¡Mamá, pero qué haces! Victoria apenas puede contener el llanto viendo cómo su madre vacía las baldas de su armario. El vestido rojo de lunares, el favorito de Victoria, cae descuidadamente al suelo, llamando la atención inmediata de su hermano pequeño, Hugo, que sentado por allí, agarra la tela por el cinturón y la lleva a la boca.
¡No, Huguito! ¡Dámelo! suplicó.
¡Pena que te da la ropa vieja! resopla Teresa, arrojando los vaqueros de Victoria encima del resto y cerrando de un portazo el armario. ¡Recoge y lárgate!
¿Pero a dónde, mamá? ¿A dónde quieres que vaya a estas horas? ¿Te estás oyendo?
¡A donde quieras! ¡En mi casa mando yo y aquí no tienes sitio!
¿Y yo? ¿No es también mi casa?
No, cariño, aquí de tuyo no queda nada. Teresa toma a Hugo en brazos y le limpia los mocos con el bajo del vestido de Victoria. Nada de nada. ¡Y basta ya de fastidiarme la vida! Apenas empiezo a recomponerme y tú, otra vez, para desgraciarme todos los planes. ¡No lo voy a permitir!
¿Pero qué te estropeo, mamá? ¿Qué?
¿Quién anda enredando siempre delante de Julián? ¿Eh? ¿No eres tú?
¡Mamá! El grito de Victoria asusta tanto a Hugo, que inmediatamente rompe a llorar. ¡Lo que estás diciendo es absurdo! ¡Piénsalo!
¡Lo tengo clarísimo! ¡Hasta aquí hemos llegado! Y quiero que en cinco minutos no te vea por aquí.
Teresa da una patada a la puerta y sale de la habitación. Victoria se queda paralizada, sin comprender del todo lo que acaba de pasar. ¿Acaba de ser echada de casa?… Su cabeza se niega a reaccionar. Las ideas revolotean por su mente hechas jirones, imposibles de atrapar. Al otro lado de la puerta se oye el llanto desconsolado de Hugo. Instintivamente, Victoria va a salir, a calmarlo. Siempre había sido ella la que le quitaba el berrinche al pequeño, la que lo entretenía como podía para que no molestara al marido de su madre. Julián detestaba todo lo que tuviera que ver con niños. Victoria, que había crecido rodeada de cariño y atenciones, no terminaba de entender por qué su madre había cambiado tanto. Ahora, cada vez que Hugo lloraba, Teresa, en vez de consolarle, se lo endosaba a Victoria y desaparecía hacia el dormitorio.
Ocúpate tú. Ya eres mayorcita, ¿no? Pues ayuda.
Mayor de un día para otro. Si ayer era la niña mimada de la casa, hoy Teresa la llama una carga. Los últimos años han pasado a toda velocidad para Victoria, sin poder adaptarse a la sucesión de golpes que cambiaron su familia.
Primero se marchó su padre, de un infarto. Injusto, absurdo. Si algún alma caritativa se hubiera parado junto a esa parada de bus, se le habría salvado. Ni siquiera tenía cincuenta años. Bien vestido, nada de vagabundo, pasó allí más de una hora, mientras la gente pasaba de largo absorta en sus cosas. ¿Y si pensaron que estaba borracho, dormido en la acera en noviembre? Cuando alguien al fin le tocó el hombro, ya fue demasiado tarde.
La madre de Victoria se volvió entonces fría, ausente. Ni una lágrima en el entierro, después encerrada en su cuarto, olvidándose de su hija. Familia, poca; amistades, de esas que sólo aparecen en fiestas señalas. Y Victoria, que de niña también pensaba que con los tres les sobraba todo, empezó a extrañar el calor de otras casas.
Eso empezó a cambiar cuando entró en primaria. El curso tenía más chicas que chicos, así que sentaron a Victoria con una niña morena, grácil, de coleta gruesa como una cuerda de barco, llamada Pilar. A Victoria, con su pelo fino y rebelde, la llamaban Diente de León. Las coletas de Pilar le fascinaban. Al segundo día, Pilar exclamó, harta de los lazos: ¡Voy a cortármelas aunque mamá se enfade!. Victoria no pudo evitar tocar el brillo negro que caía por el respaldo de la silla y susurrar: ¡Pero si es precioso!.
Desde aquel día, nació su amistad. Pilar era la cuarta hija de una familia enorme, los García del Soto, una casa siempre llena de gente, gritos, platos, besos y broncas. Victoria recuerda la primera vez que fue a su casa, un laberinto de habitaciones y anexos, la mesa siempre repleta y una madre que a toda visita sentaba a comer hasta no poder más. Y hermanos por todas partes que, aunque de edades muy dispares, se ayudaban mucho. El mayor explicaba álgebra, la otra enseñaba a guisar. Las pequeñas ya sabían hornear como grandes. Victoria, en su casa, ni pisar la cocina podía.
En ese bullicio, Victoria aprendió que tener familia cerca no era tan malo. En los García del Soto siempre había regalos aunque no fuera el cumpleaños, celebraban de todo, y los niños se veían mimados sin razón especial. Victoria no entendía, ¿Pero si hoy no es tu santo?. ¿Hay que esperar para alegrar a los que quieres?, bromeaba Pilar mientras bailaba frente al espejo.
A Teresa, la madre de Victoria, Pilar no le caía bien. Si hubiera conocido aquella casa, nunca habría permitido que la su hija pasara por allí. Por eso Victoria entraba y salía a la carrera, con una excusa lista por si hacía falta. Allí le decían algo bonito, le ofrecían mermelada, y le enseñaban a prepararla; se sentía ligera, feliz… la esperaban.
Por eso, cuando se murió el padre de Victoria, fue la familia García del Soto la que mandó a los hermanos mayores para ayudar a arreglar todo, llevar papeles y dinero, acompañarlas en los trámites, sin que Teresa abriera la boca. Pilar intentó consolar a Victoria, pero terminaron llorando juntas sobre la masa de empanadillas. Cocinaron tanto que no cabía más en la nevera.
Desde ese día, siempre había algún miembro de los García para protegerlas. Al preguntar por qué tanta ayuda, Pilar respondió sencilla: Tú eres de los nuestros. Y ya no hay hombres en tu casa, alguien tenía que estar.
Medio año después, Pilar tuvo que casarse. Victoria se quedó muda al saberlo. ¿No que querías ser médica? ¿Y el amor? ¿Ni te quieres casar? A lo que Pilar, despreocupada, contestaba: Eso aquí es normal. Mis padres eligen. Ellos quieren que tenga casa y familia. Mejor para mí. Victoria no encontraba palabras.
En la boda lo disimuló bien, aunque un tiempo después, cuando supo que Pilar se iba a estudiar medicina a Madrid los padres del esposo le compraron un piso, rompió a llorar.
¿Y ahora qué hago sin ti?
Y yo, ¿qué? Si te va mal, vente.
Por entonces, ya Julián el nuevo marido de Teresa estaba en casa. Pilar notaba que Victoria cada vez volvía más tarde del instituto, dando vueltas sin querer ir a su piso. Le daba miedo cruzarse sola con Julián, y peor la madre, cada día más agria desde que tuvo a Hugo y más distante aún. A veces Victoria tenía que encerrarse con llave en su cuarto, pero eso sólo enfadaba más a Teresa, que cada dos por tres le endosaba a Hugo para cuidar, como si sus estudios no importaran.
Antes incluso de terminar el ciclo superior en el hospital, Victoria buscó trabajo. Las guardias nocturnas le permitían desaparecer días enteros de casa.
Después de la boda de Pilar, Victoria regresó a casa y se encontró con una pelea descomunal. El conflicto con su madre llevaba cociéndose años, y Victoria era incapaz de reconducirlo.
Teresa no escucha a nadie más que a sí misma. Y cuando una vecina, admirando a Hugo, le dijo: Qué guapos te han salido los hijos, Teresa. ¡Y Lenita está hecha una joven estupenda! Ya pronto buscando novio, ¿no? Con lo que trabaja, ya es hora de que haga su vida. Algo le tocó a Teresa aquel comentario, vaya uno a saber qué. Desde ese día decidió echar a su hija. Y ahora Victoria recoge sus cosas, pensando con ansiedad a dónde ir. A casa no la quieren… ¿Entonces dónde su sitio? ¿Dónde está su lugar?
Pensó en Pilar, pero estaba embarazada y estudiando, no era cuestión de preocuparla. Victoria revisa lo poco que le queda, recoge una foto de su padre del escritorio, la echa al bolso y aparta las lágrimas. Tal vez sea mejor así. Hace mucho que aquí sobró. Que Teresa haga su vida.
En la cocina, el televisor brama y su madre friega con rabia. Victoria está a punto de entrar a decir algo, pero se detiene. Ya no hay más que decir. ¿Para qué? Basta de esperar perdón donde no van a dártelo. Mejor irse, que esto hace daño.
Fuera oscurece y Victoria se abriga con el foulard ancho que le regaló Pilar una Navidad. El otoño en Madrid este año ha llegado directo, barriendo el verano en un instante. Por el barrio, se cruzan chicos en manga corta y abuelas con abrigo y gorro de lana, pero ella es friolera y agradece tener ya la parka y el foulard. Prefiere no regresar por nada, menos aún a por ropa.
En la parada apenas hay gente. Un par de rezagados y un perro callejero. Deja la bolsa en el banco, con las manos heladas en los bolsillos.
Al poco, un coche se detiene a su lado, haciéndola retroceder con nerviosismo. Nunca se siente uno del todo seguro en la ciudad.
¡Victoria!
¡Álvaro!
Sentía ganas de romper a llorar: era Álvaro, el hermano mayor de Pilar, el mismo que de adolescente les ayudaba con los deberes y años antes le explicó a Victoria cómo funcionaban los trámites en el ayuntamiento.
¿Qué haces aquí a estas horas con maletas? ¿Vas de guardia?
No Bueno, sí, sí. Tengo turno en el hospital.
Uy, no me engañas. ¿Te ha pasado algo? ¿Por qué llevas la casa a cuestas?
Álvaro la miraba con un afecto tan sincero que Victoria, sin saber cómo, terminó contándole todo, lo de Teresa, lo de Julián, que ahora estaba sola, sin ir a dónde volver.
Lo suponía. Anda, sube.
Álvaro nunca fue de hablar mucho. Se puso al volante y Victoria, tras pensarlo un instante, subió, pensando que la dejaría en el hospital.
Conducen en silencio por el Madrid nocturno. En el coche hace calor y Victoria entra en una somnolencia rara, deseando que ese paréntesis durara.
Se da cuenta tarde de que no van en dirección al hospital.
Álvaro, ¿a dónde vamos?
¿Piensas quedarte allí todas las noches?
Por ahora
No, no puedes quedarte allí siempre. Por eso estamos yendo a otro sitio.
¿A cuál?
Ya lo verás.
Llegan a un edificio alto en el barrio de Chamberí, con un portón de hierro forjado. El guardia abre el paso del coche. Álvaro estaciona y le señala la entrada.
Suben al tercer piso. Álvaro llama al timbre.
Tardan mucho en abrir, hasta que aparece Eugenia, la abuela de Pilar. Una mujer alta, robusta, de vestido sencillo. Victoria se encoge:
¡Abuelita!
¡Álvarito! ¿Y por qué no llamaste antes de venir?
¿Y esta chica? ¡Ah, espera! ¡Te conozco! ¡Eres la amiga de mi Pilar! ¡La vi en la boda, claro que sí! Pasa, hija, no te quedes ahí paradala recibe, abrazándola al traspasar la puerta. ¿Cómo no vas a ser de casa? No me ofendas.
Victoria entra, envuelta en el calor dulzón de la casa. El suelo es de mármol, arriba luce una lámpara de lágrimas de cristal. Mientras se queda mirando, Álvaro murmura algo a Eugenia, que asiente. Se despide con una señal de mano y se marcha.
¿Por qué te quedas en la puerta, niña? Anda, deja el abrigo, vamos a tomar café. Me lo cuentas todo: por qué una muchacha tan guapa como tú tiene que dormir en la calle y si en tu casa no hay madre, anda.
Me parece que ya no murmura Victoria, desbordada por el agotamiento. Se deja caer sobre un puf y rompe a llorar con toda el alma. Eugenia la toma en un abrazo fuerte, como una roca acogedora.
Ay, mi niña… ¿Qué hace el cielo, permitiendo esto? No llores, que todo se arregla, ya verás. Yo he visto todo lo malo de la vida, y no pienso dejar que lo sigas viendo tú.
Le acaricia el pelo como si Victoria fuera pequeña. La lleva a la cocina, le sirve un café diminuto, negro y amargo como el duelo. Victoria lo va bebiendo a sorbos, mirando a la abuela de Pilar contarle su propia historia de desarraigos, de quedarse huérfana de guerra, de exilios, y cómo entre tantas ruinas ella crió hermanos, sobrinos, nietos, siempre en movimiento, hasta llegar a ese piso, sola pero serena porque nunca quedó vacía del todo. Las fuerzas propias no existen le dice, nos sostiene la de quienes tenemos alrededor. Y ahora la mía la tendrás tú. Aquí tendrás tu sitio hasta que pueda entregarte, fuerte y digna, a manos de alguien que te quiera de verdad.
El tiempo pasa. Dos años después, Victoria sabe cocinar como ninguna, ni siquiera Pilar, que a veces vuelve desde el norte a visitar a la familia con su nuevo bebé.
Te sale mejor que a mí… ¿Qué le pones al picadillo? ríe Pilar, entre mordiscos. ¿Estás bien?
Sí, gracias a la abuela Eugenia… Si no llega a ser por ella…
No me digas más, hija, que me pongo tonta de contenta y me suben los humos bromea Eugenia vigilando el café.
Pero una preocupación ensombrece el rostro de Victoria. Lleva dos meses sin dormir. Su madre está ingresada en el hospital, muy enferma, y Victoria no va a verla. No puede. Señales de rencor, del daño no cerrado. ¿Y si un día la quieres ver y ya es tarde?, le riñe Pilar. Debes perdonar, o te quedarás sola. Victoria lo sabe, pero no puede.
El marido de Teresa la había dejado en cuanto se enteró de la enfermedad. Hugo acabó en un centro de acogida, a Victoria no le dieron la tutela por no tener residencia propia. El piso de su madre ya no es suyo: estuvo a punto de perderlo todo.
Al final, Pilar la empuja: Vamos. Tienes que enfrentarte.
Victoria y Teresa se reconcilian, ya casi al final, apenas dos días antes de que Teresa muera. Victoria se queda estos meses a su lado, la cuida y se encarga de los papeles para recuperar a Hugo. Consigue, por fin, reunir otra vez a los hermanos.
El rencor había ocupado mucho espacio, pero en la última mirada de su madre, Victoria recuerda el sol del verano, a Teresa joven con vestido rojo, dándole cerezas amarillas, dulces, como los besos de madre. Y por fin puede decir:
Te perdono mamá.
Eugenia, la abuela, tenía razón: hay que saber soltar el rencor o te consume.
Y cuando Hugo, de la mano de Victoria, entra al piso y pregunta:
¿Ya estamos en casa?
Sí, pequeño. Este, por fin, es nuestro sitio responde Victoria.
Y Hugo asiente con el ceño serio, como si comprendiera por completo que ahora sí, todo ocupa el lugar que debía, y por fin, la vida vuelve a empezar.




