Me llamo Beatriz y tengo ahora 49 años. Fui enfermera en el turno de noche en el Hospital General de Madrid. Dos décadas pasé recorriendo esos pasillos, he visto demasiadas cosas.
Hace años que me divorcié de Fernando; ocho exactamente. Desde entonces, mi hijo vive conmigo. Él se llama Álvaro, acaba de cumplir los 16. Siempre ha sido un buen muchacho, responsable, aplicado en los estudios. Nunca me dio disgustos.
Bueno, no es del todo cierto. Hubo uno. El más duro de toda mi vida, aunque no fue culpa suya.
Hace ya medio año, Álvaro empezó a quejarse de dolores de cabeza. Al principio pensé que sería un problema de vista, que quizás necesitara usar gafas. Le llevé al oftalmólogo por el centro de Madrid, pero su visión era perfecta.
Los dolores no cesaron. Poco después comenzó a tener náuseas por las mañanas. Yo pensé que podía ser alguna cosa del comedor del instituto, así que empecé a prepararle almuerzos caseros. Pero tampoco desaparecieron.
Hasta que un día por la mañana, lo encontré en el baño, vomitando y pálido como el papel. Me dijo que estaba mareado, que todo le daba vueltas.
No lo dudé y lo llevé directamente a urgencias. Analíticas, controles… Todo parecía normal. El médico que nos atendió dijo que quizás era cosa del estrés, que los adolescentes a veces convierten la presión escolar en síntomas físicos.
Pero yo llevaba dos décadas como enfermera, conocía ese instinto que no suele fallar. Sabía que aquello no era solo estrés.
Insistí en que le hicieran más pruebas. El médico pensó que exageraba pero, finalmente, aceptó realizar una tomografía.
Aquel día nunca se me borrará: martes, a media mañana. Me llamaron del hospital donde habían hecho el TAC y pidieron verme con urgencia. Fui casi corriendo desde mi turno.
Me recibió un neurólogo serio, rondaría los 50.
Señora, me dijo pausadamente, hemos hallado algo en la tomografía de su hijo. Es un tumor cerebral. Necesitamos más pruebas para saber qué tipo y qué extensión tiene.
El mundo se me vino abajo en ese momento. Yo, que tantas veces había transmitido malas noticias. Yo, que había compartido el dolor de tantas madres y padres. Nada me preparó para escuchar aquello sobre mi propio hijo.
Los días siguientes fueron de absoluto tormento. Resonancias, biopsias, consultas con oncólogos. Palabras frías, que antes me eran cotidianas, pero que ahora sonaban como sentencias.
Glioblastoma multiforme. Grado IV. Muy agresivo. Imposible operar tal y donde estaba. Tratamiento: quimioterapia y radioterapia para reducirlo si es posible, pero el pronóstico era sombrío.
Cuando el oncólogo fue sincero, Álvaro estaba sentado a mi lado. Mi niño, mi bebé, escuchando que tiene un cáncer terminal.
¿Me voy a morir? preguntó, con una entereza que me partió el alma.
El médico le respondió con esa compasión profesional que yo tantas veces había usado:
Vamos a hacer todo lo posible para que puedas tener más tiempo.
Más tiempo. No te vas a curar. No vas a estar bien. Solo más tiempo.
Esa noche, Álvaro me abrazó:
Mamá, no llores. Vamos a luchar juntos.
Y empezamos la batalla. Quimioterapia cada dos semanas. Álvaro perdió el pelo, el apetito. Vomitaba constantemente pero nunca se quejó. No preguntó nunca ¿por qué a mí?. Nunca dejó de sonreír.
Al principio sus amigos iban a visitarle a menudo; después, cada vez menos. Es difícil para chavales de esa edad enfrentarse a algo así.
Solo su mejor amigo, Javier, no dejó de acudir. Iban juntos al colegio desde pequeños. Javier venía a casa todos los días tras las clases; le contaba lo que ocurría en el instituto, le traía los deberes, se quedaban jugando a la consola, aunque Álvaro muchas veces apenas podía sujetar el mando.
Una tarde, mientras preparaba la cena en la cocina, oí la voz de Álvaro hablando con Javier en su cuarto. La puerta entreabierta.
¿Tienes miedo? preguntó Javier.
Todo el tiempo respondió Álvaro. Pero no se lo digo a mi madre. Ya tiene bastante.
¿A qué tienes más miedo?
A que mi madre se quede sola. A que sufra. A no poder despedirme bien de ella. A que crea que tiene alguna culpa.
Tuve que encerrarme en mi habitación para que no me oyeran llorar.
El tratamiento no dió el resultado esperado. El tumor siguió creciendo. Los médicos ya hablaron de cuidados paliativos. Enfocarnos en la calidad de vida el tiempo que nos quede juntos.
¿Cuánto tiempo? Nadie se atrevía a decir. Tres meses, seis quizás menos.
Esta misma mañana, Álvaro me pidió que le llevase al instituto. Hacía semanas que no iba: el agotamiento no le dejaba. Pero me dijo que quería ver a sus compañeros, sentirse normal al menos unas horas.
Así lo hice. Le ayudé a bajar del coche. Tan delgado, tan frágil. Sus compañeros le recibieron con abrazos y su profesora favorita le saludó con afecto. Volví a verle sonreír, a ese muchacho risueño de hace solo unos meses, antes de ser el chico enfermo.
Cuando le recogí, tres horas después, estaba rendido, pero feliz.
Gracias, mamá me dijo. Gracias por llevarme, por todo. Por ser la mejor madre del mundo.
No, hijo. Tú eres el mejor del mundo.
Tras un largo silencio, me habló con seriedad:
Mamá, cuando yo ya no esté, quiero que seas feliz. Quiero que vivas. No quiero que cargues con pena toda tu vida.
No hablemos de eso, Álvaro…
Tenemos que hablarlo, mamá. Los dos sabemos lo que puede pasar. Necesito que me prometas que vas a seguir adelante, que vas a recordarme con sonrisas, no solo con tristeza.
Le prometí, aunque sé que no será fácil.
Ahora duerme en su cuarto. He entrado a verle hace un rato. Duerme en paz, mi niño.
Mañana viene la enfermera de paliativos. Pasado, cita con el oncólogo. Ya sabemos lo que dirán.
Me siento en el salón con un café frío en las manos, mirando las fotos en la pared. Álvaro de bebé, en su primer día de colegio, en su décimo cumpleaños. Álvaro hace medio año, sano y sonriente, sin imaginar qué vendría.
No sé cómo se sobrevive al dolor de perder a un hijo, y menos a los 16 años. Con una vida entera por estrenar que no podrá vivir.
Pero por él resistiré. Seré fuerte mientras me necesite. Intentaré hacer que sus días sean felices; que lleve consigo el amor que nunca le faltó.
Cuando él ya no esté, no sé cómo lo haré. Eso será cuestión del futuro. Ahora, solo importa estar aquí, para él.
¿Cómo se le dice a un hijo cuánto se le quiere, cuando sabes que el tiempo se acaba? ¿Cómo se encierra una vida de amor en los días que quedan?







