No podré vivir sin vosotros
«Clara, lo siento, he conocido a otra mujer. Me voy, el piso se queda para vosotros. Perdona que me marche así, en silencio y sin avisar. No podía ver tus lágrimas, por eso te dejo esta nota. Créeme, para mí tampoco es fácil… Y dale un beso a nuestro hijo de mi parte».
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¡Venga, campeón, arriba! Clara despertó a su hijo, Álvaro, y después fue al dormitorio de su marido, Javier.
Cariño, que tienes que ir a trabajar, ¡despierta! le dijo riendo mientras le hacía cosquillas en el pie que asomaba por debajo del edredón.
Javier protestó, medio dormido. Siempre le costaba levantarse, no como a Clara. Ella saltaba de la cama en cuanto las primeras luces asomaban por las ventanas, y antes de que sus chicos como ella les llamaba se despertaran, ya había hecho el desayuno, se había arreglado y adelantaba alguna tarea doméstica. Cierto es que también se acostaba pronto, agotada tras el largo día.
Estaba sentada en la cocina cuando Álvaro, bostezando, salió arrastrando los pies de su habitación.
Primero, a lavarse la cara, y después desayunamos le indicó Clara, señalando el baño.
El niño fue obediente hacia el baño. Pocos minutos después, mientras desayunaban, Javier apareció por la puerta, con el rostro pálido.
Oye, creo que hoy me quedo en casa. Avisaré a la oficina ahora…
Clara se preocupó al verle tan desmejorado.
¿Te encuentras mal? ¿Te ha subido la fiebre?
Me duele la cabeza y estoy mareado… Javier se apoyó en el marco de la puerta.
Clara le tocó la frente y le miró a los ojos con ansiedad.
No tienes fiebre. ¿Quieres que me quede contigo?
No, Clara, lleva tú a Álvaro al colegio y vete a trabajar. Yo intentaré dormir un rato, a ver si se me pasa.
Llámame si necesitas algo le advirtió ella.
Claro, nos vemos luego le sonrió Javier.
Clara pasó el día inquieta, removida por la preocupación, preguntándose qué le pasaba a su marido. Estaba tan cansado y pálido… Quizá era el estrés del trabajo, se decía. Sin embargo, sentía una opresión extraña en el pecho, un mal presentimiento.
Pidió salir antes del trabajo, recogió a Álvaro que había ido a casa de un amigo y volvieron juntos al piso. La angustia crecía y Álvaro también empezó a preocuparse al ver la cara de su madre.
¿Mamá, te ocurre algo? le preguntó en el coche. Tendrías que salir más tarde, y estás muy blanca. ¿También estás enferma? ¿Papá y tú estáis malos?
Clara miró a su hijo de doce años. Ya no era un niño pequeño, pero seguía siendo su hijo y no merecía estar asustado.
Álvaro, estoy preocupada por papá. Quiero verle, asegurarme de que está bien.
Álvaro masculló algo, sin seguir preguntando. Llegaron a casa y Clara, nerviosa, abrió la puerta y entró a toda prisa. Todo estaba en silencio y no vio a Javier por ningún sitio. Recorrió la casa y volvió al salón, donde Álvaro esperaba, pálido y a punto de llorar, con un papel en la mano.
¿Qué es eso? ¡Dámelo!
La voz de Clara temblaba. Álvaro extendió la nota hacia ella.
«Clara, lo siento, he conocido a otra mujer. Me voy, el piso se queda para vosotros. Perdona que me marche así, en silencio y sin avisar. No podía ver tus lágrimas, por eso te dejo esta nota. Créeme, para mí tampoco es fácil… Y dale un beso a nuestro hijo de mi parte».
Qué cabrón susurró Álvaro.
No hables así, es tu padre dijo Clara, aturdida.
¡Nos ha dejado tirados! ¡Le odio!
Álvaro se encerró en su cuarto y dio un portazo. Estaba destrozado, incapaz de comprender por qué su padre les había abandonado. Si todo parecía ir tan bien… Clara releyó la nota una y otra vez.
«A Lucía la conocí hace dos años, y no era capaz de dejaros. Pero ya no puedo más. Espero que algún día me perdones. Por favor, no le enseñes esto a Álvaro; no quiero que piense mal de mí».
Clara soltó una risa amarga. Su hijo ya se había dado cuenta de todo. Sabía bien cómo pensar de un padre que abandona así a su familia.
Caminó sin rumbo por el piso, entró en el dormitorio y vio que faltaban todas las cosas de Javier. Solo entonces asimiló por completo lo sucedido. Se dejó caer en el suelo, incapaz de contener el llanto. Toda su vida, destrozada en un instante, y de la forma más inesperada.
No supo cuánto rato pasó allí, deshecha. Quería poder regresar atrás, cambiar el curso de la mañana y evitar que Javier se marchara. Pero en el fondo sabía que, cuando alguien ha decidido irse, nada lo retiene. Ojalá al menos hubiera tenido el valor de decírselo a la cara. Pero huyó como un cobarde, sin despedirse siquiera.
Cuando, al fin, Clara salió del dormitorio, se lavó la cara y trató de recomponerse antes de ir al cuarto de Álvaro. El niño estaba tumbado bocarriba, mirando al techo, y era evidente que también había llorado.
Mamá, ¿por qué nos ha hecho esto?
Hijo, no lo sé. Ya no me quiere, pero a ti sí, sigues siendo su hijo.
No, mamá. Dice que tenía que irse. Seguro que su nueva novia está embarazada. No soy tonto ¿Eso significa que ya no me quiere a mí tampoco? ¿He hecho yo algo mal? ¿Le cansé? El sábado íbamos a ir juntos al partido y luego a tomar un bocadillo… ¿Le agobié? ¿Le pido mucho?
Clara escuchaba a Álvaro con el corazón roto. Ella sentía lo mismo. Pero sabía que su hijo tenía derecho a tener un padre. Su ex, seguramente, querría seguir viéndole, y Clara no deseaba enemistarlos. Así que le acarició el brazo y habló con ternura:
Álvaro, te prometo que no le has agobiado. Lo sé. Papá no quería que leyeras esa nota. Ha encontrado a otra mujer, sí, pero tú siempre estarás en su corazón. Ya verás, querrá verte y pasar tiempo contigo.
Te ha traicionado repuso Álvaro, resentido.
Clara lo entendía perfectamente. Ella también sentía rabia, dolor y hasta deseos de venganza. Dos años engañando, mirando a los ojos y diciendo te quiero mientras estaba con otra.
Los días siguientes estuvieron sumidos en una tristeza gris. Clara fue al juzgado a pedir el divorcio, y Álvaro insistía en que jamás perdonaría a su padre. Ya era mayor y comprendía la situación, aunque Clara a menudo le escuchaba llorar por las noches.
Con el tiempo, sin embargo, aprendieron a vivir sin Javier, que además no insistió en ver a su hijo. Decía que no tenía tiempo, que tenía una nueva familia. Que no le daba la vida. Álvaro lo resentía y sufría mucho, así estuvieron cerca de medio año.
Un día, al volver del trabajo, Clara escuchó voces elevadas en la escalera. Subió deprisa, reconociendo las voces de Javier y Álvaro. Javier estaba en la puerta, mirando a su hijo suplicante; Álvaro, despeinado y con la cara roja, gritaba:
¡Lárgate! ¡No tienes derecho a estar aquí! ¡Te odio! Mamá tampoco te quiere.
Álvaro, por favor Hijo
¡Que te vayas!
Clara llegó corriendo. Álvaro, al verla, se contenía algo más, Javier, al contrario, parecía esperanzado.
Clara, he vuelto. Álvaro no me deja entrar, pero tú sí puedes perdonarme, ¿verdad?
Mamá, no suplicó Álvaro, aún con rabia.
Clara miró a Javier. Una vez creyó no poder vivir sin él, pero tras su traición comprendió que aunque le perdonara, ya no podían ser una familia.
¿Entonces qué? Javier se acercó a la puerta, intentando sonreír. ¿Me dejáis entrar?
Eras marido y padre hace medio año dijo Clara, la voz apagada. Ahora tu sitio no está aquí. Si quieres la mitad del piso, reclama lo que quieras legalmente. Pero ya no somos familia.
¿Me estás echando? Clara, perdóname, no sé qué me pasó entonces. No puedo vivir sin vosotros.
Ya te he perdonado. Pero no vamos a vivir contigo.
Dicho esto, Clara entró en casa y cerró la puerta. Álvaro la miró con alivio, aunque en el fondo lo había pasado mal al rechazar a su padre. No le había perdonado, y el rencor seguía allí.
No llores, mamá. Mejor solos, ¿verdad? Estamos bien juntos.
Clara le sonrió, con lágrimas en los ojos. Por la mirilla vio a Javier plantado ante la puerta un rato, y después marcharse, cabizbajo. Sintió alivio, por fin había podido soltar a aquel hombre que la engañó. Pensó que era hora de dejar atrás la tristeza.
Álvaro, eres increíble le guiñó el ojo.
¿Pedimos una pizza y lo celebramos, mamá? ¿Y pastelitos?
Parecía el final de un capítulo difícil. Pudieron sonreír, después de tiempo sin hacerlo. Clara entendió entonces que, aunque la vida a veces te arrebate lo más importante, siempre hay luz después de la tormenta. A veces, cuando cierras una puerta, de verdad se abre una ventana.



