—No le caigo bien a tu madre. ¿Por qué? No le he hecho nada malo —preguntó Lucía.
—Javier, ¿adónde vas con tanta prisa? Termina de comer tranquilo —dijo con severidad Verónica Martínez.
—Mamá, llego tarde. —Javier mordió medio bocadillo de un bocado, se bebió el café y salió corriendo de la cocina.
—Así te vas a gastar el estómago… —refunfuñó Verónica, cojeando tras él con sus piernas cortas—. ¿Tan rápido quieres verte con tu Lucía? ¿Qué le ves, dime? Sofía es una chica guapísima, con clase, y está loca por ti. Os harí una pareja estupenda.
Javier, mascando el bocadillo, se agachó para atarse los cordones de las zapatillas en silencio.
—Como un niño —la madre movió la cabeza—. Cinco minutos podría esperarte tu Lucía, no se iba a morir.
—Mamá, basta —Javier se enderezó, ajustó la camiseta—. Es mi vida. Yo decido quién me conviene.
—Ya decidirás. Luego te arrepentirás cuando sea tarde. Una chica así no se queda sola… —Las últimas palabras las dijo ya con la puerta cerrada.
Verónica apretó los labios y volvió cojeando a la cocina. Terminó la mitad del bocadillo que Javier había dejado, mirando fijamente la pared. Luego, con rabia, se puso a limpiar la cocina de gas. Cuando estaba enfadada o preocupada, siempre acababa fregando o frotando algo.
Al oír el timbre, pensó que era Javier, que se había olvidado de algo. Pero al abrir, se encontró con Lucía en el rellano. La joven, delgada y de grandes ojos grises, sonreía con esa mirada infantil de quien espera algo bueno.
—Verónica Martínez, buenos días. ¿Está Javier…?
—Salió hace cinco minutos. ¿No os habéis cruzado? —preguntó Verónica con una sonrisa forzada. No se sabía si estaba contenta de verla o de haberla decepcionado.
—Qué pena. ¿Podría decirle que he pasado? Mi madre y yo nos vamos a casa de la abuela. La han ingresado en el hospital.
—Se lo diré. ¿Por qué no lo llamas tú?
—Lo intenté. Tiene el teléfono apagado.
Verónica siempre le pedía que silenciara el móvil en casa. Decía que los pitidos le daban migraña.
Cuando Javier volvió cabizbajo veinte minutos después, Verónica le preguntó con sorna:
—¿Qué haces aquí tan pronto, hijo?
—No ha venido. Y no está en casa. Mamá, ¿ha pasado Lucía?
—¿Tendría que haber venido? —preguntó Verónica con fingida inocencia—. Bah, no pasa nada. Tu Lucía no se va a perder. Ya aparecerá.
Más tarde, Javier se fue al entrenamiento, y Verónica, tras dejar reluciente la cocina, salió al supermercado. Allí se topó con Sofía, una excompañera del colegio.
Verónica creía que la belleza era importante para una mujer, y Sofía era guapísima, no como esa flacucha de ojos saltones, Lucía. Pero lo mejor era que su padre trabajaba en el ayuntamiento. Eso sí que valía su peso en oro. Con un suegro así, Javier tendría posición, un buen trabajo, un piso… No podía ser deportista toda la vida. Verónica no era interesada, pero no iba a dejar que su único hijo malgastara su futuro. Había que buscarse la vida con inteligencia.
—Hola, Sofíta —saludó Verónica con voz melosa—. Hacía mucho que no te veía por casa.
—Hola. Me encantaría, pero Javier tiene novia. Ni me mira. —Sofía, entrando al juego, hizo un puchero.
—Anda ya. Si tú insistes un poco, lo invitas al cine, a pasear…
—Lo he intentado, pero siempre está ocupado.
—Ya sé de qué —Verónica apartó la mano con fastidio—. Por cierto, Lucía se ha ido hoy. Dijo que volvería en una semana. Así que no te duermas. Pasa esta tarde a tomar algo.
Sofía apareció esa misma noche. Verónica se fue a la cocina a «poner el agua», guiñándole el ojo hacia la habitación de Javier. Sofía llamó y entró. Él estaba tumbado en el sofá, mirando al techo.
—Hola. Hoy me encontré a tu madre en el supermercado. Me invitó. ¿Tan triste estás? ¿Vamos al cine? Hace buena tarde.
—Sofía, vengo del entrenamiento, estoy reventado. Otro día, ¿vale? —Javier se sentó a regañadientes.
—Vale, te lo tomo por palabra. Iremos otro día —aceptó Sofía con naturalidad.
Se sentó en el sofá y empezó a preguntarle por los entrenamientos, las competiciones, lo que más le importaba a Javier después de Lucía. Luego tomaron café en la cocina, y Verónica sugirió que Javier acompañara a Sofía, porque una chica tan guapa no podía ir sola por la calle de noche…
***
Lucía adoraba a su abuela. Por ella estudiaba medicina. La abuela siempre estaba enferma, pero odiaba a los médicos.
—Cuando sea mayor, yo te cuidaré —le decía de pequeña. Y ya estaba en cuarto de carrera.
El médico dijo que no era nada grave, solo tensión alta, una semana bajo observación y la darían de alta. Lucía, contenta, se preparó para volver a casa.
—¿Adónde vas? Son vacaciones. Tu Javier no se va a escapar —refunfuñó su madre.
—Mamá, la abuela está mejor. Quédate con ella, y cuando Javier se vaya a las competiciones, volveré para relevarte.
—Vale, vete —suspiró su madre, moviendo la cabeza.
«Javier es un buen chico, pero no está bien obsesionarse así». La madre recordó lo enamorada que estuvo del padre de Lucía. Parecía que su amor duraría para siempre, pero cuando Lucía cumplió ocho años, él se fue con otra. «Ojalá a mi hija le vaya mejor. Dios quiera».
Lucía, sin pasar por casa, fue directa a ver a Javier.
Verónica abrió la puerta. Lucía se encontró con su mirada fría, como_Javier la miró con ternura y supo que, a pesar de todos los años perdidos, al final habían encontrado el camino de vuelta el uno al otro._





