**Los parientes llegaron… y se quedaron**
Nieves acababa de sacar un pastel de manzana del horno cuando llamaron a la puerta. Miró el reloj: las nueve y media de la mañana. Demasiado pronto para visitas.
—¡Voy, voy! —gritó, secándose las manos en el delantal y dirigiéndose a la entrada.
En el umbral estaban Valeria y su marido Gonzalo, cargados de bolsas y maletas. Su prima lucía arrugada y cansada, mientras que su esposo fruncía el ceño con cara de pocos amigos.
—¡Nieves, cielito! —balbuceó Valeria, abalanzándose sobre ella—. ¡Hemos venido a quedarnos contigo! No nos vas a negar ayuda, ¿verdad?
—¿Valeria? —Nieves los miró desconcertada—. ¿Qué pasa? ¿De dónde venís?
—De Zaragoza —refunfuñó Gonzalo, arrastrando un enorme maletón al recibidor—. Menudo viaje, con el tráfico que hay…
—Pasad, pasad —se apresuró Nieves—. Quitaos los abrigos. Pero no entiendo… No me avisasteis.
Valeria se quitó la chaqueta y la colgó en la percha.
—Nieves, verás, es que… hemos tenido un problemilla. A Gonzalo lo han despedido, estamos sin un duro. Y encima hemos tenido que vender el piso.
—¿Venderlo? —Nieves se quedó boquiabierta.
—Deudas, hipotecas… —Gonzalo hizo un gesto vago—. Total, que hemos pensado quedarnos contigo. Vives sola en un piso de tres habitaciones. Hay sitio de sobra.
Nieves parpadeó, sin dar crédito. Mientras, Valeria ya había entrado en la cocina y olfateaba el aire.
—¡Qué bien huele! ¿Es el pastel? Justo veníamos muertos de hambre. No hemos comido nada en todo el viaje, para ahorrar.
—Sentaos a la mesa —propuso Nieves, aún aturdida—. Ahora pongo el café.
Gonzalo se dejó caer en una silla y miró alrededor.
—No está mal tu piso, Nieves. Reformado, muebles decentes… Se nota que vives a cuerpo de rey.
Había un deje de reproche en su voz que pinchó a Nieves. Llevaba ocho años viuda, acostumbrada al silencio y al orden. Trabajaba en una biblioteca, con un sueldo modesto, pero suficiente.
—¿Y vuestras cosas? —preguntó, sirviendo el café.
—Ahí, en el recibidor —Valeria señaló las maletas—. Gonzalo, llévalo todo a la habitación.
—¿A qué habitación? —Nieves lo preguntó con cautela.
—Pues… a la que esté libre. Tienes tres, ¿no?
—Valeria, espera. Hablemos primero. No entiendo, ¿por cuánto tiempo venís?
Valeria y Gonzalo se miraron.
—Bueno, hasta que se nos arreglen las cosas —respondió ella evasiva—. Encontraremos trabajo, nos reharemos.
—¿Y eso cuándo será?
—¿Quién sabe? —Gonzalo cortó un trozo enorme de pastel—. Un mes, seis meses… Depende.
A Nieves le dio un vuelco el corazón. Sabía que negar ayuda a la familia en apuros quedaba feo, pero la idea de tener compañía permanente la aterraba.
—Nieves, no nos vas a echar a la calle, ¿eh? —Valeria le agarró la mano—. Somos familia. Y la familia se ayuda.
—Claro que no os echo —suspiró Nieves—. Pero es que… me ha pillado por sorpresa.
Para el anochecer, ya se habían instalado. Gonzalo, tumbado en el sofá con el mando, saltaba de canal en canal comentando en voz alta. Valeria revolvía la cocina, reordenando especias y lavando platos.
—Nieves, qué orden más raro tienes —observó, secando un plato—. La sal junto al té, el azúcar en el último estante. Lo he puesto todo como Dios manda.
Nieves contempló horrorizada el caos. Cada cosa en su casa tenía su sitio, todo estaba pensado. Y ahora no encontraba ni su bote de café.
—Valeria, ¿por qué lo has cambiado? A mí me funcionaba.
—Anda, qué tontería. Así no se puede. Yo tengo buen ojo para estas cosas.
—¡Eh, mujeres! —gritó Gonzalo desde el salón—. ¿Y la cena? Que me muero de hambre.
—Ahora, ahora —se apresuró Valeria—. Nieves, ¿qué tienes para cenar?
Nieves abrió la nevera. Había un poco de jamón, queso y dos huevos: su cena habitual para varios días.
—No hay mucho —dijo con timidez.
—¡Pero si no es nada! —exclamó Valeria—. No llega para tres. Gonzalo, coge dinero, vamos al súper.
—¿Qué dinero? —refunfuñó él—. Nos quedan cuatro perras para la gasolina.
Todos miraron a Nieves. Ella entendió y sacó la cartera.
—Tomad lo que necesitéis —dijo, tendiendo unos billetes.
—¡Ay, gracias, cielo! —se alegró Valeria—. ¡Eres una hermana de verdad! Te lo devolveremos en cuanto nos enderecemos.
En el súper, Valeria compró provisiones para una semana: jamón caro, salmón, tarta, bombones. Nieves pagó en silencio, calculando que acababa de gastarse media paga.
—¡Ahora sí que viviremos! —Gonzalo se frotó las manos—. Porque solo con jamón no se va lejos.
Esa noche, cuando por fin se acostaron en su antiguo despacho, Nieves se quedó en la cocina intentando asimilarlo todo. Solía acostarse a las diez, pero eran casi las doce. Gonzalo había puesto la tele a todo volumen, Valeria trajinaba con la vajilla y no paraba de hablar.
—Nieves, ¿qué haces despierta? —Valeria salió en bata—. Venga, otro cafelito y charlamos.
—Valeria, es tarde. Mañana trabajo.
—Anda, qué exagerada. Tu biblioteca no se va a hundir. Cuéntame, ¿no te aburres viviendo sola?
—No.
—¿Y ningún hombre? ¿Siempre viuda?
Nieves torció el gesto. No le gustaban las preguntas personales.
—Nadie.
—Qué pena. La mujer necesita un hombre que la proteja. Mira Gonzalo: aunque es un gruñón, es leal. Daría la vida por mí.
—Valeria, ¿y si nos vamos a dormir?
—Sí, claro. Pero mañana necesito tu lavadora. Tenemos un montón de ropa sucia. Ah, y ¿puedo usar tus cremas? Se me ha secado mucho la piel.
A la mañana siguiente, Nieves se despertó con el estruendo de la cocina. Valeria freía algo, Gonzalo tosía y escupía en el fregadero. Su rutina matutina de silencio y tranquilidad había desaparecido.
—¡Buenos días! —gritó Valeria—. ¡Huevos con chistorra y tomate!
—Gracias, pero yo no desayuno en casa —dijo Nieves—. Llego tarde.
—¡Qué va! Tómate algo, que estás en los huesos.
—Valeria, de verdad, me voy.
Nieves bebió un café a toda prisa y salió. En el recibidor, tropezó con una maleta.
—¡Gonzalo! —gritó Valeria—. ¡Quita eso, que Nieves se va a matar!
—¿Y dónde la pongo? —refunfuñó él—. No hay espacio.
En el trabajo, Nieves no podía concentrarse. Sus compañeras notaron su distracción.
—Nieves, no estás bien hoy —dijo la jefa—





