¡Me debes, mamá!

**Tú me lo debes, mamá**

María conoció a su futuro marido en la calle. Se había quedado dormida y llegó tarde al examen. Corrió hasta la parada del tranvía, pero este se le escapó justo delante de sus narices.

—¡Vaya por Dios! —exclamó, dando una patada al suelo con rabia—. Ahora sí que voy a llegar tarde.

—Señorita, ¿adónde tiene que ir? —Un chico en bicicleta se detuvo a su lado—. Puedo llevarla.

—¿En bicicleta? ¿Está de broma? —contestó irritada.

—¿Y qué? Es mejor que ir andando. ¿O va a esperar al siguiente tranvía? Quién sabe cuándo pasará. —El chico la miró esperando su respuesta.

En aquella época aún no había móviles, los teléfonos públicos casi nunca funcionaban y llamar a un taxi desde la calle era imposible. ¿Qué tenía que perder?

—Llegaremos más rápido que en tranvía, cortando por los patios —la animó él.

María se mordió el labio, dudando, pero el tiempo corría. Se acercó a la bici y se sentó de lado en el portaequipajes.

—Agárrese bien —dijo el chico, empujándose del bordillo. La bicicleta zigzagueó al principio, pero pronto cogió velocidad. María casi se asustó y quiso bajarse, pero en diez minutos ya estaban frente a la facultad de Medicina.

—Gracias —dijo, notando el sudor en sus sienes—. ¿Ha sido duro?

—Un poco —reconoció él—. ¿Cómo te llamas? —Se apoyaba en el escalón del edificio, sus rostros a la misma altura.

—María, ¿y tú?

—Alejandro. ¡Suerte con el examen! —dijo antes de alejarse.

María lo siguió con la mirada y entró corriendo.

Cuando llegó al aula, los primeros ya estaban dentro. Los estudiantes repasaban apuntes apoyados contra la pared. María intentó calmarse, concentrarse. La puerta se abrió, dejando salir a un sonriente Sergio Molina con su libreta en alto.

—¿Sobresaliente? —preguntó.

—Notable —contestó él, orgulloso.

—El siguiente —anunció la auxiliar desde dentro, clavando la mirada en María—. Entra ahora, no avisaré dos veces.

María respiró hondo y entró. Cogió el examen, leyó las preguntas y supo que las dominaba.

—Número del examen.

—Trece.

—Toma papel y prepárate. ¿Quién está listo? —preguntó la auxiliar.

—Yo —respondió María sin dudar.

La auxiliar arqueó una ceja.

—¿Segura? Quizá deberías…

—Estoy segura —la interrumpió.

El profesor asintió, y María contestó con fluidez. Al salir, una compañera le preguntó:

—¿Qué tal?

—¡Genial! —contestó, conteniendo la alegría.

—¿A quién te tocó?

—Al catedrático. Hoy estaba de buen humor —dijo, bajando las escaleras con sus tacones repiqueteando.

Al salir, vio a Alejandro esperándola, su bicicleta apoyada en un árbol.

—¿No te has ido?

—Quería saber cómo te había ido.

—¡Bien! —sonrió.

—¿Vamos?

—¿Adónde? —preguntó sorprendida. No tenía planes, menos aún con un desconocido.

—Donde quieras. Podemos ir en barca al parque, al cine o simplemente pasear.

—¿No trabajas?

—Todavía estoy de vacaciones una semana —respondió.

Pasearon en barca, fueron a un café y luego al cine. Al despedirse al anochecer, María supo que estaba enamorada.

—¿Dónde estabas? Ya me preocupaba. ¿Cómo fue el examen? —preguntó su madre al entrar—. No es momento de distracciones. Si suspendes, te quedarás sin beca.

—No suspenderé —prometió.

Un año después, María y Alejandro se casaron. Él ya trabajaba; ella estudiaba. Alquilaron un piso pequeño y destartalado. ¡Y fueron felices allí!

Un año y medio más tarde, el padre de Alejandro murió de un infarto mientras daba clase. Su madre, destrozada, se perdió en el dolor. Alejandro, temiendo por ella, propuso mudarse a su casa. María aceptó. Cuidaba de su suegra, limpiaba, cocinaba… Pero la mujer la miraba como si no la reconociera.

Las sospechas de María se confirmaron: la suegra desarrolló demencia. Un año después, fue atropellada. Había salido a comprar leche, como hacía cada día para su difunto marido.

Quedaron solos en el piso. Con el tiempo, nació su hijo, David. Vivieron, pelearon, se reconciliaron… Hasta que todo estalló.

Alejandro se distAlejandro comenzó a distanciarse, criticando su peso, su peinado, hasta que una noche, en su cumpleaños, María lo escuchó decirle a otra mujer: “Pronto estaré libre de ella”.

Rate article
MagistrUm
¡Me debes, mamá!