María del Carmen ajustó con cuidado los platos en la mesa, alisó los manteles y miró el reloj por enésima vez. Su marido llegaría del trabajo en media hora, justo a tiempo para poner las croquetas en la sartén. Las patatas ya estaban cocidas, la ensalada cortada y el pan rebanado en porciones perfectas. Todo en orden, todo como a él le gustaba.
—Mamá, ¿puedo ir hoy a casa de Lucía? Trajo discos nuevos de Madrid —gritó desde su habitación su hija Rocío, de dieciocho años.
—No, cariño. Tu padre llegará pronto y hay que cenar en familia —respondió María del Carmen sin volverse—. Puedes ir después.
—¡Pero si esto es infantil! ¡Ya tengo dieciocho! —protestó la joven, pero no insistió. Sabía que su madre no cedería.
María del Carmen sonrió para sí. Dieciocho años seguían siendo una niña. A su edad, ella ya estaba casada, y Rocío todavía parecía una cría. Aunque quizá fuera mejor así. Que siguiera siendo su niña un poco más.
La puerta se abrió de golpe y entró Antonio José. Un hombre corpulento, con las sienes empezando a encanecer, cansado pero satisfecho. El trabajo en la construcción era duro, pero daba para vivir bien, y eso era lo importante.
—Hola, cariño —dio un beso en la mejilla a su esposa—. Huele delicioso.
—Croquetas, las que te gustan, de jamón y pollo —sonrió ella—. Siéntate, en un momento está todo listo.
—¿Y Rocío?
—En su cuarto. ¡Rocío! ¡Ha llegado tu padre!
La joven salió corriendo y abrazó a su padre.
—Papá, ¿puedo ir a casa de Lucía después de cenar? Tiene películas nuevas…
Antonio José frunció el ceño.
—¿Qué películas? Nada de basura extranjera. Tienes que centrarte en los estudios. Pronto será la universidad.
—Pero, papá, no es basura…
—¡He dicho que no, y punto! —alzó la voz—. María, ¿qué educación le estás dando? ¡Esta niña se nos está escapando de las manos!
María del Carmen intervino rápidamente:
—Vamos, Antonio, es solo curiosidad de joven. Rocío, siéntate a cenar y luego hablamos.
La cena transcurrió en silencio. Antonio habló del trabajo, de que el jefe había subido las exigencias y recortado las primas. María asentía, le servía más croquetas, le llenaba la taza de café. Rocío no decía nada, apenas levantaba la vista del plato.
—Oye, ¿qué dicen los vecinos de los Martínez? —preguntó Antonio de pronto, terminando la última croqueta.
—¿De ellos? Nada, viven tranquilos.
—No, no eso. He oído que ella encontró trabajo en una oficina. Y él se queda en casa con los niños.
María dejó la taza con cuidado sobre el platillo.
—¿Y qué tiene de malo? Quizá les conviene así.
—¿Cómo que les conviene? —se indignó él—. ¡El hombre debe mantener a la familia, no quedarse de niñero! La mujer está para la cocina y los hijos. Esto no está bien, no es lo nuestro.
—Pero si ella gana más…
—¡No hay peros! —golpeó la mesa con el puño—. ¡En la familia debe haber orden! El hombre manda, la mujer ayuda. ¡Y punto final!
María asintió en silencio y empezó a recoger la mesa. Nunca supo discutir con su marido, ni quiso hacerlo. ¿Para qué pelearse si podía callar? Al fin y al cabo, quizá tuviera razón. Ella había estado siempre en casa, y vivían bien.
Rocío miró a su madre, luego a su padre, y preguntó en voz baja:
—¿Puedo ir a casa de Lucía? Solo un rato.
—¡No! —rugió él—. ¡Ya te lo he dicho! Ve a estudiar o lee un libro. Nada de callejear.
La joven suspiró y se fue a su habitación. María la siguió con la mirada y sintió un pinchazo en el corazón. Pobre niña, siempre encerrada. Pero ¿qué podía hacer si su padre no consentía?
Días después, María se encontró en el mercado con su vecina Ana Belén. Venía radiante, feliz.
—María, ¿sabes? ¡Mi Laura ha entrado en la universidad en Madrid! ¡Se va a estudiar allí!
—Qué bien —sonrió María con sinceridad—. ¿Y qué carrera?
—Administración de Empresas. Dice que quiere ser economista, dirigir negocios. Al principio me preocupé, tan lejos… Pero luego pensé: ¿para qué tenerla aquí encerrada? Que vea mundo, que se busque la vida.
—¿Y tu marido? ¿No se opuso?
Ana Belén calló un momento, luego suspiró.
—Tuvimos una gran pelea. Él decía que para qué quería una mujer estudios, si al final se casaría y tendría hijos. Pero yo le dije que los tiempos han cambiado, que una mujer necesita valerse por sí misma. Casi llegamos a las manos… Pero al final me salí con la mía. No se arrepentirá.
María asintió en silencio. En casa, no dejaba de pensar en esa conversación. Rocío también tendría que elegir carrera pronto, pero ¿cuál? Antonio ya había dejado claro su opinión: para qué tantos estudios, que vaya a Magisterio, que sea maestra. Un trabajo tranquilo, y luego a casarse.
Pero Rocío soñaba con Periodismo, con entrar en la universidad, escribir, entrevistar gente. Se lo contaba a su madre cuando su padre no estaba, con los ojos brillantes. Pero si lo mencionaba delante de él, la cortaba en seco.
—El periodismo no es para mujeres. Hay que viajar, tratar con todo tipo de gente. No es decente.
Y María callaba. No apoyaba a su hija, no discutía con su marido. Simplemente callaba, como siempre.
El verano pasó rápido. Rocío presentó sus papeles en Magisterio, como ordenó su padre. Entró sin problema, no en vano siempre había sido buena estudiante. El día de la matrícula, llegó a casa taciturna, apagada.
—¡Enhorabuena, hija! —se alegró Antonio—. ¡Ahora tendremos una maestra en casa! Buena elección.
—Gracias, papá —murmuró Rocío, y se encerró en su cuarto.
María la siguió con la mirada y sintió de nuevo aquel pinchazo. Pero ¿qué podía hacer? ¿Discutir con su marido? ¿Romper la paz familiar? No valía la pena.
Los estudios le resultaban fáciles, pero no la hacían feliz. Iba a clase como quien va al patíbulo, y en casa apenas hablaba de ello. María intentaba sonsacarle:
—¿Qué tal va?
—Bien.
—¿Y los profesores?
—Bien.
—¿Has hecho amigas?
—Sí.
Nada más.
Una noche, mientras Antonio se retrasó en el trabajo, Rocío rompió a llorar en la cena. Sin motivo aparente.
—¿Qué te pasa, hija? —se alarmó María.
—Mamá, ¿te acuerdas de Lucía, mi amiga del instituto?
—Claro. ¿Qué tal está?
—Entró en Periodismo. La vi ayer… Me contó lo interesante que es, la gente que conoce, todo lo que aprende. ¿Y yo qué hago? Juego con niños, canto canciones.
María no supo qué decir. Le acarició el pelo, como cuando era pequeña.
—Pero, Rocío, trabajar con niños es muy noble. Educas a las personas del futuro.
—Pero yo no quería esto —susurró la joven—. Quería escribir, descubrir cosas, viajar. ¿Y ahora qué? ¿Toda mi vida en una guardería





