No dejes escapar tu oportunidad

Hace medio año falleció la vecina anciana de Lola. Su marido se quedó solo. Se entristeció, se encogió, se dobló como si el peso del dolor lo arrastrara al suelo. Casi no salía de casa. Los vecinos lo compadecían. Unos le llevaban un plato de sopa, otros le hacían la compra.

Era un poco sordo y olvidadizo. Se sentaba frente al televisor, subía el volumen al máximo y olvidaba la tetera en el fogón. Una vez casi provoca un incendio sin darse cuenta. Desde entonces, Lola guardaba una llave de su casa.

Un día llegó su hijo y se lo llevó, poniendo el piso en venta. Los vecinos se alegraron; no estaba bien que un anciano muriera solo teniendo familia.

Tres semanas después, el piso tuvo nuevo dueño. Todo el edificio lo supo al instante porque llegaron obreros para hacer reformas. Día tras día sacaban basura, tuberías envejecidas, muebles viejos. Después vino el martilleo, el taladro sin parar. ¿Qué nervios aguantarían eso? Lola vivía justo al lado.

Volver del trabajo era un suplicio. El ruido la recibía desde la escalera. Aguanto, aguantó… hasta que fue a quejarse. Abrió un hombre cubierto de polvo y pintura.

“¿Usted es el dueño? ¿Cuánto más van a hacer ruido? No doy más, me duele la cabeza”, dijo furiosa.

“Perdone, señora. Me han dicho que termine rápido. Dos días más de ruido y luego solo detalles, será más tranquilo.”

“¿Dos días?” Lola ni siquiera supo qué responder.

El sonido del taladro volvió a escucharse. Salió a la calle, donde el ruido era menos molesto.

“¿Te tiene harta el vecino?” preguntó una de las mujeres sentadas en el banco junto al portal.

“¿Lo han visto ustedes?” replicó Lola.

“¡Claro! Parece un hombre formal”, dijeron a coro. “Va bien vestido, huele a colonia cara. Es simpático, educado, saluda.”

“¡Tenemos un vecino estupendo!”, cantó falsamente la vieja Pilar, enseñando sus encías.

Las demás rieron, mostrando dentaduras escasas con coronas metálicas.

“Preferiría que tocara la trompeta”, refunfuñó Lola.

“¿Y tú fuiste a hablar con él?”

“Sí, pero poco importa. Son los obreros, y de ellos qué se puede esperar.”

“Oye, Lola, échale un ojo al dueño. Es un buen partido. ¿Cuánto vas a estar sola? Eres joven, aún puedes tener hijos. Y tiene dinero, viene en un coche carísimo.”

“Voy a la tienda”, dijo Lola, alejándose sin querer escuchar más.

Su marido murió dos años después de casarse. No tuvieron hijos. Trece años sola.

“El dueño debe venir cuando estoy trabajando. Quéjarse no sirve de nada. La reforma era necesaria; el piso de los viejos estaba fatal. Ya le daré su merecido cuando termine y se mude”, pensó, esquivando un charco.

Dos días después, se encontraron. Lola volvía del trabajo, exhausta. Un día duro, ni hambre tenía. Al llegar al portal, la puerta se abrió sola.

A su lado, un hombre joven le sonrió con sus treinta y dos dientes perfectos. Supo al instante que era el nuevo dueño. Su sonrisa le pareció descarada; su mirada, arrogante.

“Gracias”, dijo secamente, entrando.

La puerta se cerró. Pasos resonaron tras ella en la penumbra del portal. Su corazón latió con fuerza. Dominando el miedo, se detuvo y miró: era el vecino.

“Pase usted primero. No me gusta que me respiren en la nuca”, dijo irritada, disimulando el temor.

Él la adelantó y subió las escaleras. El edificio era antiguo, en el centro de la ciudad, con pisos espaciosos y techos altos. Muy cotizados.

Al llegar al cuarto piso, el vecino estaba frente a su puerta.

“¿Así que usted es mi vecina? Encantado. Los obreros me dijeron que vino a protestar.”

“No protestar, pedir menos ruido. Vivimos como en una obra. Usted reforma, y el edificio entero sufre”, dijo Lola, buscando las llaves en el bolso.

“Lo siento. Terminaremos pronto, prometo.”

Ella calló, lo miró con reproche y entró, cerrando la puerta de un golpe, haciendo caer trozos de yeso del techo.

Desde entonces, aprovechaba cada ocasión para dar portazos. Era su venganza. Se imaginaba su sonrisa desvaneciéndose.

Una semana después, llegaron muebles nuevos. Los mozos bloquearon la escalera llevando un sofá. Lola tuvo que esperar. Al pasar, echó un vistazo al interior: paredes claras, parqué color miel…

“¿Quiere pasar?” apareció el dueño. Lola enrojeció, como si la hubieran pillado espiando. Entró corriendo a su casa, olvidándose del portazo. ¡Maldición!

Era su cumpleaños. El lunes celebraría con sus compañeras, pero ese día solo estaría con su amiga Rocío.

Rocío llegó tarde, como siempre. Su energía llenó la casa. Se sentaron a la mesa.

“¡Ay, se me olvidó comprar vino! No sé abrir champán”, dijo Lola.

“¿Hay algún vecino?” preguntó Rocío, rápida.

“Al lado. Pero…” no terminó la frase antes de que su amiga saliera disparada.

Minutos después, regresó con el vecino. Iba en vaqueros y camisa a cuadros, mangas remangadas.

Saludó, abrió el champán con destreza. Rocío, tras él, hacía gestos exagerados: pulgares arriba, ojos en blanco, mano en el corazón. No hacía falta explicación.

“Es el cumple de Lola. CocAl año siguiente, Lola y su vecino celebraron su boda en el mismo edificio donde empezó todo, rodeados de amigos y vecinos que ya los veían como la pareja perfecta.

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