Mi suegro se quedó sin palabras al ver cómo vivimos.
César y yo nos conocimos en la boda de unos amigos comunes. Me mudé a Madrid y encontré trabajo. La verdad, estaba en una nube, feliz por haber escapado, por fin, de la vida del pueblo. Nuestra relación avanzó a velocidad de Ave: al año, nació nuestra hija.
Pero claro, la vida no iba a ser tan sencilla.
¿Cómo es que nuestra hija es rubia y con ojos azules, si los dos somos morenos? me preguntó César.
Cariño, seguro que se parece a tu padre. Son dos gotas de agua, míralos.
No empieces con historias. Un hijo tiene que parecerse a su padre o a su madre, no a otros. Y encima, mi madre está convencida de que la niña no es mía.
Tengo que decir que Fátima, mi suegra, nunca me soportó. Siempre pensó que yo solo quería salir del pueblo y que no quería a su hijo. Sin embargo, mi suegro, Don Pedro, era un encanto. Estaba divorciado de Fátima, tenía otra familia, pero jamás se había desentendido de César. Dramas familiares, ya sabéis.
Como las desgracias nunca vienen solas, César apareció un día con otra mujer por casa. Me soltó como quien pide una barra de pan: Haz las maletas y márchate. Y así, de la noche a la mañana, me quedé en la calle.
No tenía adónde ir. Mis padres no querían verme en casa con la niña a cuestas. Llamé a una amiga, Silvia, que me acogió unos días. Al poco, encontré una habitación en un piso compartido y allí nos instalamos, mi hija y yo, con poco más que una maleta y la esperanza. Por supuesto, el dinero brillaba por su ausencia.
Un día, entrando en el supermercado, escucho que alguien grita mi nombre.
¡Nerea, muchacha, dónde os habéis metido! ¡Hasta al pueblo he ido a buscarte! era mi suegro Pedro.
Hola, Don Pedro qué alegría verle susurré, casi sin voz.
Sé lo que ha hecho César y no tiene perdón. Él y su madre, cortados por el mismo patrón. ¿Dónde estáis viviendo ahora?
Alquilando una habitación
Bueno, no tengo tiempo ahora, tengo que irme. Pero en cuanto vuelva, solucionamos lo de la vivienda. Toma, esto te ayudará a pasar las próximas dos semanas y me dio un sobre.
Jamás he agradecido tanto unos billetes de euro. Por lo menos, podía comprar comida y leche.
Pedro vino a visitarnos poco después y casi se le caen los ojos al ver cómo vivíamos. Su nueva mujer no quería saber nada de nosotras, así que buscar refugio en su casa no era opción. Pero Pedro se las apañó: usó todos sus ahorros para comprarnos un piso pequeño, a nombre de su nieta. Intenté negarme, pero no hubo manera; insistió en que no era por mí, era por la niña.
Un mes más tarde, nos mudamos a nuestro propio nido. Pedro hasta trajo muebles y electrodomésticos para equiparlo todo.
No tengas prisa en llevar a la niña a la guardería, Nerea. Ahora te necesita y yo voy a ayudarte. No te preocupes. Hasta mi mujer se ha calmado y quiere conocer por fin a su nieta.
¡Mil gracias, de verdad!
No llores, mujer. Pide ayuda siempre que la necesites, ya sabes dónde estoy. Ya verás que todo mejora con el tiempo.
A veces pienso que mi hija no ha tenido suerte con su padre, pero tiene el mejor abuelo del mundo. Ha hecho más por nosotras de lo que nadie haría.
Los años han pasado, me volví a casar, pero a Don Pedro nunca le he olvidado. Es siempre bienvenido en casa y nosotros vamos a verle a menudo. Porque familia, familia es. Aunque a veces venga envuelta en líos y sobrecitos de emergencia.


