ¿No piensas volver? Sergio y mi marido no se llevan bien. ¿Podría quedarse en tu piso un tiempo? Tiene novia. Es muy simpática. ¿Te importa?
Laura, su hija, se había divorciado cuando su hijo Sergio tenía ocho años. Ahora estaba en segundo año de universidad. Hacía un año, Laura se había vuelto a casar, pero su hijo no se llevaba bien con su nuevo padrastro.
—Claro, que se quede. Mejor que esté ocupado. ¿Pero no piensa casarse?
—Mamá, eso llegará. Ahora todos viven juntos antes. ¿Entonces puede mudarse mañana?
Sofía aceptó. ¿Cómo negarse? Era su nieto. ¿Acaso iba a alquilarle un piso? El dinero no sobraba.
Pasó otro año. Un día, mientras limpiaban, Francisco se agachó para apagar la aspiradora y cayó al suelo. Gruñía, incapaz de levantarse. El médico diagnosticó un derrame cerebral.
En el hospital, él la miraba con ojos suplicantes.
—No te dejaré, no temas. Estaré aquí. Te darán el alta pronto. Lo superaremos —lo tranquilizó—. ¿Les aviso a los hijos?
Los ojos de Francisco se llenaron de pánico. Sofía entendió.
—No, tienes razón. ¿Para qué molestarlos? Lo haremos solos.
Y así fue. Sofía lo cuidó mientras él se debilitaba. Su brazo derecho no respondía, ya no hablaba, solo gruñía. Ella le leía, lo alimentaba, lo bañaba. A veces lo sacaba al parco, donde él, apoyado en su brazo, caminaba lentamente hasta su banco. Pero empeoró, y una noche lluviosa, Francisco murió.
Sofía lloró y llamó a sus hijos. Vinieron al funeral.
—Usted lo mató. ¿Amor a su edad? ¿No tenía donde vivir? ¿Quería el piso? —le reprochó la hija de Francisco, caminando nerviosa por la casa.
—Elena, basta. Papá era feliz con ella —intervino su hijo—. GraFinalmente, Sofía entendió que, aunque la vida le había arrebatado a Francisco, su amor seguía vivo en cada rincón de aquel banco del parque donde todo había comenzado, y allí siguió yendo, cada tarde, para conversar en silencio con su recuerdo.





