Contemplando cómo Rodrigo dibujaba en su cuaderno otro Hombre Araña en vez de escribir los enunciados de los problemas, mis padres entendían que un porvenir holgado y sin preocupaciones solo aguardaba, en nuestra casa, al gato.
Por aquellos tiempos, de nada sirvieron las decenas de profesores particulares que intentaron, sin éxito, despertar en Rodrigo el gusto por las ciencias exactas. Al contrario, con cada maestro nuevo, mi hermano se adentraba más en reflexiones filosóficas. Según él, el mundo era solo ruido y vanidad, y la verdadera felicidad consistía en la holgazanería, los profiteroles de chocolate, y ver dibujos animados en el móvil.
Cuando la resignación casi había arraigado en el ambiente familiar, fue mi padre quien, perdido entre foros y anuncios clasificados, dio con un mensaje peculiar: Vendo barra de pesas y transmito amor por las asignaturas escolares y el deporte a niños, familiares, amigos y vecinos. Método propio. Trabajo con matemáticas, historia, lengua y literatura, inglés, bíceps, tríceps, piernas, hombros y pecho. Federico.
La desesperación nubló el juicio de mis padres. Mi padre marcó el número y tras varios tonos se escuchó al otro lado una voz recia y jadeante.
¿Dígame? arrastraba las palabras entre risas y el golpe rítmico de algún metal.
Buenos días, llamo por el anuncio.
La barra la vendí contestó Federico e hizo amago de colgar.
No, no, en realidad busco a alguien que enseñe matemáticas, lengua, literatura a mi hijo…
Edad, peso, destrezas del alumno.
La brevedad de Federico nos infundía respeto y cierto temor. El zumbido metálico desapareció para dar paso al silbido de una cuerda de saltar, y por un momento mi padre creyó percibir olor a sudor a través del auricular.
Nueve años, veinticinco kilos, ya casi suma en vertical y…
¿Cuántas flexiones hace?
¿Perdón? mi padre se frotó el oído.
¿Flexiones y dominadas? repitió Federico.
No lo sé vaciló mi padre cinco, tal vez.
¿Sabe distinguir un prefijo de un sufijo?
Tendría que preguntarle a mi mujer…
¿Qué materiales hay en casa?
¿Materiales?
Compás, transportador, banda elástica, pesas rusas…
Solo tengo una regla de madera.
Entendido. Mándame la dirección, estaré en una hora dijo Federico, luego gritó: ¡Las piernas más abiertas y la espalda recta! y aclaró: No es para ti, estoy en clase de historia y colgó.
Tras esa conversación, mi padre se quedó un instante de pie, con las piernas abiertas y la espalda más recta que nunca, y después fue a hablar con Rodrigo.
Cuando le anunciaron que iba a tener un nuevo profesor particular, mi hermano reaccionó como siempre: subió el volumen de la televisión y pidió un té con tostada. Rodrigo era impermeable a cualquier intento de educación científica.
Al poco, sonó el timbre. Mi madre miró por la mirilla y vio un torso que le provocó cierta envidia.
Buenos días dijo una montaña de músculos llamada Federico, entrada en la casa, enfundada en una camiseta y oliendo a champú de coco. ¿Dónde está vuestro futuro campeón olímpico?
V-v-víctor titubeó mi madre, creo que ha llegado el dueño del Opel a quien le prometiste en una nota mejorarle la vista.
Perdón, fue un malentendido, yo era oculista… en otra vida respondió una voz desde el fondo del pasillo.
Ahora soy Federico, profesor particular.
¡Ah, eres tú! salió mi padre de detrás del mueble. Perdona, no te habíamos reconocido. Permíteme tu bolsa.
Federico le entregó una bolsa de deporte que, nada más soltar la asa, precipitó a mi padre al suelo. El gato, que pasaba cerca, huyó despavorido atravesando salones y puertas cerradas.
¿Qué llevas ahí, plomo? bufó mi padre, arrastrando la bolsa hacia la habitación de Rodrigo.
Material didáctico. Educación primaria y asignaturas aplicadas.
Rodrigo estaba como siempre, fusionado con el sofá y absorto en su móvil, cuando la puerta se abrió. La llegada de Federico le hizo alzar la vista.
¡Ayuda! ¡Ayuda! gritó mi padre, pero ya era tarde. Federico había entrado y, sin saludar al alumno, escudriñó las paredes.
¿Tienes taladro?
¿Para qué? preguntó mi padre.
Para entrenar lengua Federico sacó una barra de dominadas, un saco de boxeo y una cuerda de la bolsa.
Le pediré uno al vecino, tú ve conociéndote con Rodrigo dijo mi padre, sudando. Rodrigo, es tu nuevo profesor.
¿Cómo tienes tantos músculos? acertó a preguntar mi hermano en vez de saludar.
Por sumar en vertical Federico empezó a apilar discos de pesas.
Pues nada, poneos a trabajar y mi padre abandonó el cuarto de puntillas.
¿Eres más fuerte que Spider-Man?
¿Spider-Man levanta doscientos kilos en banco?
Rodrigo no entendió la pregunta, pero supo que no.
No me gustan las clases aclaró él.
Las clases son para perdedores. Nosotros haremos abdominales.
Federico se tumbó en el suelo y comenzó la rutina: abdominales, pesas, banda elástica, flexiones. Rodrigo esperaba que el extraño profesor se cansara, pero él solo aumentaba la dificultad.
¿Lo has memorizado? ¿Quieres ser fuerte o vas a quedarte enredado en telarañas como tu mutante?
Rodrigo negó con la cabeza.
¡Eso está mejor! Pues, repite cada ejercicio tres veces cuarenta y cinco menos treinta y nueve. Empezamos por abdominales.
¿Cuánto es eso?
Adivínalo tú.
No hay taladro, solo he encontrado el destornillador irrumpió mi padre, paralizado al ver a su hijo flexionando. Paso más tarde susurró y salió, cerrando la puerta cuidadosamente.
***
A la mañana siguiente, a las seis menos cuarto, sonó el timbre. Medio dormido, mi padre fue a abrir y ya preparaba una selección de improperios para el intruso, pero al ver la calva inmensa de Federico en el umbral, entendió que no tenía suficientes para cubrir esa superficie. Parecía aún más grandote y hasta las ojeras le sobresalían como bíceps.
Hoy tocan historia y geografía. Ropa: zapatillas, camiseta y pantalones cortos. Corrida de larga distancia con explicación de la evolución urbana y los monumentos históricos.
Pero está en tercero, aún no da eso bostezó mi padre.
También haremos poesía. ¿Nos acompaña?
No, gracias, yo saqué buenas notas.
¿En qué año fue la retirada del dominio musulmán de nuestra provincia?
Mmmm… tengo que levantar a Rodrigo, que siga durmiendo se excusó mi padre y fue al cuarto.
Al volver, confesó en voz baja:
No se despierta.
Vístelo, despertará de camino decidió Federico.
***
Tres veces por semana, Federico aparecía en nuestra puerta y comenzaban las sesiones. Lunes: pecho-tríceps-hombros-matemáticas-lengua. Miércoles: espalda-bíceps-literatura-inglés. Viernes: piernas-geografía-historia.
A las tres semanas, Rodrigo entró en la cocina sin camiseta y mi padre, al ver sus abdominales, se tapó la barriga cervecera con el hervidor de agua. El chaval se había fortalecido, marchaba erguido y hasta reñía a mis padres por su vida sedentaria.
Víctor, esto no me convence susurró mi madre en la cena. ¿Sabes qué ha pedido Rodrigo para su cumpleaños?
Sí: la PlayStation. Ya me lo ha pedido.
No… una espaldera y una batidora para batidos. Me temo que Federico no es ningún profesor, sino un loco del deporte que va a estropear a nuestro hijo.
Pero también le enseña matemáticas.
¿Has visto un libro en sus manos?
La tabla de calorías.
Eso digo. Ya sabes cómo son los forzudos…
¿Cómo? miró mi padre.
Poco listos y tocó la mesa de cristal. Así acabará el nuestro.
¿No es mejor un bruto sano que un empollón enclenque?
Mejor un niño normal. Quiero que se acaben estas clases.
Sonó el teléfono.
Es su profesora. ¿Qué ha hecho ahora? Sí, ahora voy.
¿Qué pasa?
Rodrigo montó una pelea. Lo ves, Víctor, esto no podía traer nada bueno.
Voy contigo.
***
En taxi fueron al colegio y llamaron de inmediato al despacho del director.
Mira tú qué tutor, que el niño de tercero ya va al despacho del director.
La oficina parecía una plaza de mercado: padres, niños, psicóloga y la tutora. El bullicio amenazaba desafinar el piano de la sala de música contigua.
Aquí no es ningún gimnasio, es un colegio le gritó una madre a mi padre.
¿Pero qué ha pasado?
Tomó la palabra la tutora:
Rodrigo obligaba a otros a jugar al pilla-pilla en el recreo sacando la cuenta con divisiones fraccionarias.
¿A qué?
A hacer dominadas por turnos y subir el nivel de dificultad explicó Rodrigo.
Silencio. Los demás niños no querían. Rodrigo los amenazaba.
Fueron ellos quienes empezaron. Se querían meter conmigo por corregirles cuando insultaban.
¿Corregirles cómo?
Enseñándoles cómo se declina “zafio” y “presumido”. Se lanzaron a por mí y tuve que defenderme. Como dice Federico, si tienes mucha energía, ¡haz más dominadas! y si te quieren pelear, enséñales a dividir fraccionesdijo Rodrigo bajando la cabeza.
Dijo que si nos acercábamos otra vez, acabaríamos sacando raíces! se quejaba otro niño.
Ese troglodita no puede estar junto a nuestros hijos chillaba una madre.
Un momento intervino por fin mi padre. ¿Entonces no hubo pelea?
La supuesta víctima negó con la cabeza.
¿Así que mi hijo se defendió con matemáticas y una barra de dominadas?
Y les hizo correr y recitar a Machado.
¿Lo ves? Decías que saldría un egoísta musculoso…
Mi madre lo miró y asintió al fin.
La directora intervino:
Quisiera pedir disculpas dijo.
¡Que sea Rodrigo quien pida perdón! protestó un padre.
No, he dicho a ustedes. Su hijo es ejemplar dijo la directora a mis padres. Pero, dado esto, debo trasladarlo de curso.
¡Por fin justicia! celebraron algunos padres.
A cuarto, claramente va adelantado sentenció la directora.
Segundos de incómodo silencio. Se oía casi cómo la envidia mordisqueaba la corteza cerebral de los presentes. Fueron saliendo de puntillas, evitando miradas.
Salimos y mi padre llamó:
Federico, cambio de planes… Pasamos a cuarto. Hay más asignaturas.
***
Una semana después, Rodrigo ya estaba en cuarto. Dos más tarde competía en un torneo de crossfit y empezaba a prepararse para su primera olimpiada literaria infantil. Un mes después, uno de los padres de sus antiguos compañeros llamó pidiendo el número de Federico.
Acabó formándose un grupo infantil de entrenamiento mixto, de donde se excluía no por deporte, sino por malas notas en el boletín.
Así, en aquellos días pasados, aprendimos que el esfuerzo, el ejercicio, y el saber caminaban juntos; y a veces, para despejar incógnitas, bastaba con buscar el sentido en cada movimiento.







