Mis reglas
No, Nico, menos mal que has venido exhaló Encarna, sentándose frente a su hijo. Apoyó su barbilla en los puños diminutos, mirándole con una sonrisa de niña extraviada. Qué ganas tenía de verte, hijo. Come, come más, cariño. ¿Te pongo otra croqueta?
Nicolás negó despacio con la cabeza tamaño roble.
¿No te gusta? inquieta, su madre se irguió. Su carita, que antes era todo arrugas de paz, se tensó, alargando sus piquillos, levantando las cejas finísimas. Si yo lo he hecho todo igual de siempre Y se lo dije a tu padre, que tú la ternera y el jamón los tocas poco, ¿se lo dije o no? ¿Te sabe raro?
Encarna se alteró, como si el Guadiana de su espera bañara la cocina. Había preparado montañas de comida, como si fuera a llegar medio regimiento; ella, la generala de fogones, se empeñaba en saciar, arropar, empalmar abrazos. Y ahora, qué faena, ¡su hijo no toca las croquetas!
Ay, mamá ¡Ya estamos! Si están riquísimas, riquísimas. Es sólo que no puedo más.
Nico dejó el tenedor ridículo en su manaza de oso junto a la servilleta minúscula, más propia de nariz de crío que de señor grandullón. Resultaba extraño que de una Encarna tan mini saliese semejante coloso. Aunque claro, eso venía del padre, Miguel, otro gigante de hombros altos y manos de abonado al azadón. Encarna, a su lado, daba pena de lo niña que parecía.
Estaba todo espectacular, como siempre Nico se levantó, rodeó la mesa hasta Encarna y le acarició los hombros, como si fuera un invicto abrigo de lana. Ella sintió paz y certeza otra vez. Bueno, ¿qué era eso tan importante? Habla, que pronto me tengo que ir. Ibamos al Corte con Jimena, que hay que comprarle ropa nueva a Juanma.
Jimena, así llamada por el propio Nico en tono de romance antiguo, era su esposa: ordenada, honrada y guapísima. Cuando la vio por la calle, casi se empotra contra una farola de la Gran Vía; sangre chisporroteando por la ceja, y Jimena, los ojos como platos, cortada la sonrisa por el susto. Él, frotándose el chichón, temblando de romper el mobiliario urbano Luego se fueron juntos a urgencias. Jimena, medio niña entonces, lo escoltaba como si fuera de cristal¿mareas?, preguntaba. Y Nico, ¿qué iba a decir? Si tenía la cabeza dando vueltas por ella.
Se casaron. Ahora Juanma crecía feliz en su piso luminoso de Chamberí. Jimena trabajaba de logopeda, recibía alumnos en casa, muy cómodo, sin corretear por Madrid, dejando tiempo para limpiar y cocinar. Nicolás entraba temprano al metro, lanzaba a Juanma al cole no a uno cualquiera, sino a un liceo de biólogos en ciernes que su madre consiguió gracias a alguna triquiñuela. La vida seguía, calma y amor, sin grandes aspavientos.
¿Y Jimena no viene? Encarna recogía la mesa, aunque sabía de sobra que su nuera tenía particulares incluso en domingo, necesitaba una excusa.
Que sí, que ya te lo dije, tiene dos niños hoy. Y Juan Manuel Nico inflaba el nombre de su hijo con aires de abuelo importante, está con los deberes. ¿Y qué más?
El hombre tomó las tazas de sus diminutas manos, las dejó en el fregadero, giró a su madre hacia sí, mirándola con seriedad. Mamá, me tienes en ascuas. ¿Le ha pasado algo a papá? ¿Por qué no sale del cuarto? ¿Habéis pillado hipoteca, os han timado? ¿Hipotecasteis el piso y alguna víscera? ¿Os está chantajeando alguien? ¿Ha aparecido mi gemelo robado en el parto?
Nico bromeaba, encantado de sí mismo y del aire burbujeante que flotaba en la cocina ese domingo. Todo era primavera en la calle Goya.
Obedeciendo el gesto materno, volvió a sentarse, se frotó la barriga llena, se estiró pegando la muñeca al mueble de cocina. Claro, aquello era minúsculo, la casa de Encarna era casi una maqueta: nada que ver con el piso de ellos, un regalo caído del cielo gracias a una tía científica de Jimena, que huyó al pueblo por amor a la huerta y le cedió el piso capitalino. Mandaban cada otoño patatas, remolachas y una cosa feísima, blanca y nudosa chirivía, topinambur, quién sabe y unos ramos de asters que hacían parecer al comedor el propio Prado. Todo llegaba en la furgoneta Kangoo del Tío Esteban, ex-científico, ahora feliz conductor rural. Nico le tenía aprecio, le arreglaba la furgo cuando hacía falta, paseaba con sus shorts de palmeras por el pasillo y saludaba a la vida.
Pues yo verás sólo quiero preguntarte una cosilla Encarna aspiró aire, tragó saliva, desplazó el platito de pastas hacia su hijo. ¿Te acuerdas de doña Maruja Alonso?
Nico arrugó la frente.
¡Claro que sí, mamá! asintió al final. Las pastas olían a miel, a azúcar glas. No pudo evitar levantarse, coger el más grande, con el Palacio Real pintado en fondant.
Pues mira Maruja bueno, doña Maruja necesita tratamiento en vuestra clínica. Han propuesto operación No sé decirte bien, pero parece complicado
Nicolás masticaba en silencio, recordando. ¿Cómo no iba a recordarla? Doña Maruja, la vecina de la tercera, que tanto ayudó a Encarna, cuidando al pequeño Nico cuando los padres sudaban tinta en los laboratorios. Siempre la recordaba con aquellas gafas redondas, que hacían que los ojos fuesen peces asustados, y las pestañas se agitaban tras los cristales como mariposas enjauladas.
¿Y?
La madre callaba, nerviosa, recogía pelusas de la mantelería un síntoma incuestionable de que algo le mordía dentro.
Pues ¿crees que podría quedarse con vosotros mientras dura la cosa? Un piso para ella es carísimo, y hotel, ni pensarlo. ¡Y no puede estar yendo y viniendo, no tiene energías! Sé que es un fastidio, ya sé que una mujer desconocida es raro. Pero honestamente, le debo mucho. Te crio a ti, Nico.
Nico frenó la masticada, trago largo, se limpió y se encogió de hombros.
Pues… pues… balbuceó. Compartir piso con doña Maruja no entraba en sus planes, tendría que esconder los pantalones de palmeras, y Jimena ya no podría pasear en camisón a medianoche… Pero, claro, uno ayuda, ¿no?. ¡Madre! ¡Por favor! Lo que haga falta. Yo le debo mi vida. Ella me cuidó. Ahora toca a nosotros. Nicolás sonrió, sintiéndose escudero noble, fuerte, hombre de bien. Jimena estaría orgullosa. Su madre también. Doña Maruja merece que la cuiden, y más en los años que llegan, sí señor.
Y fuera, el sol creció como un halo dorado encima del bloque viejo, saltando reflejos por la mesa. Y repicaron las campanas de la iglesita de al lado, doblando en fa mayor, y la alegría subió como olor a pan.
¿De verdad, Nico? Ay, qué alegría me das, hijo. ¡Esto sí es un gesto! Así da gusto vivir contigo le acarició la cabeza, como hacía cuando era niño.
De haber estado Jimena presente, habría puesto caras y parodiado el momento a sus anchas; llevaba años riéndose por lo bajo del culto filial de Encarna. Pero ahora, con la casa para madre e hijo, Nico podía volver a sentirse el pequeño buenazo, el favorito de mamá.
Nicolás se relajó, manos caídas, bobalicón.
Pero pero habrá que preguntarle a Jimenita susurró Encarna luego. Nico balbuceó que sí, que seguro no había problema, y casi se quedó dormido acunado en la ternura. Pues mira, la aviso y ya decidís qué y cómo
Encarna salió volando, el padre serpenteó el periódico, y Nico, mascullando, buscó el móvil.
Jimena escuchaba con atención, pintándose medio ojo y riendo hacia el otro.
¿Y cuánto tiempo? susurró finalmente.
Unas dos semanas, creo Jimena, hay que hacerlo. De verdad Nico, a la defensiva. Es cirugía, y la mujer no tiene dónde quedarse.
Nico Pero, vamos a ver, hay hospital, ¿no? Puede quedarse en la planta, no es necesario
Sí, pero después tiene que volver a revisiones, hacer controles. ¿Va a ir paseando por Madrid con los ojos a medio curar? Por favor, Jimenita, tú eres anfitriona nata. Y Maruja es limpísima, agradable. Os llevaréis bien
Jimena suspiró. No me termina de gustar. Recuerdo la boda. Me miró por encima del hombro, nunca me tragó esa mujer
Claro que no, está loca por ti. Se lo contaré a Juanma Además
Nico, tu hijo tiene dieciséis años. ¿En qué le va a ayudar doña Maruja?
En todo, Jimena. ¡En la vida! Es sabia y experimentada. Bueno, ¿tienes pegas?
Jimena no quería, pero no se atrevía a decirlo claro. Vale, ¿para cuándo?
Del otro lado, movimiento. Al final, él confirmó: el domingo.
¿Pero este? ¿Mañana? miró con pánico el caos doméstico: botines en el pasillo, la colada colgando por todas partes. Nadie podía conocer ese otro orden salvo los de casa.
Los alumnos de logopedia jamás pasaban del salón. Si esperaban visita, entonces el ejército de limpieza barría desde la entrada a la azotea. A diferencia de sus amigas, Jimena siempre se avergonzaba de su pequeño desbarajuste un jersey olvidado por la mañana, una toalla torcida Había que disimularlo todo.
Pero ahora doña Maruja pasearía por toda la casa, y se vería que Jimena era mala anfitriona
Los suelos siempre limpios, hija, y la casa en orden repetía su madre. Eso es reflejo de tu cabeza. No eres limpia, ni ordenada, eres un zarrapastro, hija. ¿De verdad cuesta tanto colgar una blusa?
Jimena apretó los ojos, sacudió la cabeza como desoyendo al fantasma materno
El domingo que viene aclaró Nico.
Bueno, así nada respondió sin fe. Se lo comunicaré a Juanma
Eso le daba una semana para limpiar, fregar, colgar, planchar y abrillantar hasta las juntas de los azulejos. Juanma, ante el aviso de llegada de la canguro-fantasma que fue niñera de su abuelo, encogió hombros. Tranquila, mamá. Vivimos aquí. La que debe adaptarse, es ella. Si encaja, encaja; si no, pues mala suerte.
No vivimos, Juanma. ¡Estamos enmarañados entre trastos! Esta semana no tengo tiempo y ¡Venga, coge la Dyson y a limpiar! No pienso quedar mal ante los amiguitos de tu padre. ¡Que pensará cosas horripilantes! Y se lo contará a la abuela Encarna.
Encarna ya sabe todo, y no le importa Juanma se largó.
A Jimena casi la ahoga la ansiedad, pero al poco llegó su primer alumno: André, un gordito tartaja y simpático. André chapurreaba ejercicios de lengua, se sonrojaba cuando le elogiaban, y su maestra no dejaba de rastrear posibles manchas por el salón.
Las ventanas le cruzó una idea aterradora. ¡No he limpiado las ventanas!
La casa debe parecer que no tiene cristales, todo reluciente. Solo así eres buena en tu oficio oía la voz de su madre. Y tú, pesadita, nada más que desmanchas sin limpiar de verdad, ni cristales sabes dejar limpios
Nicolás volvió esa noche, quitó a Jimena de la limpieza, y en el camino al centro siguió contando historias sobre doña Maruja y cómo lo había rescatado de todos sus líos de chaval. Papá, ¡basta ya de la segunda abuela! ¡Hablemos de otra cosa! protestó Juanma.
Jimena le agradeció el parón.
La semana se fundió, como acelerada, hasta la víspera. El sábado, Nico fue a buscar a Maruja mientras Jimena cancelaba clases y organizaba el asedio.
Juanma fue enviado a la peluquería, el perro Rufo bañado y abrazado hasta que chillaba, y los cristales brillaban como prometió su madre.
A las tres llegaremos, Jimenita, no antes dijo Nico. Que nadie se ponga nervioso. Doña Maruja se siente culpable por interrumpirnos.
Vale, entendido. Para comer entonces.
Pensó en pollo asado, patatitas y ensalada. Preparar la mesa como manda el protocolo.
A las siete, Jimena mandó a Juanma con Rufo de paseo, se metió en la ducha, tarareó Y soñamos con que el cohete va a despegar, y, en bata, se dispuso a cepillarse los dientes. En eso, la cerradura chirrió, y la casa se llenó de voces: la de su marido, la de una señora entre azorada y emocionada, los aullidos felices de Rufo, el bufido resignado de Juanma.
En el espejo empañado vio a qué aspecto se enfrentaría la invitada: bata, el pelo caos, Rufo traía huellas en la tripa y la cocina seguía a medias
Aquí estamos dijo Nico, mientras traía una maleta roja descomunal; detrás entraba radiante doña Maruja, muy pomposa. Qué casa más linda, qué bien decorada, todo tan acogedor ¡Esto es un lujazo!
Pero Jimena sólo pensaba que allí estaba ella, anfitriona en bata, media melena y con Rufo dejando charcos. ¡Desastre! Seguro que doña Maruja ya empezaba a juzgarla, y ni tiempo de cambiarse.
Esta es tu habitación abrió Nico una puerta. Ponte cómoda, yo prepararé algo de picar. Ahora vengo.
Doña Maruja sonrió, cerró la puerta.
¿Por qué habéis venido tan pronto? chilló Jimena, saliendo de detrás de la cortina. ¡Me habéis pillado fatal! Así no, Nico, así no
Nico, sentado ya en la cama, no tenía ninguna prisa. ¿Qué pasa?
Que por qué tan pronto, hombre. Se puso el vestido, empezó a peinarse. Cierra por detrás.
Ah Tenía cita antes la mujer, no me acordaba. Decidimos venir antes dijo él, y fue hacia Jimena queriendo acercarse.
¿Y por qué trae tanto equipaje?
Uf Vosotras, las mujeres, nunca aprendéis a viajar ligero. Parecéis vendedoras ambulantes.
A Nico le hacía gracia su propio chiste
Se sentaron a desayunar huevo con pan, Juanma ayudó con las tostadas, y doña Maruja entró al final, los inspeccionó a todos y ocupó su silla junto a él.
Que aproveche. Qué paz se respira aquí. Jimena, ¿no os regalé yo una vajilla con granadas cuando os casasteis? ¿O fue a otros?
Jimena torció el gesto: aquel juego se rompió justo un día después de la boda, Nico perdió el equilibrio y lo hizo añicos.
Nicolás se encogía, ni recordaba nada de porcelanas.
Sería a otros Jimena llenó las tazas de café.
Ay, Jimena, aquí corre aire. ¿Me dejas cambiarme a tu sitio?
Juanma la miró extrañado, Jimena cedió confusa. Nicolás, protector, no lo dudó. Por favor, Jimena, déjale tu sitio. No sea que la constipe antes de la operación. Levantó a su mujer y aupó a la invitada.
Yo a Nico le crié de crío añadió Maruja de pronto. Siempre le cambiábamos el pañal; mal comedor, pero de buen fondo. Difícil era, sí
Jimena se atragantó, Juanma sonrió con malicia.
Joven, deberías ponerte a estudiar. Nicolás siempre lo hacía de mañana, le entraba mejor apuntó Maruja, llevándose platos de Juanma y mirando a Jimena.
Juanma, molesto, se fue resoplando.
Doña Maruja agradeció, se replegó en su habitación, movió cosas, llamó a Nico para pedir que le moviese la tele.
Tenéis pocos libros se quejó al despedir a Juanma para el partido. Le vendrían bien clásicos como Galdós. Traje una selección pequeña. Esta noche nos sentamos y repasamos bien lo que sabe y lo que no, Nico.
Claro, tía Maruja. Solo quiere fútbol, ¡se nos vuelve inculto! rió Nico, lanzando la bolsa de deporte a su hijo.
Nico sabía que doña Maruja paseaba siempre con Galdós en la mano, lo sacaba hasta en el teatro, lo colocaba junto a la tostadora. Decía que la hacían parecer más culta; leer, lo que se dice leer, nadie la vio nunca.
Despidieron a Juanma, salieron los hombres.
¿Tú cuándo tienes que ir al hospital? preguntó Jimena, mientras doña Maruja reorganizaba el recibidor.
A la una. Por cierto, ¿Juanma tiene novia? Nicolás siempre tuvo, desde el instituto. Y una de ellas era tan sumisa, como plastilina. ¿No te parece bien? Por cierto, deberíais quitar el perro del sofá. Y mover ese zapatero, está fatal colocado. Mira, mira, ¿ves? Ya lo he dado. Esas bailarinas, no deberías usarlas tanto, no dan soporte Bueno, me voy, gracias por acogerme.
Maruja acarició el hombro de Jimena y saltó al ascensor.
Jimena cerró despacio.
Mamá, ¿por qué se manda tanto doña Maruja? Hasta a Rufo le echa de su sitio, cuando a él le dejamos protestaba Juanma, acariciando al perro.
Bueno le sale así. Siempre fue educadora. Pero será poco. Aguanta un poco más, Juanma.
A Jimena le avergonzaba no ser ya la patrona de su casa. Pero no sabía cómo parar a aquella mujer que había criado a su marido.
Al anochecer, doña Maruja impuso hacer pimientos rellenos entre todos, y Nico no podía ser más servil.
La cosa fue a más. El lunes, doña Maruja programó alarma y les puso a todos a hacer gimnasia.
¿Pero cómo que te operan cuándo? preguntó Jimena, sudando tras burpees cronómetro en mano, Maruja controlando los 4010 del entrenamiento.
Juanma escapó rumbo al colegio a la segunda flexión. Nico se aplicaba.
¡Ánimo, Jimenita! ¡Tú puedes!
¿Entonces cuándo te operan? insistió Jimena.
Mañana. Pero estaré poco. ¿Vendrás a verme, Nico?
Es solo dos días, mujer. Va a ir de sobra contestó, aunque luego asintió.
Aquel lunes, las clases de logopedia no salían: enfermedades, escapadas El móvil ardía, los cuervos croaban fuera. Doña Maruja ponía a Mahler en su cuarto y cantaba a pleno pulmón Volver. A través de la puerta se la veía danzando.
Jimena se quedó un rato mirando en secreto.
Simplemente, está nerviosa explicó Nicolás. Cuando está así, siempre canta Mahler.
Por la tarde, invitó a Juanma a leer a Galdós; él se negó: ya lo había leído y no le apetecía repasar. Maruja se escandalizó, escuchó su opinión sobre Fortunata y Jacinta y el hecho de tener invasores en casa, se sobrecogió cuando Juanma dio un portazo, y llamó a Jimena, que mientras mascullaba al móvil que ya iría a Chamberí para dar clase a André.
¡No! rugió doña Maruja, cogiendo el teléfono. ¡No y mil veces no! Si quiere que su hijo aproveche de una logopeda reconocidísima, lo trae aquí ya mismo. Si no, aténgase a las consecuencias, de mayor tampoco irá a verla porque estará cansado. Tiene media hora. Si no viene, le borro. ¿Quién soy? Secretaria de Jimena Martín. Adiós.
Le devolvió el móvil a Jimena, que respiraba a golpes, pero al cabo estalló:
Mire, doña Maruja. No se meta en nuestra vida. Ni en mi trabajo. Ni mande en mi cocina. No me importa las veces que cambiase pañales a Nico. Se acabó. Quiero que haga lo que quiera, pero déjenos en paz. Rufo se tumbará donde yo diga, y comeremos conservas si me apetece. Este es mi hogar, mi vida y mis normas. Espero que le vaya bien la operación, y regrese pronto.
Juanma aplaudió, Rufo lloriqueaba, y doña Maruja, por fin dándole la espalda a la ventana, sonrió.
Jimena se quedó como de piedra. Esperaba pelea, pero:
Así se habla, Jimena. Nunca, nunca te doblegues. Di un no rotundo cuando algo no sea lo que toca. Me encantas; sólo tenía miedo de que fueras demasiado blanda, que te importase demasiado el qué dirán Pero hay que vivir como una quiere. Si no quieres que viva aquí, dilo. Se aclara y la casa se tranquiliza. Sé valiente, Jimena. Y perdona si me pasé. Siempre fui de provocar y estoy nerviosa con la operación, ¡mucho! Rufo, buen perro. ¿Te apetece manzana asada? Traje de mi casa.
Juanma puso los ojos en blanco. Las mujeres eran seres complicados, pero tanto
Alguien llamó al timbre. André, el tartaja, venía a clase. Salió con tarta de manzana. Su madre tiró tímida de Jimena a un lado, disculpándose y pidiendo que no la tachase de la lista. ¿O mejor hablo directamente con su secretaria?
No se preocupe, su hijo lo hace bien Jimena guiñó un ojo a Maruja.
Por la noche, cuando Nico y Juanma jugaban a la Play, doña Maruja se sentó a contar historias de aquel Nico pequeño de cómo arrancó el papel de su cuarto, cómo casi se ahogó en el estanque del Retiro y ella lo rescató arrastrándose por el hielo.
Y la niña esa, Rita, no me gustaba nada. Era muy blandita Las tazas con granadas, quien lo rompió tuvo suerte. Es para la buena suerte. Si a alguien le pasa eso es que viviréis siempre a gusto. Nico me adora, me lo perdona todo Tú, Jimena, también eres maravillosa
El dulce se derretía en la bandeja como el atardecer detrás de los edificios, saliendo una línea roja en el horizonte de Madrid.
Es hora susurró doña Maruja. A las ocho tengo que estar
Nico la sentó en el coche, condujo con la ciudad vacía. Jimena fue con ellos, sintiendo el temblor de Maruja junto a ella.
Te llamo esta noche. Y luego de vuelta aquí. Sin discusión.
Doña Maruja asintió. Le gustaba vivir con los jóvenes, era alegre, sobre todo Juanma tan distinto de Nico, más echado para adelante. Pero bueno, como él dice, esa es la naturaleza de cada cual. Conocerla es un mundo, cambiarla imposible, pero estudiar ¡hasta el infinito y más allá!



