De que a Álvaro le daba por volver al pueblo, lo sabía hasta la última gallina de Villacarmen. Las chicas se revoloteaban de emoción, hora tras hora en la peluquería de Maruja, las trenzas perfectas, los pendientes grandes, la colonia como si fuera un desafío. Menos Inés, pobrecilla, que siempre fue la huérfana. ¿Para qué iba a andar complicándose la vida con esas artimañas? Ella, con su coleta apañada y la falda de siempre. Así, tal cual, fue como Álvaro se quedó prendado de ella en cuanto la vio.
¡Y qué tirria le cogieron las otras! Que si Inés se había encontrado al chaval más codiciado de toda la provincia… Porque bastó que Álvaro, tan alto, tan apuesto, metro ochenta y sonrisita, pusiera un pie en la plaza y ya todas suspirando. Madrileño, además; licenciado en algún sitio tan lejano que ni ellas sabían pronunciarlo. Los padres, claro, una fortuna; la abuela, ni te cuento.
El abuelo Ramón, que había sido alcalde, presumía por lo bajinis: A todos los nietos los tengo colocados, ahora solo me falta que me lleguen los biznietos, y poder presumir de descendencia.
Ya lo he dicho, a lo de la llegada de Álvaro no le faltó publicidad. Las mozas a lo suyo, y Inés, a lo que la vida le permitía, sin florituras. Por supuesto, fue ella quien se llevó el premio gordo.
Cuánto no intentaron las demás quitarle ojo, nada, ni caso. En cuanto terminó el verano y tocó volver, Álvaro se la llevó consigo a Madrid. El abuelo Ramón la despidió con consejos de esos que se sueltan en los portales: Inés, hija, bastante dura la vida has tenido ya, que no te falte cariño por allí. Álvaro le prometió que sí, que sería bueno.
La vida en la capital era otro gallo. Inés pensaba que Álvaro seguiría siendo atento y enamorado, pero el viento giró. Mientras había boda a la vista, todo eran dulzuras y planes conjuntos. Pasada la luna de miel, el guion cambió. Álvaro empezó casi a avergonzarse de su iluminación rural. La suegra, doña Carmen, hablaba con una condescendencia que rascaba el alma, marcándose sentencias como si estuvieran en una telenovela de sobremesa.
Nada, que si el cocido mal hecho, las camisas de Álvaro ni blancas ni planchadas, y el suelo, mira niña, ni las baldosas parecen limpias de verdad. La pobre Inés tragaba porque, viviendo todos juntos, ¿a dónde iba a escabullirse? Trabajo, ni olerlo. Álvaro tenía clarísimo que con el FP de Inés mucho no iba a aportar: ¿Cuánto te van a pagar? Mejor quédate en casa.
Así hizo. Cuando se quedó embarazada, él estaba tan contento que casi le daba por lanzar cohetes. Todo parecía volver a su cauce, hasta la suegra la miraba con otro color. Pero el destino tiene sus giros, y la desgracia no tardó en llegar: Inés perdió al bebé. Desde entonces, la cosa solo fue empeorando.
Ni para eso vales, ni cabeza ni salud… Bonita la cara, pero de eso no se come, rezongaba Carmen. Álvaro, por su parte, ni pestañeaba, como si hablaran de la cajera del supermercado.
El segundo embarazo ya no le hizo gracia a nadie, ni la más mínima ilusión. Álvaro empezó a resoplar cada vez que Inés entraba en una habitación; que si la figura ya no es la de antes, que si no te arreglas ni te cuidas. Doña Carmen lo echaba del salón, recordándole en voz alta que un niño debe nacer en el amor y no en la queja, pero ni por esas.
Nada, que el calor del hogar mutó a glacial. Dormían en camas separadas, él no volvía hasta las tantas. Inés lloraba noche sí, noche también, sin atreverse ni a mostrar una queja: padres no tenía, y no quería para su hija el mismo vacío. Aguantaba, con la dignidad aferrada y un coraje que ya ni ella sabía de dónde sacaba.
Ni para llevarla al hospital apareció nadie. Álvaro llevaba una semana de fiesta, así que Inés llamó al 112, parió sola y ni un mensaje. No sabía a dónde volver. Pero al salir del hospital, una sorpresa: un coche esperándola con globos y dos flores. Álvaro, otra vez, ni rastro. Allí estaban la suegra y el abuelo Ramón, vestidos de domingo, nerviosos pero ilusionados.
«Gracias, nieta, por esta joya. No hay otra biznieta igual en Castilla», exclamó abuelo Ramón. Doña Carmen, que tampoco es de muchos derroches de afecto, casi se le caía la baba con la niña, sin saber cómo disimularlo.
En casa, la mesa puesta, y el postre preferido de Inéstarta de Santiagorecién hecha por la suegra.
No pensé nunca que Álvaro fuera tan sinvergüenza soltó doña Carmen, con el mosqueo de toda madre decepcionada por su hijo. Se va de juerga y deja a la niña sola con el crío. Pero bueno, mira, nosotros no necesitamos más. Ya veremos cuánto dura sin nosotros. No voy a consentir que os haga daño. Ya lo borro del registro: aquí vamos a estar algo apretados, pero nos las apañamos. Mejor, que este es capaz de aparecer un día con otra.
¿Y cómo la llamamos? propuso abuelo Ramón . ¿Qué te parece Lucía, como tu madre?
A Inés se le escaparon las lágrimas, tiempo hacía que no lloraba con ganas. Doña Carmen la acarició:
No llores, hija, aún te va a ir bien en la vida. Eres una madre estupenda, y ya verás cómo lo ve todo el mundo, menos ese cabeza hueca.
Me vuelvo al pueblo, estaremos mejor allí.
Y tanto secundó Ramón. Nos ocuparemos de la peque juntos.
***
Dos años después, ya instalada otra vez en Villacarmen, fue Javierun muchacho del pueblo de toda la vidaquien le hizo tilín. Sí, el mismo Javier a quien Inés, en tiempos de Álvaro, ni habría saludado demasiado. Pero ahora buscaba otra cosa en un hombre: que quisiera a su hija y supiera cuidarla.
No digas que no, mujer. ¿Dónde vas a encontrar uno mejor? Buena gente, lo conoces desde siempre. Y… ¿si vuelve Álvaro?
Inés ni titubeó.
No volverá. Y aunque volviera, ya no le quiero.
Perfecto entonces sonrió el abuelo. Pues habrá que ir preparando la boda.
***
La boda fue sonada en Villacarmen. Doña Carmen, la exsuegra, fue la primera en llegar.
¿Y tú cómo cuidas a Inés, eh? le espetó a Javier nada más verlo. Mira que hoy ha venido andando cargada, la casa hecha unos zorros, y la ropa de Lucía sin planchar.
¿Y usted quién es? saltó Javier.
Soy la suegra.
Exsuegra aclaró Javier, marcando terreno.
Bueno, basta ya rió Inés. Una suegra nunca deja de serlo.
Es que me pongo nerviosa se excusó doña Carmen, no quiero que me prohibáis ver a la niña.
Podéis venir cuando queráis aseguró Javier, pero la familia la formamos nosotros, a nuestra manera.
Inés miró a Javier con una sonrisa de oreja a oreja: Este sí que me cuida, pensó, dejando que la felicidad, por fin, la envolviera de verdad.




