Hace tiempo, en un pequeño pueblo de Andalucía, el calor del verano empezaba a apretar a primeros de junio. Las calles, polvorientas y asfixiantes, se vaciaban poco a poco mientras la gente escapaba hacia la sierra o la costa en busca de frescor. Antonio, su esposa Marta y su hija Lucía decidieron pasar el fin de semana en el pueblo donde él había crecido, donde aún vivía su madre.
“¿Listos? ¿No se os olvida nada? Vamos, antes de que el sol caliente de verdad”, dijo Antonio al subir al coche. Lucía se sentó al lado de su padre, mientras que Marta prefirió el asiento trasero, lejos del aire acondicionado.
En la última reunión familiar habían decidido que Lucía pasaría las vacaciones con su abuela. A la chica no le hacía mucha gracia irse del pueblo, pero sus amigos se habían dispersado, algunos a la playa, otros a la montaña, y quedarse en la ciudad aburrida no era una opción.
“¿Por qué esa cara? Verás cómo te gusta. Además, allí tienes amigos. Hasta puede que luego no quieras volver”, intentó animarla Antonio.
“Ya, ya, papá, tranquilo”, murmuró Lucía abrochándose el cinturón.
“Eso me gusta. Son tus últimas vacaciones largas. El próximo año, exámenes, selectividad… y luego la vida adulta”, reflexionó Antonio mientras arrancaba el coche.
El pueblo despertaba lentamente, sacudiéndose la modorra mañanera. Las carreteras aún estaban despejadas, y en poco tiempo salieron de la ciudad.
El sol comenzaba a ascender, filtrándose entre las hojas de los árboles que bordeaban la carretera como agujas de luz que arañaban los ojos. “Todo está bien… pero ¿por qué esta inquietud?”, pensó Antonio, observando el asfalto gris que desfilaba bajo las ruedas.
Cuatro horas después llegaron al pueblo, envuelto en el aroma de jazmines y claveles. La abuela abrió la puerta, se llevó las manos a la cara y, entre exclamaciones de alegría, los abrazó de uno en uno.
“¡Madre mía, cómo ha crecido Lucía! Ya parece una señorita. Antonio, he hecho tus empanadillas favoritas. Pasad a la cocina, no os quedéis en la entrada”, decía la abuela, moviéndose de un lado a otro.
“Aquí todo sigue igual”, suspiró Antonio, recorriendo la estancia con la mirada mientras respiraba el olor a pan recién hecho que le traía recuerdos de la infancia. “Nada ha cambiado. Hasta tus cosas están en el mismo sitio. Y tú sigues igual, madre”. La abrazó con cariño.
“Bah, déjate de tonterías”, dijo ella, apartándolo con gesto cariñoso. “Seguro que tenéis hambre. Laváos las manos y a desayunar”.
“No te confíes con esta ‘señorita’, madre. Que no se te escape por ahí de noche”, advirtió Antonio mientras devoraba una empanadilla.
“¡Vamos! ¿O es que ya no te acuerdas de cómo eras tú a su edad?”, se rio la abuela, acercándole un vaso de horchata fresca.
“Exacto, abuela. Cuéntame cómo era él, que parece que nació santito”, replicó Lucía con una sonrisa pícara.
Mientras la abuela servía más comida, echó un rápido vistazo por la ventana.
“¿Queréis un poco de café calentito? Ah, por cierto… ya están tus amigos en el patio. Vieron llegar el coche”, comentó con complicidad, mirando a Lucía de reojo.
“¿Quiénes?”, preguntó la chica, precipitándose hacia la ventana.
“Primero desayuna”, ordenó Antonio con firmeza.
“Ya he terminado. Gracias, abuela, estaban riquísimas”. Lucía movía los pies con impaciencia.
“Anda, vete, correveidile”, dijo la abuela, riendo. “Pero no faltes a la comida”.
Lucía salió de la cocina como un rayo.
“Madre, no le des mucha libertad. Parece mayor, pero aún es una niña”, advirtió Antonio cuando la puerta se cerró.
“Aquí no pasa nada, tranquilo”.
Al día siguiente, Antonio y Marta partieron de vuelta a la ciudad. Antes de subir al coche, él dio sus últimas indicaciones a Lucía:
“No des trabajo a la abuela. Y no apagues el móvil, ¿entendido?”
“Papá, ¡por Dios!, ya lo sé”, respondió Lucía, poniendo los ojos en blanco. “Si tanto te preocupa, igual debería irme con vosotros”.
“Antonio, de verdad, la estás agobiando”, intervino Marta. “Vámonos ya, que si no llegaremos de noche”.
Al salir del patio, Antonio miró por el retrovisor a su madre y a su hija. Observó de reojo a Marta. “Está tranquila… ¿Por qué me agobio tanto? Lucía es inteligente, no le pasará nada. Tengo que aprender a soltar…”, intentó calmar esa inquietud sin origen que le apretaba el pecho.
Pasaron tres semanas. Lucía llamaba cada día, contando su vida en el pueblo. Poco a poco, Antonio se serenó. Pero el sábado por la mañana, el timbre del móvil lo despertó.
“¿Te llaman del trabajo?”, preguntó Marta, medio dormida.
Antonio cogió el teléfono. Al ver que era su madre, contestó inmediatamente.
“¿Sí, madre? ¿Por qué llamas tan temprano?” Pero su corazón ya latía con fuerza, presintiendo lo peor.
“Antonio, perdóname… No he podido cuidar de Lucía”, balbuceó su madre entre lágrimas.
“¿Qué le pasa?”, preguntó él, incorporándose de golpe y agarrándose a los pantalones.
“Es grave… ven rápido. Lucía está en el hospital, en coma…”, la voz de la abuela se quebró.
“Prepara las cosas, Lucía está en el hospital”, dijo Antonio a Marta, dejando el móvil y vistiéndose.
Ella entendió al instante que algo grave pasaba, y se quedó petrificada en la cama.
“¿Qué le ha pasado?”, susurró.
“Mi madre estaba llorando, no entendí bien. Vamos y lo sabremos”.
La noche anterior, él había pospuesto repostar, y hoy las gasolineras estaban abarrotadas. Era fin de semana, y muchos huían del calor de la ciudad.
“¿Qué hacemos? Perderemos un montón de tiempo aquí”, dijo Marta, mirando desesperada a su marido.
“Espera”. Salió del coche, sacó un bidón del maletero y fue a la bomba.
Cinco minutos después regresó con el bidón lleno, lo vació en el depósito y reanudaron la marcha.
“Ella no quería ir… Fuimos nosotros los que la convencimos… Si se hubiera quedado, nada de esto…”, sollozaba Marta.
“¡Basta!”, la cortó Antonio. “Ya bastante mal estamos. A lo mejor no es tan grave. Mi madre se habrá asustado”. Pero ni él mismo se lo creía.
Al acercarse al pueblo, Antonio llamó a su madre. Ella los esperaba en el hospital. Al ver alAl entrar en la habitación del hospital, Antonio vio a Lucía abrir lentamente los ojos y, entre débiles sonrisas, supo que lo peor había pasado y que la vida, al fin, les devolvía la esperanza.





