No soporto a mi nieto. ¿Cómo aprender a sentir calidez?

**Diario Personal: El frío en mi corazón**

Me llamo Carmen Fernández, tengo sesenta y dos años, y necesito confesar algo que jamás pensé que podría ocurrir. Algo que me atormenta cada día, que oculto por miedo al qué dirán, por temor a perder el vínculo con mi hija y… por la vergüenza que siento al reconocerlo.

Mi única hija, Lucía, lleva seis años viviendo en Suiza. Se fue allí para estudiar y pronto conoció a su futuro marido, un suizo con el que acabó casándose. No pude asistir a la boda —problemas de salud, el lío del visado y, la verdad, tampoco me sobraba el dinero. Esperamos con ilusión reunirnos, pero incluso cuando nació su hijo, mi nieto, no pude viajar de inmediato: papeles, cuarentenas, miles de kilómetros de distancia…

A Joaquín (en su casa le llaman Joakim) lo vi por primera vez cuando ya tenía dos años. Imagínate: mi primer nieto, tan deseado, mi sangre. Había imaginado ese momento mil veces: abrazarlo fuerte, llorar de emoción mientras él, curioso, tocaba mis canas, y yo, riendo, acariciaría su cabecita…

Pero la realidad fue distinta. Desde el primer abrazo, solo sentí confusión. Vacío. Frío. Él me tendía sus manitas como a una desconocida, pero en mi pecho no brotaba ternura, ni cariño, ni ese amor del que tanto se habla. Me esforcé: sonreí, jugué, hice magdalenas. Todo automático, sin sentir nada. Como si interpretara el papel de abuela en una obra que no era mía.

“Pasará”, me decía. “Es pequeño, solo necesitamos más tiempo juntos”. Pero los días pasaban y nada cambiaba. Seguía igual. A veces me asaltaba un pensamiento horrible: si fuera el hijo de la vecina, actuaría igual. ¿Soy así de cruel? ¿Qué me pasa?

Cuando Lucía, su marido y Joaquín volvieron a Suiza, sentí… alivio. Y luego, una culpa inmensa. ¿Cómo puede ser? ¡Es mi nieto! El fruto del amor de mi hija. ¿Tengo derecho a sentirme así? Soñaba con ser abuela, le tejí patucos antes de que naciera, imaginé llevarle al parque, leerle cuentos…

Ahora no sé cómo vivir con este vacío. No me atrevo a contárselo a Lucía —no lo entendería. Lo vería como una traición. ¿Cómo decirle que no quiero a su hijo? Que no siento conexión con él. Como si fuéramos de mundos distintos, y el hilo entre nosotros se rompiera antes de anudarse.

Hace dos días, Lucía llamó emocionada: vendrán en Semana Santa. Hablaba de paseos, de que Joaquín ya balbucea en español y me recitará una poesía… Yo asentía, con el corazón encogido de angustia.

¿Cómo volver a fingir que soy esa abuela cariñosa? ¿Cómo actuar feliz cuando por dentro soy todo lo contrario? ¿Será que me estoy volviendo una vieja amargada? ¿O es que no he perdonado a Lucía por irse, por casarse con un extranjero, por construir una vida donde quizá ya no tengo sitio?

No lo sé. Solo quiero saber… ¿se puede aprender a querer a un nieto? ¿O el cariño debe nacer del corazón desde el principio? ¿Por qué no lo siento? ¿Qué hago mal? ¿No valgo para esto? ¿O es que el dolor por la ausencia de Lucía se ha vuelto indiferencia hacia su hijo?

A quienes hayáis sentido algo parecido: ¿os ha costado querer a vuestros nietos? ¿Cuándo llegó ese amor? ¿Qué hicisteis para derretir el hielo dentro de vosotros?

Duele escribirlo. Pero no quiero vivir siendo una mentira. Quiero ser una abuela de verdad. Querer. Sentir. Que Joaquín algún día diga: “Tengo la mejor abuela del mundo”. Pero hoy no sé cómo llegar ahí.

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