La madre de Isabel falleció hace ya cinco años. Tenía apenas cuarenta y ocho años. Le falló el corazón mientras estaba regando sus violetas en la cocina. El padre, entonces, tenía cincuenta y cinco.
Él no lloró, ni se desbordó en lamentos. Solo se sentó en el sillón de su mujer y se quedó mirando su foto, como si pudiera traerla de vuelta solamente con la fuerza de su mirada.
Ese mismo día, Isabel perdió no solo a su madre. Perdió, en realidad, también a su padre. Seguía allí, en ese piso de Madrid en el que siempre habían vivido juntos, pero era como si se hubiera quedado únicamente su cuerpo, atrapado dentro de un caparazón de duelo.
El primer año fue durísimo. Isabel, con veintitrés años, tuvo que ser a la vez hija, enfermera y psicóloga. Cocinaba cocido madrileño, aunque él no lo probaba, le lavaba las camisas que no se ponía y hablaba, hablaba sin parar, intentando sacarlo de ese pozo en el que se había sumergido.
Pero su padre callaba. A veces respondía con sílabas sueltas. Y cada palabra suya era un portazo: ¡déjame! ¡No me toques! ¡No te acerques!
Poco a poco se levantó entre ellos una muralla, densa y gris, que no dejaba pasar ni la más mínima rayo de luz
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Y el tiempo fue pasando. Vivían, a decir verdad, de forma paralela.
Coincidían por las mañanas en la cocina, se despedían, y por la noche, volvían a cruzarse antes de encerrarse cada uno en su cuarto. Las palabras, las justas. La convivencia, inexistente.
Isabel dejó de insistir en sus cuidados, y su padre se lo agradeció. Y así, cada uno por su lado, se fue acostumbrando a esa nueva normalidad.
Sin esposa sin madre
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Con los años, su padre fue despertando del letargo.
Le sonreía a la vecina del quinto, que a veces les traía torrijas o rosquillas caseras. Iba algún fin de semana a pescar carpas con su amigo Antonio. Incluso retomó el portátil para ver sus películas favoritas.
Isabel ya no le veía la misma sombra de desesperanza y pensó que, después de todo, lo peor ya había pasado. Incluso se atrevió a marcharse el verano entero a un balneario de trabajo, aprovechando una oferta que le salió de improvisto.
Pero al volver, se topó con una sorpresa gigantesca.
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Su padre le comunicó, nada más cruzar el umbral del piso, la noticia: que se casa.
Se lo soltó del tirón, con voz sosegada, como si ya estuviera todo resuelto.
Entraron a la cocina y él, sentándose frente a ella, le dijo:
He conocido a una mujer sonrió leve. Se llama Carmen. Queremos casarnos.
Isabel sintió un escalofrío, pero no fue porque él hubiese encontrado a alguien. Honestamente, le habría gustado verle feliz, volver a verle la alegría. El problema es que a Isabel, en ese momento, le saltó la alarma: ¡El piso!
Su piso, donde creció. Donde todavía estaba la máquina de coser de su madre en la esquina y su taza favorita en la vitrina. No aquella taza cualquiera, que una desconocida había dejado sin lavar en la mesa.
Isabel miró con claro desprecio ese objeto nuevo e invasor.
Papá balbuceó, buscando las palabras apropiadas, ¿no crees que va todo demasiado deprisa? ¿La conoces bien? ¿Y dónde pensáis vivir? Espero que no aquí este piso no solo es tuyo, es también de mamá
Su padre levantó la mirada, seca. Solo se veía agotamiento y frialdad. Nada más.
Ya veo por dónde vas murmuró. Empiezas fuerte. Y yo que todavía estoy vivo Sois muy rápidos en repartir la herencia antes de tiempo.
¡No estoy repartiendo nada! ¡Solo quiero claridad! saltó Isabel. Es lógico, ¿no? Ahora tendrás otra familia y yo ¿qué hago si pasa algo?
Pues ya te preocuparás entonces, hija le cortó él, serio, y se fue a su habitación.
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Unos días después la presentó a Carmen. Una mujer alta, delgada, con ojos tristes y una amabilidad casi incómoda.
Isabelita, entiendo cómo te sientes le decía, y créeme, que yo no pretendo nada. Tengo mi propio piso, mi vida resuelta. Solo quiero a tu padre.
Carmen trataba de caer bien, pero ¡sus preguntas!
¿Y vuestra casa de campo está lejos de Madrid? preguntaba, como si nada. ¿Y hace muchos años que tienes este piso? Estos pisos de los años 50 se cotizan muchísimo.
Y encima, le parecía inapropiado hablar de herencias tan pronto, insistiendo en que eso solo hacía daño al padre, que se sentía un simple estorbo.
Después de esa visita, a Isabel las dudas la carcomían más aún. Tenía clarísimo que Carmen era astuta y con intereses, lo que terminó de romper la ya frágil relación con su padre. Isabel lo veía ahora como un hombre ciego de amor tardío, dispuesto a regalarlo todo a la primera que pasara. Su padre, en cambio, la veía como una hija codiciosa y desconfiada, incapaz de pensar en su felicidad.
Cada conversación se convertía en un lujo de reproches. Él defendía su derecho a rehacer su vida, ella defendía su derecho a la tranquilidad el día de mañana. Ambos se lanzaban dardos, sin notar que se estaban haciendo daño mutuamente.
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Al final, Isabel no aguantó más y propuso ir a un notario para dejarlo todo claro con respecto a la herencia.
El padre se mostró reacio, pero al final, resignado, aceptó.
Vale suspiró, haremos lo que tú quieras
Fueron al despacho en completo silencio. Isabel, nerviosa, apretaba el bolso como si fuera un escudo.
Allí el notario, una mujer con cara severa y el pelo ya blanco, abrió la carpeta.
Bien, estamos aquí para comenzó con tono profesional.
Perdone la interrumpió el padre, su voz baja, pero firme como nunca. Estoy aquí por otra cuestión
Le tendió un documento.
Aquí lo tiene.
La notaria se puso las gafas, leyó unas líneas y preguntó, sorprendida:
¿Seguro? Es un contrato de donación. ¿Quiere dejarle la totalidad de sus bienes a su hija, sin nada a cambio?
A Isabel se le cortó la respiración. ¿Todo? ¿Así, sin más? ¿Era una trampa? ¿Después iba a decir que ella le obligó?
Miraba los ojos de su padre, intentando entender cuál era su intención.
Pero él solo la miraba de una manera que logró helarla por dentro. No había odio. Ni siquiera enfado. Solo un infinito desencanto y lástima. Lástima por ella. Por Isabel
Toma susurró, poniéndole en las manos el documento. Aquí tienes, lo que tanto querías. El piso, la casa de campo. Todo. Ya puedes dejar de temer que este viejo cambie todo esto por una felicidad que, para ti, ni existe.
La palabra felicidad la soltó con tanto veneno que Isabel se estremeció.
Papá yo no pretendía balbuceó ella, notando cómo las lágrimas le corrían por las mejillas.
¿No pretendías? sonrió él, amargo, y esa sonrisa dolía más que un grito. Isabel, en estos últimos seis meses, ni una sola vez me has preguntado cómo estaba de salud, si tenía frío, si necesitaba algo. Solo te han importado los papeles, los metros cuadrados. No me has visto como un padre, sino como un estorbo entre tú y tus propiedades. ¿Crees que no me he dado cuenta?
Fue hacia la puerta, miró atrás:
Si tanto querías esta jaula, quédatela. Es toda tuya.
Salió. Isabel se quedó inmóvil, sujetando un folio frío entre las manos. Había ganado. Tenía todo. Pero de repente lo entendió: lo había perdido todo.
***
Han pasado muchos años.
Su padre sigue con Carmen. Isabel los ve a veces por el Retiro o en el mercado. Casi siempre pasean cogidos de la mano. Él ya mayor, pero con una paz en la cara cuando mira a Carmen que solo puede ser felicidad.
Isabel vive sola.
En el piso enorme, con parquet y muebles nuevos.
Los fines de semana va a la casa de campo; allí no falta nada.
Solo que la felicidad parece que se perdió por el camino.
Ahora entiende que su padre le cedió el piso y la casa no por resentimiento, sino dándole lo que ella había elegido: ladrillos en vez de cariño, papeles en vez de amor.
Cambió a su propio padre por tres habitaciones y una finca. Y darse cuenta de esto es la peor herencia de todas.





