**Las Nietas Ofendidas**
Cuando Elena regresó a casa con sus hijas, las niñas irrumpieron en llanto. Acababan de volver de casa de su abuela, y estaban destrozadas.
—Mamá, la abuela no nos quiere… — sollozaban al unísono—. A Íñigo y a Lucía les deja hacer todo, pero a nosotras, nada. Ellos reciben regalos, caramelos… y a nosotras solo nos dice: “No toques eso”, “No molestes”, “Id a otra habitación”.
Elena apretó los labios. El corazón se le encogió de dolor. Ella misma lo había sentido antes, pero oírlo de sus hijas era insoportable.
Su suegra, Valentina Aranda, nunca había mostrado afecto por las hijas de Elena. En cambio, adoraba a los hijos de su propia hija: los primos Íñigo y Lucía. Para ellos, todo; para las demás, migajas. O menos.
Al principio, Elena intentó ignorarlo. Se convencía de que la abuela tenía un carácter difícil, que la edad la hacía así. Pero con los años, se hizo evidente: para Valentina, había nietos de primera y de segunda. Incluso la sangre perdía valor si venía de “la mujer equivocada”.
Las niñas contaban cómo la abuela las regañaba por reírse fuerte y, minutos después, permitía que Íñigo hiciera ruido con sus cochecitos. O cómo sacaba una tiramisú y solo ofrecía té a sus nietas, reservando el postre para “los invitados”.
Lo peor ocurrió cuando Valentina hizo que las niñas volvieran solas a casa. Con solo siete años, cruzaron un descampado helado, temiendo a los perros, tiritando de frío. Y la abuela ni siquiera llamó a sus padres.
Cuando Elena lo supo, no pudo contener las lágrimas. Llamó a su suegra, pero esta solo soltó un bufido:
—Tienen que aprender a valerse. A su edad, yo ya iba sola al mercado.
Aquella vez, Sergio, el marido de Elena, discutió seriamente con su madre por primera vez. No gritó. Solo dijo:
—Madre, si no puedes ser abuela para todas tus nietas, mejor no lo seas para ninguna.
Pasaron los años. Las niñas crecieron, inteligentes y bondadosas, pero dejaron de pedir ver a la abuela. Y Valentina… envejeció. Las visitas médicas sustituyeron a las fiestas; las pastillas, a los dulces; el televisor, a las risas.
Intentó llamar a sus nietos. Íñigo estaba ocupado; Lucía, con exámenes. Entonces, recordó a las “otras”.
—Que vengan a limpiar y traer la compra. Al fin y al cabo, soy su abuela…
Elena escuchó, calló un instante, y respondió:
—¿Su abuela? Entonces… ¿qué son ellas para usted? ¿Recuerda cuando les dijo: “Yo no os he llamado”? Pues no vendrán. Porque lo recuerdan demasiado bien.
El silencio llenó la línea. Y en la casa de Valentina, el vacío se hizo absoluto. Esta vez, para siempre.







