Hace ya muchos años, Eugenio recibió un aviso de la empresa para la que trabajaba entonces, una pequeña compañía dedicada a las reparaciones del hogar en Madrid. Era ya tarde y estaba a punto de regresar a su piso, pero una llamada inesperada le hizo desviarse a otro domicilio, para revisar un grifo que goteaba en la cocina.
Al llegar al portal de un edificio en el barrio de Chamberí, tocó el timbre y le abrió la puerta un niño serio, de unos diez años, acompañado por una niña más pequeña, de pelo claro y ojos curiosos.
¿No hay adultos en casa? preguntó Eugenio, sorprendido; en la empresa siempre les recordaban que no pasaran si no estaba al menos un adulto.
Mi madre llega enseguida, pase, por favor. El grifo no deja de gotear. Yo intenté arreglarlo con cinta, pero tampoco ha servido. De verdad, no piense mal, que tenemos dinero para pagarle aseguró rápidamente el chico.
Eugenio entró, creyendo en la promesa de que la madre llegaría pronto. Cambió la junta del grifo y comprobó que ya no hubiera fugas. La niña entonces le señaló otra avería:
Además, la mesa del comedor cojea y la luz del pasillo no se enciende dijo tímidamente.
Es que nuestro padre es piloto y no puede venir nunca a casa, está siempre volando lejos, muy lejos repitió la niña, recitando lo que claramente había escuchado de su madre con anterioridad.
En ese momento, entró la madre. Se llamaba Soledad, era una mujer de unos treinta y cinco años, con el rostro cansado y ojeras marcadas, pero de una belleza pausada. Parecía que lo único que deseaba en ese instante era sentarse a descansar.
Nunca te decides a llamar al fontanero le recriminó el hijo. Siempre lo vas dejando, y al final he tenido que llamar yo.
Soledad pagó el servicio en euros, y la niña insistió en que no se olvidara de la luz y de la mesa. Eugenio dejó su tarjeta y acordaron que volvería al día siguiente para esas reparaciones menores.
Bajando él las escaleras, el niño, a quien ya sabía que se llamaba Mateo, le acompañó para sacar la basura.
No tenemos ningún padre piloto, ¿sabe? Mamá lo inventó. Cree que somos pequeños y que no entendemos, pero si existiera, aunque fuese una vez habría venido. ¿No lo cree usted? Y los regalos los compra siempre ella y nos dice que son del papá piloto. A mi hermana Marisol para su cumpleaños, elegí la muñeca junto con mamá y luego dijo que era de él le confidenció el niño con tristeza.
A veces sucede que los padres no pueden volver No pierdas la esperanza le respondió Eugenio, aunque sus palabras, cargadas de compasión, no parecían convencer al muchacho.
Aquella noche, Eugenio no podía dejar de pensar en la palabra piloto. Él mismo lo había sido en otro tiempo, en otros cielos.
Había vivido en la capital, viajado por media Europa en avión, tuvo una esposa que siempre le reprochaba no querer sentar cabeza. No tuvieron hijos. Luego, sus suegros emigraron a Francia y su esposa, finalmente, se separó y se fue con ellos.
Él siguió volando, hasta que la salud se lo quitó. Con buen expediente y años acumulados, se jubiló. Fue entonces cuando regresó a la ciudad de Salamanca, donde vivía su madre. Pocos meses después, su madre falleció de manera repentina.
Quedó solo, y aunque nunca había sido hombre de excesos, se vio, de golpe, rodeado de malas compañías durante semanas, hasta que una noche soñó con su madre, que lo miraba llorando. Al despertar, echó a todos de casa, se obligó a recomponerse, arregló el pequeño piso e intentó rehacer su vida.
Fue entonces, hojeando un ejemplar de El País, cuando vio un anuncio: una empresa buscaba manitas con coche propio. Decidió probar suerte; el sueldo no era mucho, pero al menos tenía ocupación y libertad de horarios.
Así volvemos al principio de esta historia, cuando regresó a la casa de Soledad para terminar los arreglos prometidos. Ella estaba ya en casa. Eugenio reparó el interruptor, ajustó la mesa, arregló una estantería del pasillo y equilibró la puerta del armario de cocina. Luego, al curiosear en el baño, no pudo evitar exclamar:
Aquí lo que necesitan es una reforma en condiciones.
Estoy de acuerdo, si usted se atreve respondió Soledad con una media sonrisa de resignación. Guardamos algo de dinero, creo que podrá pagar su trabajo.
Mientras iban avanzando en la reforma, y entre herramienta y herramienta, fueron entablando conversación. Soledad era educadora en una guardería. Casi al final de la jornada, ella, algo tímida, le invitó a cenar. Los niños lo animaron a quedarse, rodeándole y tirando de sus manos.
La velada se alargó; cuando los niños dormían hace rato, ellos seguían hablando. Eugenio, que nunca había compartido tanto con nadie, se encontró confesando su propia historia sin reservas. Soledad, escuchando con dulzura, comprendía sin necesidad de palabras que ambos arrastraban ausencias y heridas.
Así supo Eugenio que no había ningún hombre en la vida de Soledad; sólo alguna pareja fallida y dos hijos con tres años de diferencia. El mito del padre piloto era un cuento piadoso, una mentira blanca que algún día explicaría como corresponde.
Esa noche, cuando Eugenio volvió a casa, ya era medianoche. Prometió regresar al día siguiente; aún quedaba trabajo por hacer.
Al día siguiente, Soledad abrió la puerta y se quedó de piedra al ver a Eugenio entrar vestido con su antiguo uniforme de piloto, portando un ramo de flores y una tarta.
¡Papá! ¡Nuestro papá piloto ha vuelto! gritó Marisol ilusionada, corriendo a abrazarle.
He regresado, pero al principio no os reconocí llevaba mucho tiempo lejos. ¿Verdad, Soledad? dijo Eugenio, mirando a la mujer con tal esperanza que no le dejó más opción que asentir.
Y así fue como aquella familia, en otro tiempo incompleta y marcada por las ausencias, se volvió entera y encontró la alegría que tanto ansiaba.
Otros no lo creyeron de inmediato Mateo tardó tiempo en aceptar esa historia, pero al final, Eugenio adoptó a los dos niños, y un año y medio después, Soledad y él dieron la bienvenida a otro pequeño.
Hoy, al recordar aquellos días, siento que la felicidad a veces llega con el rostro de la esperanza y una pizca de fantasía, justo como entonces, en aquel viejo piso de Chamberí.







