Todos en el barrio sabían que Juan era un zopenco, un patoso, un cabeza loca, un zoquete. El apodo dependía de sus meteduras de pata, que variaban en tamaño, y del enfado consiguiente de su mujer, que también cambiaba de intensidad.
Para su marido, Irene era: “Mi Conejita”, “Mi Zorrita”, “Mi Sol” o “Mi Golondrina”. Al oír sus gritos, la gente pensaba cuándo le plantaría cara ese zopenco a la conejita, pero recordando que también era un zoquete, aclaraban: Nunca. Juan podía hacerse el sordomudo, sin reaccionar a los chillidos o insultos de su mujer. Justo esa calma e indiferencia ante su rabia eran la causa de sus ataques prolongados. Cansada de gritar, Irene se iba de casa. Un nudo de rabia le cerraba la garganta ahogándola. Su cara se llenaba de manchas rojas, las manos le temblaban y la voz se le ponía ronca. Quería llorar, pero no le salían las lágrimas. Y Juan, una vez se marchaba, le decía con voz queda: “¿Y tú, Conejita, a dónde vas?”
Los primeros años fueron de convivencia tranquila y en armonía. Si a Irene alguien le hubiera dicho que esa paz se convertiría en discusiones continuas y broncas, no se lo habría creído. Se había casado con su amor, con un tío del que estaba loca, no con un zoquete. Juan trabajaba de soldador, ni bebía ni fumaba, tranquilo como un oso en su cueva, siempre positivo, feliz con su vida. Las mujeres de hombres bebedores o de juerga lo ponían como ejemplo, así que Irene estaba orgullosa. Decidieron no tener hijos enseguida. Querían construir un trastero, un garaje y comprar coche. La cooperativa les asignó una casa e Irene quería acondicionarla a todo lujo.
Juan era muy lento, o quizás vago. El trabajo siempre le esperaba; riéndose decía: “Las tareas nunca se acaban. Hay que dejar pasar el tiempo. Para qué correr? Si no me apetece, ni me molesto. Eso no es trabajar, es explotarse”. Tampoco tenía ganas de ser el amo de la casa. Irene se echaba cualquier tarea al hombro y lo hacía igual de bien que Juan: labrar la huerta, pintar la casa, cortar el césped, partir leña para la caldera.
Por suerte la casa tenía todas las comodidades y ya no tenía que cargar con el agua. Prefería hacerlo ella, más rápido, antes que conseguir que su marido se moviera. Una noche, un tremendo estruendo en la cocina les despertó. Las baldosas que Juan había puesto se habían desprendido desde arriba. Irene le llamó manazas y al día siguiente trajo a un profesional.
Llegó del trabajo un atardecer y no reconoció su jardín: patas vacunas de la vaca del vecino lo habían destrozado, las flores pisoteadas, porque Juan no cerró el cancel. Cada día la irritaba más la lentitud, la pereza y la indiferencia de su marido.
Junto a su casa había otra, abandonada. Sus ancianos dueños habían muerto, y los herederos cortaban la maleza de vez en cuando, pero al final dejaron todo de la mano. Hasta que una lujosa berlina aparcó allí. Era el nieto del abuelo Antonio, que venía con su familia para quedarse a vivir.
Había trabajado en Frankfurt, donde se casó, y volvía a su tierra. Frankfurt era sólo para ganar dinero; para vivir, su pueblo. Daniel empezó a restaurar la vieja casa. Fue entonces que le enseñó a Irene lo que era no soltar las riendas del trabajo. Dio la talla como albañil, soldador y electricista, y en todo lo que hacía, su mujer no estaba. Ella sólo cuidaba la casa y al niño.
Irene, viendo al vecino, se enfadaba más con Juan. Estaba harta de ser fuerte, quería ser débil y tierna. Le insistió muchas veces en las tareas que debería hacer un hombre, pero Juan no era un líder ni en ello ni en casa; le iba bien en segundo plano. Irene, agotada, se enfurecía más a menudo y empezó los insultos. La gente la empezó a ver como una pesada, y a él, un pobre hombre. Empezó a pensar en divorciarse, pues no podía con todo el peso del hogar. Comparaba a Juan con el vecino constantemente, y él sonriendo le contestaba: “La lana del carnero ajeno siempre parece más gruesa”.
Juan no captaba las indirectas sobre el divorcio. Otras mujeres sufrían por maridos borrachos o de juerga, mientras ella, ni maltratada ni maldecida, querida y con un divorcio. Él ni la insultaba, ella hacía y salía donde quería, y del dinero nunca supo en qué lo gastaba. “Bueno, sí, soy lento, pero para qué las prisas? Por qué agobiarse sin motivo? Y por qué iba a decirle a mi mujer qué tiene que hacer? Ella, que es la cabeza de familia, sabe más. Claro que no sé que baldosa va donde, pero gano bien, basta con contratar alguien. Claro que el domingo quiero descansar; ella también, que pare de buscar tareas escondidas. Para qué mirar a la casa del vecino? Cada persona tiene su carácter y velocidad en lo laboral. No pillo, para qué quiere mi Conejita el divorcio?” Juan suspiró en el sofá, se rascó la cabeza, y se calmó.
Irene llevaba leche para el niño vecino cada tarde. Beatriz la invitó a cenar; una excusa para abrir una botella de vino. Daniel, como un señorito, estaba a la mesa, mientras Beatriz, como una criada, le atendía: “La sal, que siempre pones poca, y además sin picar! Lo mío es que esté bien frito! Con este vino se merece mejor. ¿Y las servilletas? ¿El sacacorchos? Está frío! Por qué lo has recalentado? Tráeme esto! Llévate lo otro! Cállate, que yo sé más! No te pregunté!” Así fue toda la cena.
Lloró Dani e Beatriz se fue con él. Irene, sin saber de qué hablar, preguntó por los muebles que Beatriz quería. Llegó la mujer, entendió el tema, intentó meter baza y explicar sus gustos. “¿Qué compremos? Yo decido!
Todos los vecinos sabían que Iván era un inútil completo, ora borrego, ora cabrón, ora perro, según la metedura de pata del momento. Las loquitas de Irene para él, en cambio, siempre eran dulces: Conejita, Zorrita, Solecico, Golondrina. Al oír sus gritos, los vecinos se preguntaban cuándo ese carnero plantaría cara a su conejita, pero recordando que también era un animal sin cuernos, concluían: jamás. Iván se hacía el sordo, ignorando los insultos de su mujer. Precisamente esa calma y su indiferencia ante su rabia encendían aún más los ataques de la furia, hasta que Irene, exhausta, salía de casa ahogada por un nudo en la garganta, la cara manchada, las manos temblorosas. Y Iván, mientras ella se iba, murmuraba: “Oye, Conejita, ¿adónde vas?”.
Los primeros años de casados fueron tranquilos y armoniosos. Si alguien le hubiera dicho a Irene que aquella paz se convertiría en pura bronca, no lo habría creído. Se casó por amor, con quien adoraba, no con un zoquete. Iván era soldador, ni bebía ni fumaba, tranquilo como un oso en invierno, siempre satisfecho. Las mujeres de los borrachos y womanizers lo ponían como ejemplo, e Irene se sentía orgullosa. Decidieron esperar para tener hijos: primero construir una sauna, un garaje, comprar coche. El pueblo les cedió una casa y ella quería dejarla perfecta.
Iván era muy lento, quizás vago. La obra siempre podía esperar: “No se acaba nunca, para qué correr. Si no apetece, ni te molestes; eso ya es explotarte a ti mismo”, decía riendo. Irene, en cambio, lo hacía todo: cavar la huerta, pintar la casa, segar el césped, partir leña para la sauna. Como la casa tenía todas las comodidades, al menos no tenía que acarrear agua. Prefería hacerlo ella, más rápida, que esperar a que Iván se animara. Una noche, un estruendo en la cocina los despertó: el azulejo que Iván puso se había desprendido entero de la pared arriba a abajo. “¡Manazas!”, le espetó Irene, y al día siguiente trajo a un profesional.
Otra tarde, al volver del trabajo, no reconoció su jardín: destrozado por las pezuñas de la vaca del vecino porque Iván dejó el portón abierto. Cada día la exasperaban más su lentitud, su pereza, su pasotismo.
Junto a su casa había una finca abandonada donde vivieron unos abuelos. Los herederos la dejaron pudrirse. Hasta que un día apareció un todoterreno caro. Era el nieto de Don Pedro, que volvía con su familia desde Zaragoza, donde trabajó y se casó, pero ahora se establecía en su tierra natal. Zaragoza fue para ahorrar; para vivir, su pueblo. Daniel empezó a reformar la vieja casa. Ahí mostró a Irene lo que era no soltar las herramientas. Demostró su maña como albañil, soldador y electricista, y su mujer, Sofía, nunca estaba con él. Solo se ocupaba de la casa y del niño.
Irene, al ver al vecino, se enfurecía cada vez más con Iván. Estaba harta de ser la fuerte; quería ser frágil y mimada. Insinuaba, empujaba a Iván a hacer lo que “debe hacer un hombre”, pero él no tenía carácter de líder; le iba bien en un segundo plano. Irene, agotada, gritaba e insultaba más. La gente la veía como una bruja amargada y a él, un pobre hombre. Empezó a pensar en divorciarse; no podía carrear ella sola con todo. Ponía a Daniel como ejemplo, e Iván, sonriente, contestaba: “Siempre el borrego del vecino tiene los cuernos más chulos”.
Iván no captaba las indirectas sobre el divorcio. Otras sufren con borrachos o womanizers, ¿y ella, mimada, sin un rasguño, quería separarse? Si jamás la maltrataba, hacía lo que quería, iba donde le daba la gana, y del dinero, ni idea de en qué lo gastaba. “¿Y si soy lento? ¿Para qué las prisas? ¿Por qué armar follón? ¿Para qué voy a decirle a mi mujer cómo hacer las cosas? Ella manda en casa. Claro que no soy maestro alicatador, pero gano bien; puedo pagar a alguien. Si quiero descansar el domingo, pues que ella descanse también, sin buscar trabajo escondido. ¿Para qué fisgar en ventanas ajenas? Cada cual es como es. ¿Por qué querrá la Conejita divorciarse?”, suspiraba Iván, viendo la tele, mientras se rascaba la cabeza y se calmaba.
Todas las tardes, Irene llevaba leche para el niño vecino. Sofía la invitó a cenar y abrieron vino. Daniel se sentó a la mesa como un señor, y Sofía como su sirvienta: “Tráeme sal, ¿otra vez sin sazonar? ¡Y no pica nada! ¡Sabes que me gusta bien frito! Con este vino pidió más. ¿Dónde están las servilletas? ¿El sacacorchos? ¡Ya está frío! ¡La recalentaste demasiado! ¡Trae! ¡Calla, yo sé más que tú!”. Toda la cena fue igual.
Al llorar el pequeño Nico, Sofía salió con él. Irene, sin saber cómo seguir, preguntó por los muebles nuevos que Sofía mencionó. Cuando volvió la dueña e intentó explicar lo que quería, Daniel la calló: “¡Compro lo que quiero! ¡Para qué quieres tú opinar! ¡Todos muy valientes para gastar, pero ganarlo es otra cosa!” Irene perdió el ánimo. Viendo cómo trataba a su tímida esposa, insultó a Daniel mentalmente, pero decirlo en voz alta sería hacer un enemigo para siempre. Miró aquella “pareja feliz” y se fue a casa, infeliz.
—Conejita, ¿dónde estabas? ¿Un té? Lo preparé como te gusta.
Irene abrazó a su marido. Él la miró la mar de sorprendido.
—Cojonuda, Conejita; dame un soplido, ¿eh? Les llevaste leche y te dieron tinto, por eso estás tan cariñosa y alegre.
A Irene le dieron ganas de tirar los defectos de su marido por la borda, olvidar el divorcio, dejar de mirar a otros y limpiar bien sus propios cristales.
—Vane, ¿qué te hago mañana para comer?
—Lo que quieras tú, a mí me da igual. Lo que te dé menos trabajo.
—Venga, Vane, quiero muebles nuevos.
—Pues cómpralos, tú sabrás, a mí me trae sin cuidado dónde sentarme para ver la tele.
Y mientras Irena abrazaba más fuerte a su Javier, pensó que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, y se acurrucó feliz en su refugio tranquilo.





