Lo último que me faltaba…

El colmo…

Mariana vivía sola. Con su marido no habían logrado tener hijos. Al principio lo intentaron, luego pensaron en adoptar, pero fue ella quien lo decidió—a él nunca le importó demasiado. Le bastaba con cómo estaban las cosas. Quizá Mariana tardó demasiado en dar el paso, dudando, reflexionando, y cuando pasó los cuarenta, desistió. La verdad, le dio miedo.

Su marido, Álvaro, era aficionado al senderismo: mochila, tienda de campaña, canciones alrededor de la hoguera. Y la verdad, tocaba bien la guitarra. Extrovertido, amante de las quedadas, de estar rodeado de gente.

De joven, a Mariana también le gustaba esa vida. Pero con los años empezó a cansarse. Estar todo el fin de semana caminando bajo el sol, volver el domingo por la noche, ducharse a toda prisa y entrar el lunes al trabajo con picaduras de mosquitos, la piel reseca y las uñas hechas polvo. Soñaba con dormir hasta tarde, con un baño caliente, no lavarse en agua helada de río o en algún charco sucio. Quería un váter normal, no agacharse entre los arbustos mientras los mosquitos la acribillaban.

Hasta de las aventuras se cansa uno cuando se repiten demasiado. Le empezó a doler la espalda, las rodillas no aguantaban. Y dejó de acompañar a Álvaro.

Él, en un gesto de solidaridad, faltó un par de veces. Pero se le veía triste, inquieto. Así que ella le insistió: “Ve sin mí”. Y se le iluminó la cara.

—¿Para qué dejar que un hombre salga solo? Te lo digo yo, alguna lo enganchará. Con el tiempo se le habría pasado —la regañó su amiga Laura.

—Si en todos estos años no lo hizo, difícil que pase ahora.

—No seas ingenua. Un hombre siempre vale, a cualquier edad —dijo Laura, moviendo la cabeza.

—¿Y qué? ¿Que vaya con él, sufriendo, solo para que no me sea infiel? Ni hablar. Si quiere engañarme, lo hará en casa. No hace falta irse al monte. Además, nosotros salimos siempre con el mismo grupo.

—Ya, ya —respondió Laura.

Desde entonces, Álvaro ya no la invitó. Iba solo. Poco a poco, la distancia entre ellos creció. Ya no compartían conversaciones, ni recuerdos. Pero Mariana no notó nada raro.

Hasta que un día volvió distraído, ausente.

—¿Qué tal la ruta esta vez? —preguntó ella mientras calentaba la sopa.

—La de siempre, ya la conoces. Había gente nueva.

—¿Y las fotos? ¿Me enseñas lo que sacaste? —intentó animarlo, sacarle palabras.

—Te he dicho que fue la ruta de siempre —él clavó la mirada en el plato.

Mariana fingió creerle. Pero sintió en el pecho ese presentimiento del que Laura le había advertido.

Él guardó silencio tres días, hasta que al fin habló.

—Perdona. Me he enamorado. En serio. Nunca pensé que me pasaría —dijo, evitando su mirada.

—¿Tan de repente? —se sorprendió ella.

—Vino en mi lugar. Ha ido en varias salidas. No puedo vivir sin ella.

—¿Es joven?

Él calló.

—Ya. ¿Y qué vas a hacer? ¿Irte con ella? —Mariana respiró hondo, aguantando las lágrimas, el impulso de gritar, de reprocharle todo.

—Ella también se está divorciando. Tiene un hijo. No tiene donde vivir, no puedo traerla aquí. Cambiemos el piso. —Por primera vez, Álvaro la miró a los ojos.

—¿Y por qué no cambia ella el suyo?

—Es del marido. Si no estás de acuerdo, pues… no sé… —Se levantó y empezó a pasearse nervioso.

El piso era de los dos, comprado durante el matrimonio. Todo en ella se rebeló ante la propuesta, pero tras pensarlo, aceptó, reservándose elegir su nueva casa. Duele ver cómo se le iluminan los ojos al otro.

—No, sabía que eras tonta, pero no tanto —dijo Laura llevándose un dedo a la sien.

—Tienes razón. Pero hay un niño. No es culpa suya. No soy una bruja. ¿Para qué quiero un piso grande sola?

Tuvo suerte: el estudio que le tocó era luminoso, en el mismo barrio, cerca del trabajo, recién reformado. Del piso de Álvaro no quiso saber nada. ¿Para qué?

Se quedó sola. En un estudio, sin marido, sin hijos. Con el tiempo se acostumbraría.

Una noche, sonó el teléfono. Era su hermano, Javier. Él solo llamaba cuando pasaba algo grave; la última vez, cuando murió su padre.

Mariana había venido a estudiar a Madrid desde un pueblo pequeño. Vivió en una residencia, luego se casó… Para su familia, ella era “la rica”. Piso propio, trabajo fijo. Claro, para ellos, eso era riqueza. Esperaban regalos caros. Al principio visitaba a menudo, pero las miradas reprobatorias, los comentarios… La hartaron. ¿Cómo explicar que un piso no es lujo, sino necesidad? Que vivir en la ciudad es caro.

Para sus padres, Javier era el preferido. “El hijo que cuidará de ellos”. Todas las conversaciones giraban en torno a él. Mariana se sintió desplazada. Y dejó de ir. Luego vino la obsesión de Álvaro por el senderismo, y ya no hubo tiempo.

Su padre murió hace diez años. Fue la última vez que pisó el pueblo.

Nada bueno auguraba esa llamada.

—¿Javi? ¿Qué pasa? —preguntó, preparándose para lo peor—. ¿Mamá?…

—No, no. Vive. Aunque está mal, casi no sale. Ya sabes, la edad. ¿Podrías venir?

—Ahora no puedo. Quizá dentro de un mes.

Aliviada porque su madre seguía viva.

—Verás… —Javier titubeó—. Nuria me ha dejado —confesó al fin—. Dice que está harta de cuidar de mi madre, que vivimos en dos casas… En fin, se llevó a los niños y se fue. Y yo, ¿qué hago? Soy hombre, no sé llevar una casa. Trabajo. Mamá no ayuda, hay que cuidarla.

Total, que no estoy solo. Vivo con otra. Espera un hijo. No puedo cargarle también a mi madre. Ayúdame, llévatela contigo.

—¿A quién? —no entendió si hablaba de su madre o de la nueva pareja.

—¡A mamá, obvio!

—Y la otra…

—Mi mujer. Bueno, no estamos casados…

“Debe de ser feliz. Se le nota en la voz”, pensó Mariana.

—¿Y dónde la meto? También me he separado, vivo en un estudio.

—Pues mejor, así hacéis compañía. Y está su pensión. Es que no se lleva con Luisa. Ven, llévatela. Aquí se va a morir sola.

Por mucho que protestó, no hubo alternativa: tendría que llevarse a su madre. Tomó unos días libres y fue al pueblo. Su madre la reconoció, aunque sin entusiasmo. Envejecida, frágil. Pero accedió a irse con ella. Y Mariana vio la realidad: Javier bebía. No era casual que su mujer huyera.

No llevó nada consigo. Todo estaba viejo, roto. Su hermano no se preocupaba por ella. Le compraba ropa barata, le daba sus sobras. Javier las acompañó a la estación, les hizo un gesto de despedida. Y jamás volvió a llamar.

Al llegar a Madrid, comprendió su error. Debía haber comprado un sofá cama antes. El suyo era bueno, ergonómico—su espalda lo agradecía—, pero solo había uno. Esa noche aguantarían, mañana compraría otro.

Pagó de más para que lo”Gracias a Dios que no tiré el sofá de mamá”, pensó Mariana, resignada, mientras escuchaba los pasos de su sobrino en el pasillo.

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MagistrUm
Lo último que me faltaba…