¿Otra vez has comprado esa porquería? Genaro dejó la bolsa sobre la mesa, haciendo sonar algo en su interior. ¿No te dije que ningún Velour? Es caro y no sirve para nada.
Inés Segura estaba de pie, junto a la ventana, mirando al patio interior. Una niña del bloque no tendría más de siete años espantaba a las palomas, que alzaban el vuelo en tropel, dispersándose en todas direcciones para volver luego, resignadas y tranquilas, a los mismos sitios del asfalto: como si nada hubiera ocurrido. Inés las observaba y pensaba que no recordaba la última vez que se compró algo solo porque le apetecía. Solo porque sí.
Es una crema de manos, Genaro. Diez euros.
Diez euros son diez euros. ¿No sabes contar?
No contestó. Se giró, recogió la bolsa y sacó el pequeño bote de tapa dorada, dejándolo en el alféizar junto a la maceta de geranios. Hacía tiempo que los geranios no florecían. Inés llevaba meses queriendo ocuparse, pero nunca encontraba el momento.
Inés. Te estoy hablando.
Te escucho, Genaro.
Se fue a la cocina, abrió el frigorífico y empezó a pensar en la cena. Detrás de ella se oían sus pasos pesados, luego un portazo al cerrar la puerta del despacho. Inés suspiró.
Tenía cincuenta y ocho años, vivía en Valladolid en un piso de tres habitaciones en la calle San Pablo, casada con Genaro Pérez de la Fuente desde hacía veintinueve años. Tenían un hijo ya mayor, Alberto, que vivía en Barcelona y llamaba los domingos, aunque a veces se le olvidaba. Había una casa en Peñafiel, a cuarenta kilómetros, y un coche que siempre conducía Genaro. Inés llevaba dieciocho años trabajando de bibliotecaria en la Biblioteca Central.
Una vida, al fin y al cabo. Nadie podía decir que no.
Sacó un filete de pollo, lo dejó en la tabla de cortar, cogió el cuchillo. Afuera la niña se había ido y las palomas también. El patio, vacío y gris, con hierba reseca asomando entre las grietas del suelo.
Inés se dio cuenta de que estaba de pie, cuchillo en mano, sin moverse. Solo de pie.
Dejó el cuchillo, se acercó otra vez a la ventana, abrió el bote de crema. El aroma era discreto, ligeramente floral. Tomó un poco y se la extendió en el dorso de la mano. La piel la absorbió en seguida y quedó esa sensación, como el roce ligero de otra mano que se posa sobre la tuya.
Cerró el bote y volvió a cortar el pollo.
Aquella noche fue de lo más normal. Genaro cenó en silencio, vio el telediario y se acostó. Inés se quedó mucho rato sentada en la cocina, con una taza de té frío y una revista vieja de jardinería. No leía, solo pasaba las páginas. Solo estar.
A la mañana siguiente llegó a la biblioteca y encontró a Lidia Castro llorando entre los estantes de revistas.
¿Lidia, qué te pasa?
Lidia Morales le sacaba tres años, llevaba más de veinte trabajando allí y conocía las estanterías de memoria. Inés no la había visto llorar nunca.
No es nada, no es nada Lidia se secó las lágrimas con un pañuelo. Perdona. Es personal.
Cuéntamelo, si quieres.
No hay nada que contar se sonó la nariz, guardó el pañuelo. Mi hija me llamó ayer. Me soltó: Mamá, te has quedado anticuada. Así, tal cual. Anticuada.
¿En qué sentido?
En todos. Le di un consejo sobre cómo hablar con su marido, de los de antes, y me saltó: Mamá, tus ideas ya no sirven. No sabes cómo vive la gente ahora. Lidia ordenó una pila de revistas. Y a lo mejor lleva razón.
No la lleva dijo Inés.
¿Y tú cómo lo sabes?
No contestó. Estuvieron un rato juntas, en ese silencio que olía a papel viejo y madera, y se separaron, cada una a sus tareas.
A la hora del almuerzo Inés salió a la calle. Era un abril fresco pero soleado; llegó hasta el parque, se sentó en un banco y cerró los ojos. Tras los párpados veía la luz naranja del sol. Pensó en Lidia, en su hija, en la palabra anticuada.
Luego pensó en sí misma.
Inés Segura Pérez, de soltera Sánchez, nacida en Salamanca en 1966. Licenciada en Filología Hispánica. Se casó tarde para los estándares de su época, a los veintinueve. Genaro era ingeniero, un hombre serio, parecía confiable. Al año nació Alberto. Inés cogió la baja, luego trabajó media jornada, luego cuidó de su madre cuando la trajeron a casa, luego volvió a trabajar. La vida se fue desplegando: discreta, sin alardes.
En ese despliegue se perdió algo, algo que Inés no podía ya nombrar. Solo sentía su ausencia.
Abrió los ojos. Allí delante, un ciruelo florecía, lleno de flores blancas diminutas, tan delicadas que costaba creerlas reales. Pensó que hacía treinta años que no pintaba. En la universidad dibujaba con pasteles. Luego no hubo tiempo, luego le dio vergüenza, luego se le olvidó.
Sacó el móvil y llamó a su hijo. Alberto contestó al tercer tono, la voz le sonaba ocupada.
Hola, mamá. ¿Todo bien?
Solo quería oírte.
Estoy por entrar a una reunión, ¿te puedo llamar luego?
Claro. Llámame cuando puedas.
No llamó. También eso era habitual.
Inés volvió al trabajo, cumplió su jornada, compró pan en la tahona y caminó a casa, pensando que hacía dieciocho años que recorría esas baldosas, día tras día, sabiendo de memoria cada grieta y cada esquina.
Genaro ya estaba en casa, sentado al ordenador. Ella se quitó el abrigo y fue directa a la cocina.
¿Vienes a cenar?
Más tarde.
Puso agua a hervir, rescató el resto de una sopa. Mientras calentaba, se quedó mirando el bote de crema en la ventana. Era bonito, pequeño. Genaro tenía razón, pensó. Diez euros. ¿Para qué?
Pero luego pensó en el olor agradable.
Y dejó el bote en su sitio.
Pasaron dos semanas sin que ocurriera nada especial. Hasta que un día apareció Estrella en la biblioteca.
Inés la reconoció al instante: unos cuarenta y cinco años, abrigo color cereza, pelo corto, la espalda recta. Se acercó al mostrador y dijo que quería hacerse socia y si había libros sobre psicología y, si podía ser, algo sobre pintura en acuarela.
¿Acuarela? preguntó Inés.
Sí. De niña pintaba; me gustaría volver a probar.
Inés le hizo el carnet, le enseñó las secciones. Estrella recorría los estantes con seguridad, hojeaba, devolvía, cogía otro libro. Inés captó sin saber por qué una especie de firmeza distinta en ella. Como quien está bien consigo misma y le basta.
Al cabo de un rato Estrella fue al mostrador con un par de libros y preguntó:
¿Lees tú algo de esto?
Señalaba la estantería de psicología.
A veces.
¿Llevas mucho trabajando aquí?
Dieciocho años.
Estrella la miró fijamente, sin juicio, como quien escucha.
Es mucho dijo.
Sí.
¿Te gusta?
Inés dudó. La pregunta era sencilla, la respuesta no.
Me gustan los libros. La gente. El sitio es familiar.
Familiar repitió Estrella, pesando la palabra. Entiendo.
Se llevó los libros y se fue.
A la semana siguiente volvió, devolvió uno y pidió más sobre acuarela. Inés le buscó un álbum con láminas y se lo ofreció. Estrella lo aceptó y, de pronto, preguntó:
¿Tú no querrías probar?
¿El qué?
Pintar. Voy a un taller de acuarela, los sábados. Es un grupo pequeño, muy sencillo. Ven.
Inés estuvo a punto de negarse, ya con la boca abierta. Pero, en vez de no, salió:
¿Dónde es?
Estrella anotó la dirección en un papel: Espacio de arte Luz Blanca, calle Labradores, sábado a las once.
Inés pasó toda la tarde mirando el papelillo, primero en el bolsillo del delantal, luego en el alféizar junto al bote de crema. Genaro no preguntó. Últimamente no preguntaba, salvo por cosas de dinero o casa.
El viernes por la noche, ya en la cena, Inés le dijo:
Mañana por la mañana voy a un taller de pintura.
Genaro levantó los ojos del plato.
¿A dónde?
A la calle Labradores. Acuarela. Me invita una compañera.
¿Una compañera? ¿Desde cuándo tienes compañeras nuevas?
Vino hace poco a la biblioteca.
Genaro calló, masticó, apartó el tenedor.
¿Y cuánto cuesta?
No lo sé todavía.
Ya veo. Haz lo que quieras.
Ella registró, mentalmente, el haz lo que quieras. Veintinueve años oyendo variaciones de lo mismo: otra vez, para qué, cuánto cuesta, no tienes otra cosa que hacer.
Bueno dijo Inés. Iré.
Se levantó a las ocho, se aseó, se puso un jersey gris y pantalones azul marino. Se vio en el espejo y pensó que hacía mucho que no se miraba de verdad. Solía esquivar su reflejo. Ahora se detuvo: rostro maduro, pero no mal; ojos grises, vivos; pelo con canas, aún fuerte. Se lo peinó con esmero, se puso un poco de crema en las manos y en el cuello.
Salió a las nueve para no llegar tarde.
El espacio de arte estaba en el segundo piso de una antigua casa burguesa restaurada: paredes blancas, suelos de madera, ventanas amplias. Inés subió la escalera y abrió la puerta.
Estrella ya estaba dentro. Junto con otras cuatro mujeres, diversas en edad, y un hombre cincuentón de camisa de cuadros. Sentados a una mesa larga, delante de cada uno, vasos de agua y hojas de papel.
¡Inés! la saludó Estrella con la mano. Te has animado.
Se sentó a su lado. La profesora, Zoraida, una joven sonriente, explicó que ese día pintarían una rama de lilas. Inés cogió el pincel y le tembló un poco la mano: no de nervios, sino de falta de costumbre.
No penséis si queda bonito dijo Zoraida. Pensad en el agua y el color. Eso es todo.
Inés dio el primer trazo. El violeta se fundió en el papel húmedo, se mezcló con azul. Dio otro, y otro. Miraba cómo la pintura iba por donde quería, no siempre donde ella pensaba, y aquello tenía algo de raro y fascinante. Estrella fruncía el ceño, concentrada. El hombre de la camisa se peleaba con un pincel diminuto, insatisfecho.
Al cabo de una hora, Inés miró su papel. No era una rama de lilas. Era una mancha violeta y azul, pero tenía vida. Algo hecho por ella.
Es precioso dijo Galiana, la señora mayor del grupo.
No lo creo respondió Inés.
Pero yo sí. Tiene alma.
Inés volvió a mirarlo. Quizá. A lo mejor sí.
Después del taller, Estrella propuso tomar un café en la esquina. Inés estuvo de acuerdo. Sentadas junto al ventanal, Estrella preguntó:
¿Te ha gustado?
Mucho. No me lo esperaba.
Me lo imaginaba sonrió Estrella. Tienes una mirada rara a veces. Como que ves algo y temes mirarlo de frente.
¿Tú llevas mucho en Valladolid?
Tres años. Me vine de Salamanca después del divorcio.
Vaya.
Nada grave dijo Estrella con naturalidad. Al principio costó. Luego todo empezó a tener sentido. Incluso a ser interesante.
¿Interesante?
Vivir sola. Descubrí cosas de mí que ignoraba sonrió, cálida. ¿Y tú? ¿Mucho casada?
Veintinueve años.
¿Bien?
Inés revolvió el café.
Depende dijo.
Estrella asintió y no preguntó más, lo cual Inés agradeció.
Volvió a casa a la una y media. Genaro veía el fútbol y ni la miró. Inés calentó sopa y comió sola. Sacó el dibujo de la lila, el que Zoraida le había dicho que llevara, y lo puso en la pared, junto al geranio.
El geranio parecía un poco más vivo. Inés miró de cerca: asomaba un capullo rojo que antes no había.
El sábado siguiente repitió, y el otro, y otro más. Estrella venía siempre. Poco a poco acabaron hablando más después de pintar, a veces media hora, a veces una. Inés contaba cosas de la biblioteca, de los lectores, de los libros que amaba. Estrella hablaba de su trabajo de contable en una pequeña constructora, de su ciudad, su hija, que vivía con el padre aprendiendo inglés.
Un día Inés le preguntó:
¿No te sientes sola aquí?
A veces. Pero es una soledad distinta.
¿Distinta cómo?
Estrella lo pensó, manos cruzadas sobre la mesa.
Antes, estando con alguien, seguía sola. Esa es la peor soledad. Ahora, sola, ya no lo estoy. ¿Ves la diferencia?
Inés la veía. No lo dijo en voz alta, pero dentro algo se movió. Como hielo que cede despacio, pero cede.
En mayo la biblioteca anunció un concurso cultural municipal: preparad un acto para el barrio, propuso la directora, Mercedes Calderón.
¿Propuestas?
Silencio general. Inés también callaba, pero una idea empezaba a tomar forma.
¿Y si hacemos una velada sobre mujeres? propuso por fin.
Todas la miraron.
¿En qué sentido? preguntó la directora.
Que vengan mujeres de distintas edades, que cuenten sus historias: no de novela, sino de verdad. Sin solemnidad, solo hablar. Y que muestren lo que hacen con las manos: pintan, tejen, modelan.
Hubo un silencio.
Original dijo la directora.
Es fresco.
¿Quién organiza?
Yo se sorprendió Inés acerca de sí misma.
Mercedes la tanteó con la mirada.
Adelante, Inés. Prueba.
Inés salió de la reunión y casi al momento llamó a Estrella. Ella se rió.
¡Vaya, sí que te has lanzado!
Me salió solo.
Eso es lo bueno. Cuento contigo. Preguntamos a Galiana, la del grupo, que hace cerámica.
Galiana tenía sesenta y dos, jubilada tres años atrás, y modelaba pájaros de barro. Acordó participar si no tenía que hablar mucho.
Inés preparó la velada por las noches, cuando Genaro se encerraba en su despacho. Trabajaba en la mesa de la cocina con un cuaderno, tachando y escribiendo, con la extraña sensación de estar creando algo de verdad, no solo manteniendo una rutina, no solo atendiendo.
Cierta tarde Genaro la sorprendió con el cuaderno.
¿Qué haces?
Trabajo. Preparo un acto de la biblio.
¿Otra vez con eso?
Sí, con eso.
Genaro bebió agua.
Llevas una racha de no parar.
¿Eso es malo?
Él se encogió de hombros.
La cena estaba fría.
La calentaré la próxima vez.
Se marchó. Inés lo siguió con la vista: se dio cuenta de que Genaro solo mencionaba lo rutinario, la comida. No que ella estuviera más viva. No la novedad: solo la cena fría.
Y volvió a su cuaderno.
El evento fue la tercera semana de junio. Cuatro mujeres: Estrella y Galiana incluidas. Una quinta, Natalia Iglesias, maestra jubilada que escribía poesía pero nunca se la leyó a nadie. Sexta, Zoraida, la más joven y profesora del taller.
Inés diseñó un cartel y lo colgó por el barrio, envió una nota al periódico local. Temía que no viniese nadie, pero el salón se llenó: más de treinta personas, casi todas mujeres, desde veinticinco hasta una anciana traída por su hija.
Inés presentó brevemente, nos reunimos aquí para escucharnos, eso es lo principal, y cedió la palabra a Galiana.
Galiana contó cómo al jubilarse no supo qué hacer con su vida, los primeros seis meses sintiéndose prescindible. Un día probó la arcilla en un taller y me di cuenta de que aún tengo manos, dijo, y la sala rio, comprensiva.
Estrella narró su traslado, comenzar de cero a los cuarenta y seis años: al principio con miedo, luego no tanto. No temía lo nuevo, sino lo conocido, confesó. Inés se grabó esa frase mentalmente.
Natalia leyó dos poemas, al principio con voz temblorosa, luego firme. Cuando acabó, una mujer del público aplaudió y el resto la siguió.
Recogiendo después, Lidia la felicitó:
Te ha quedado muy bien, Inés. De verdad.
Inesperadamente bien.
No inesperadamente: sabes tratar con la gente. Siempre lo supiste, solo que ahora te dejas.
Inés la miró.
¿Tú crees?
Lo sé. Dieciocho años juntas aquí.
Inés colgó una bufanda olvidada en el perchero. Pensó que Lidia tenía razón, y sintió una mezcla de alegría y dolor. ¿Por qué el primer reconocimiento tras dieciocho años?
Genaro dormía cuando volvió. Se desvistió en silencio, fue a la cocina y bebió agua. En el alféizar, la crema y la lila pintada. Los geranios, ahora llenos de flores.
Inés se extendió la crema lentamente, contemplando el geranio y recordando la frase de Estrella: No temía lo nuevo, sino lo habitual.
Por la mañana, Genaro preguntó:
¿Cómo fue la velada?
Bien, vino bastante gente.
¿Por lo menos comiste allí?
Tomamos té.
El té no alimenta dijo, sin apartar la vista del móvil.
Inés se sirvió café y salió al balcón. Era temprano, el patio tranquilo y olía a tilos. Pensó que aquello preocuparse si había comido era una forma de cuidado, tal vez. Durante veintinueve años pensó que ese gesto era el contenido mismo, sin percatarse de que hacía mucho que no era así.
No sabía nada. Solo estaba empezando a mirar de verdad.
En julio Alberto llamó, insólitamente, un miércoles.
Hola, mamá. ¿Qué tal?
Bien, Alberto. ¿Ha pasado algo?
No, solo eso. Estrella me buscó por redes. Me contó que preparaste una velada muy especial, que gustó mucho. No tenía ni idea.
Nunca preguntaste.
Silencio.
Mamá, perdona. No pregunté. Cuéntame.
Y ella le contó: el taller, Galiana y sus pájaros, Natalia con sus poemas, la sala repleta Alberto escuchaba, sin interrumpir.
Mamá, eres increíble. De verdad.
Gracias.
¿Llevabas mucho tiempo así?
No. Es la primera vez.
Tendrías que haberlo hecho antes.
Tendríamos admitió.
Un silencio, luego Alberto:
¿Y tú con papá estás bien?
Inés se asomó a la ventana. El patio, inundado de luz de julio, con dos niños chutando un balón.
Es lo de siempre dijo.
¿Eso es bueno o malo?
Aún no lo sé.
No insistió. Dijo que venía en agosto, y quedaron. Inés guardó el móvil y se quedó largo rato junto a la ventana.
En agosto, Alberto pasó cuatro días con ellos. Era, físicamente, el vivo retrato de su padre, pero con un matiz de su madre en la forma de escuchar. Trajo queso y nueces, y se sentó a la mesa a escuchar de verdad.
Una mañana, con Genaro en Peñafiel, Alberto le dijo:
Mamá, has cambiado.
¿En qué sentido?
No sé cómo decirlo. Como si ocuparas más espacio. Se rió. Suena raro.
No, se entiende.
¿Estás contenta?
Inés abrazó la taza de café.
Sí. Pero da un poco de miedo.
¿Por qué?
Cuando empiezas a verte a ti misma con claridad, ves también lo demás. Y eso a veces incomoda.
Alberto asintió.
¿Papá se da cuenta?
Papá ve si la cena está fría dijo Inés, y enseguida sintió que se había pasado. Perdón, no es justo.
Sí es justo él la observó. ¿Se lo has dicho?
¿Decirle qué?
Lo que necesitas.
Inés miró afuera. Agosto empezaba a gastarse, la hierba ya amarilla en los bordes.
No se me da muy bien murmuró.
Inténtalo.
Alberto se fue. Inés recogió su cama y pensó en ese inténtalo. Veintinueve años sin intentarlo, o al menos no del todo. Habían hablado, claro. Pero nunca de lo importante. Eso se quedaba en silencio: era más cómodo, más seguro. Genaro tenía una mirada que no invitaba a empezar.
En septiembre, la directora la llamó para decirle que desde el Ayuntamiento querían repetir la velada, ahora a mayor escala. Y querían que Inés siguiera al frente.
Habrá más trabajo, Inés. También más sueldo.
Perfecto.
Mercedes sonrió un poco.
Has cambiado este verano. ¿No te molesta que lo diga?
No me molesta.
Has cambiado a mejor. Más vital.
Inés volvió a su sitio, saludó a un lector buscando novelas, prestó los libros, lo apuntó en el registro. Quedó observando la sala: los estantes en fila, las mesas con sus lámparas, la luz tamizada por la ventana de septiembre.
Dieciocho años. Solo ahora lo sentía, como si de pronto, ese lugar fuese realmente suyo.
En casa, algo empezó a cambiar, sutilmente. Genaro se dio cuenta de que llegaba tarde más a menudo, que cada sábado se iba temprano, que salía con gente que él no conocía.
¿Quién es esa Estrella?
Una amiga.
¿Desde cuándo tienes amigas?
Nos conocimos en febrero, en la biblioteca.
¿Y quedáis todas las semanas?
Casi siempre.
Genaro la miraba diferente. No con enfado ni desprecio, sino una especie de confusión que Inés jamás había percibido.
No te lo prohíbo dijo. Es que no estoy acostumbrado.
¿A qué?
A que hagas tantas cosas.
Inés se sentó frente a él. Por primera vez en mucho tiempo lo miró directamente, sin blindajes. Como a alguien casi desconocido tras treinta años juntos.
Genaro, ¿te alegras de que haga algo más que la casa y el trabajo?
Él calló.
No sé. Supongo.
¿Solo supones?
Es lo que te digo: no estoy acostumbrado se fue a la ventana. Antes estabas siempre aquí. Ahora
No me he ido. Sigo aquí.
Aquí, pero diferente.
Inés contempló su espalda: ancha pero ya algo encorvada. Sesenta y un años. Él también ha envejecido sin que ella lo notara.
Genaro, ¿cuándo fue la última vez que hablamos? No de la cena ni del coche. De verdad.
Se volvió.
Pues hablamos, ¿no?
¿De qué?
No contestó. Miró de soslayo fuera.
Justo dijo ella.
Noviembre trajo los fríos y el evento a gran escala. Inés preparó el ciclo tres semanas, reunió a ocho mujeres participantes, organizó una exposición de arte en las paredes. Estrella ayudó a todo; ya quedaban casi a diario: cafés, biblioteca, paseos por la ribera del Pisuerga cuando el clima lo permitía.
Un día, caminando junto al río, Inés dijo:
No entiendo cómo he vivido antes.
Vivías y ya replicó Estrella.
No. Es decir, sentía que estaba muy, muy dentro de mí misma, y no salía. ¿Por qué?
Eso no es un porqué. Es lo que tocó.
Pero podría haber sido de otra manera.
Puede Estrella miraba las aguas frías de noviembre, bellas en su dureza. Solo que la alternativa llega cuando tiene que llegar, no antes.
Tengo cincuenta y ocho.
¿Y?
Es mucho.
¿De verdad lo crees?
Lo creo.
Entonces te contesto en serio: conozco mujeres que con treinta y cinco ya se han dado por finiquitadas: son ellas y punto, nada más llegará. Viven como una exposición bajo el cristal. Y tú, a los cincuenta y ocho, empiezas. Para mí, eso no es tarde. Es el mejor momento.
Inés miró la corriente: una barcaza avanzaba despacio.
¿Sabes? Pinto cada semana desde hace nueve meses.
Lo sé.
Y esta mañana redacté el texto del evento con mis propias palabras. Sin copiar formatos.
Me lo leíste.
Y está bien.
Está vivo. Vale más que estar bien.
El evento fue en noviembre, un viernes. Llegó tanta gente que algunos permanecieron de pie. Inés abrió con su discurso, voz firme, manos apenas temblorosas. Habló de cómo en cada mujer hay algo único, esperando ser visto. Que la edad no cierra puertas; a veces, las abre. No como consejo, sino como quien lo descubre en sí misma.
Acabando, se acercó la más anciana del público, doña Eudosia Menéndez, ochenta y tres años.
Hija, ¿hablabas de mí?
De todas nosotras respondió Inés.
No, de mí. Lo sentí le agarró la mano con fuerza increíble. De joven bordaba. Luego lo dejé, tonterías. Pero hoy pensé, quizá pruebe otra vez. Ochenta y tres años, ¡vaya disparate!
No tiene nada de raro.
¿De verdad?
De verdad.
Doña Eudosia se marchó lenta, firme del brazo de su hija. Pero se iba con algo.
Diciembre llegó manso. Inés dirigía ahora un pequeño club de lectura: seis o siete personas los miércoles. Leían, discutían. A veces tanto que a Inés no le daba tiempo a meter baza.
En casa había tensión, pero no bronca. Silencio raro. Genaro callaba más de la cuenta. Inés sentía que pensaba, aunque no se atrevía a preguntarle nada más allá.
A mediados de diciembre, un domingo, entró en el despacho mientras él leía.
Genaro, tengo que hablar contigo.
Dime.
No así cerró la puerta y colocó una silla junto a su sillón. De verdad.
Él cerró el libro.
¿Ha pasado algo?
No. O sí, hace mucho. Quiero decirte algo que nunca he dicho. O que nunca he sabido decir.
Genaro la miraba, receloso.
He vivido muchos años casi sin estar dijo Inés. Preparaba la cena, iba al trabajo, subía a Peñafiel pero yo, dentro, casi no estaba. En parte ha sido culpa mía. Lo permití. Pero en parte es cosa nuestra, de cómo vivimos juntos.
Genaro miraba el suelo.
¿Quieres que nos separemos?
No sé lo que quiero. Sé que necesitamos hablar de verdad. Porque yo necesito que me veas. A mí. No la sopa, ni la ropa limpia. A mí.
Silencio largo. Afuera nevaba.
No sé hacerlo, Inés dijo al fin, sinceramente. No me enseñaron.
Lo sé miró sus manos. No te culpo. Solo digo que quiero intentarlo. Y quiero saber si tú también.
Genaro no respondió en seguida. Miró la nieve tras el cristal. Luego se volvió hacia ella: una mirada extraña, vulnerable, viva.
Has cambiado mucho este año.
Sí.
A veces no te entiendo.
Ya lo sé.
Pero no quiero calló, buscando la palabra. No quiero que te vayas. Ni de casa, ni
Inés lo miraba: hombros caídos, sesenta y un años, el rostro de quien no sabe cómo será el futuro.
Entonces intentémoslo dijo. No prometo que sea fácil. Pero probemos.
Enero llegó con frío y sol nítido. Inés iba a la biblioteca, pintaba los sábados, dirigía su club. Había acumulado muchos dibujos, algunos colgados en la cocina junto al geranio. Los geranios, ahora bien trasplantados, florecían mejor.
Veía menos a Estrella, que lidiaba con líos laborales, pero hablaban mucho por teléfono.
Un día Estrella preguntó:
¿Has pensado en organizar otra actividad en primavera?
Me gustaría. Algo mayor: casi un festival, varios días.
Eso es mucho trabajo.
Sí admitió Inés. Pero me gusta.
Estrella se rio.
Quién lo iba a imaginar el año pasado.
Ya ves.
Con Genaro, las cosas seguían siendo difíciles, pero hablaban más. A veces les salía bien. Otras Genaro se cerraba y ella no forzaba; simplemente esperaba, o hacía otras cosas.
En febrero, cenando, él dijo:
Fui al médico la semana pasada. Un chequeo.
¿Te pasaba algo?
Solo prevención. Algo de tensión. Dicen que nada serio; pastillas y ya.
Bien hecho.
¿No preguntas por qué no lo conté antes?
Inés apoyó la cuchara.
¿Por qué no lo contaste?
No quería preocuparte levantó la vista. Por costumbre.
¿Tu costumbre es no preocuparme?
Sí. Total, siempre estás ocupada.
Ella lo miró, notando que esas palabras tenían un peso desconocido.
Genaro, quiero saber cuándo estás mal. Quiero saber lo del médico. Quiero saber. ¿Lo entiendes?
Sí asintió. Te lo diré.
Y yo también.
Silencio. Fuera, nieve y viento. En la cocina, tibio, olía a comida. En la ventana, la crema y un dibujo reciente: una rama de manzano, blanca y frágil.
Bonito, el dibujo dijo Genaro. ¿Es tuyo?
Sí.
La contempló de nuevo.
Tienes talento.
Estoy aprendiendo.
A finales de mes, Lidia Castro llamó tarde:
Perdona la hora, Inés. Ha venido mi hija.
¿Bien todo?
Sí, bien. Nos hemos reconciliado se oía su sonrisa. Admitió que se pasó con lo de anticuada.
¿Te alegras?
Mucho. Ah, y quería preguntarte: ¿puedo probar en tu taller de acuarela?
Claro. Sábado, a las once.
Temo que me salga fatal.
A todos nos sale fatal al principio. En eso consiste.
El sábado Lidia vino. Tomó el pincel torpemente, Zoraida le corrigió la postura. El primer trazo salió muy oscuro, el siguiente, aguado. Lidia se vino abajo:
Inés, mira esta chapuza.
La veo. Me gusta.
Eso no es una rama, es una mancha.
Es el primer intento.
¿No te da vergüenza consolarme así?
Te lo digo de verdad: la próxima vez será otra cosa.
Lidia lo miró y se echó a reír.
Vale. A por la siguiente.
Marzo trajo los primeros soplos de primavera. Inés solicitó oficialmente el festival para la biblioteca y le dieron luz verde. Alberto avisó que vendría en abril y asistiría.
Una noche, con Genaro acostado, Inés tomaba notas en su cuaderno. Afuera, la nieve se derretía, la primavera abría camino. En la ventana, el geranio, ahora verde y cargado de flores y capullos.
Inés miró el bote, ya vacío, pero seguía en su sitio. Compró otro igual, Velour, diez euros. Genaro ya no decía nada.
Abrió una página nueva y escribió: Lo que sé ahora y no sabía hace un año. Leyó el título. Lo pensó. Cerró el cuaderno. Eso ya estaba dentro.
Sonó el teléfono. Tarde para llamadas, casi las once. Vio el nombre de Estrella.
¿Todo bien? preguntó Inés.
Mejor que bien su tono era alegre, emocionado. Me han ofrecido un puesto en Salamanca. Bueno, salario y mi hija allí. Lo estoy pensando.
Inés no respondió enseguida.
¿Quieres irte?
No lo sé. Por eso te llamo. ¿Tú qué dirías?
Inés miró la calle mojada y negra de abril.
Que ya lo sabes. Solo te falta decirlo con claridad.
Breve silencio en la otra línea.
Quizá sí.
¿Y a qué temes?
Dejar esto: el grupo, vosotras, Galiana y sus pájaros, Natalia y sus poemas.
Aquí seguimos.
Salamanca está lejos, Inés.
Estrella dijo, girando el bolígrafo entre los dedos. Tú misma me lo dijiste en la ribera, en noviembre.
¿Qué te dije?
La alternativa empieza cuando ha de empezar.
Estrella rió, cálida.
Qué sabia era yo.
Aún lo eres.
Inés, ¿puedo preguntarte algo? Sinceramente.
Claro.
¿Eres feliz?
Inés miró el geranio, la crema, los dibujos en la pared, el cuaderno sin escribir.
He llegado a ser yo respondió. Creo que eso pesa más.
¿Eso es la respuesta?
Creo que sí.
Cierta pausa.
Me alegro por ti.
Y yo por ti.
Inés
¿Sí?
¿Qué harás si me voy?
Inés miró la página en blanco.
Seguir dijo.



