El marido de Lola siempre fue sereno, callado, tranquilo y educado. Ramón era exactamente igual veintitrés años atrás cuando le pidió matrimonio.
Como siempre en aquel verano, paseaban cerca del río, alejados del pueblo. De pronto, él se detuvo, le tomó las manos y murmuró con suavidad:
—Lolita, quiero unir mi vida a la tuya. Estamos destinados a estar juntos.
Ramón la miró con la misma calma de siempre, seguro de que no lo rechazaría. Ella sintió el corazón acelerarse, las mejillas encenderse de felicidad:
—Sí, Ramón, sí. Me casaré contigo.
Ambos sonreían, llenos de alegría.
—Construiré una casa nueva para nosotros. Mi padre me ayudará. Ya tengo el terreno elegido, ven, te lo muestro. Caminaron de la mano y se detuvieron bajo un cerezo añoso.
—Aquí. Aunque habrá que cortar este cerezo; está viejo, podría caer sobre la casa algún día. Si acaso, plantaremos uno nuevo.
—Qué bonito, Ramón. Desde las ventanas se podrá ver el río.
Tras la boda, vivieron con los padres de Ramón, pero pronto la casa estuvo terminada. Con el tiempo, él construyó otra mitad con entrada independiente.
—Será para nuestros hijos. Por si alguno decide quedarse en el pueblo. Es mejor que tengan su propio acceso.
—Qué visionario eres —celebraba Lola, siempre de acuerdo con su marido.
No tuvieron muchos hijos, solo una hija, Lucía. La criaron con amor, hasta que un día, ya en la universidad, la joven les dio una noticia inesperada:
—Mamá, papá, no contéis conmigo para vivir aquí. Quiero quedarme en la ciudad, y además… tengo a Pablo.
Así quedó vacía aquella mitad de la casa. Lola la limpiaba, abría las ventanas, pero Ramón nunca entraba. En su parte, tenían espacio de sobra, todo en orden. Vivían solos, su hija seguía estudiando. En veintitrés años de matrimonio, Ramón nunca alzó la voz ni la trató mal. Todo el pueblo los respetaba.
Hasta que, dos días atrás, aquel hombre tranquilo y educado llegó del trabajo y le dijo sin alterarse:
—Lola, me cuesta decírtelo, pero nuestra vida en común ha llegado a su fin. La vida es así; después de veinte años, el amor a veces se va. He conocido a otra mujer, pero te agradezco todo este tiempo. A Lucía no la abandonaré, ayudaré a que termine la universidad. La casa es vuestra.
Ramón siguió hablando, pero Lola se dejó caer en el sofá, apenas escuchando. Notaba el pulso en las sienes. Luego oyó:
—Lo siento.
Y salió con una maleta que ya tenía preparada, cerrando suavemente la puerta.
Lola lloró.
—¿Por qué a mí? Sabía que esto le pasaba a otros, pero nunca pensé que llegaría a nosotros. ¿En qué fallé? Quiero cerrar los ojos y creer que es un sueño, que al despertar todo estará bien. Pero no, mi marido se ha ido.
La primera semana, aún esperaba que volviera. Pero no sucedió. No supo adónde fue, ni preguntó. Con el tiempo, se serenó, aunque a veces pensaba:
—Así es el destino. Primero me dio un marido, luego me lo quitó. Ahora debo acostumbrarme a estar sola. Nuestra vida quedó atrás. Quizá él ya me olvidó, pero yo no puedo, aunque lo he dejado ir.
Dejó de llorar, pero a veces recordaba a Ramón, con quien se divorció enseguida. Mirando por la ventana, reflexionaba:
—En algún lugar, Ramón habrá encontrado otro amor. Para mí fue como un rayo en cielo despejado. Nunca fue alegre ni mujeriego; jamás lo habría esperado de él. Pero así pasó…
Pasaron seis años. El rencor se había disipado, aunque no creía que el tiempo curara todo, el dolor se atenuó. Ya tenía cincuenta, pero se mantenía hermosa, como en su juventud. Lucía se casó con un chico de la ciudad y vivían en la provincia; Lola tenía un nieto, aunque lo veía poco.
Un día, al volver del trabajo, tomaba té en el porche. Hacía calor para estar dentro. Su vecina Nuria, enfermera, entró al patio con energía, decidida a animarla.
—Hola, ¿por qué tan pensativa?
—No sé, me ha dado la melancolía —respondió Lola.
—Pues vengo con noticias —dijo Nuria, con complicidad.
—¿Y bien?
La vecina sonrió, alargando el suspense, antes de soltar:
—Miro tu jardín, esas rosas magníficas… Todo huele tan bien, y casi nadie lo disfruta.
—Nuria, ve al grano —rió Lola—. No habrás venido solo por las flores.
—Cierto. ¿Sabes que el doctor Esteban se jubiló? Nos enviaron a otro, también Esteban, pero se llama Óscar. Le prometieron alojamiento, pero tardará un mes o más. Le he propuesto que se quede en tu casa.
—¿Qué? ¿Por qué en la mía?
—Porque tienes cuatro habitaciones y una entrada aparte. Si Lucía no quiso vivir contigo, al menos que alguien lo haga.
—No quiero inquilinos.
—Demasiado tarde —sonrió Nuria—. Llega en una hora. Vamos a preparar la habitación.
Lola, resignada, la siguió. Efectivamente, al poco rato apareció un hombre alto y apuesto en el patio.
—Buenas tardes, soy Óscar Esteban, pero llámame Óscar —dijo, estrechando su mano con calidez.
—Lola —respondió ella.
El nuevo inquilino le cayó bien. Óscar era cinco años menor, y por un instante, una idea loca cruzó su mente:
«Si fuera más joven… Pero ya tengo cincuenta».
Pronto compartían tardes en el porche, tomando café. Nuria pasaba, pero no se quedaba mucho, tenía su familia. Lola notaba la mirada admirativa de Óscar.
«No puede ser —pensaba—. Es atractivo, esto solo es producto de mi soledad». Pero había conexión; coincidían en gustos e ideas.
Óscar estacionaba su coche en el patio, con permiso de Lola. Un domingo, propuso:
—¿Qué tal si vamos al cine y a cenar? Al fin y al cabo, somos jóvenes y solteros —sonrió—. Es día libre.
—Vamos —aceptó ella, sabiendo que él también estaba divorciado.
El domingo fue maravilloso. Repitieron los siguientes fines de semana, estableciendo una rutina. Hasta los vecinos comentaban:
—Lola tuvo suerte con ese inquilino, aunque es mayor. Él, siendo médico, podría encontrar a una joven. ¿Para qué querría a Lola, pasados los cincuenta?
Pero hablaban de vida, de familia. Un día, ella preguntó:
—Óscar, dime, ¿por qué un hombre como tú no está casado?
—Me casé tarde, los médicos estudiamos mucho. Luego fui al norte, quise probarme en condiciones duras. Allí me casé con una enfermera, pero duró cuatro años. Bebía demasiado, decía que el alcohol la calentaba. Yo sabía que era una enfermedad, así que me divorcié y me fui.
—¿Y por qué viniste a este pueblo?
—Quería nuevos retos. O quizá sabía que estabas aquí, sola —bromeó.
Callaron un momento, sonriendo.
—Lolita, cásate conmigo. Somos mitades de un mismo todo.
—Yo también lo siento, pero… soy mayor que tú.
—Solo cuatro años y medio. No es nada. A tu lado, me siento más viejo, y tú estás radiante.
—¿Aceptas?
—Sí, acepto —respondió Lola, y en ese momento supo que la vida, aun después del dolor, siempre guarda una segunda oportunidad para ser feliz.





