¡Llegando tarde! En tres minutos, se sumerge en el baño, se maquilla, se pone el abrigo y las botas, y luego toma el ascensor.

«¡Madre mía, llego tarde!» Marta López se despertó de un salto, con el tiempo justo para convertirse en un torbellino de eficiencia. En tres minutos escasos, logró lo imposible: maquillarse a trompicones, enfundarse el abrigo y las botas, y salir disparada hacia el ascensor, todo mientras maldecía al despertador por su traición.

La calle madrileña la recibió con una llovizna típica de septiembre, pero Marta no tenía tiempo para paraguas ni remilgos. Perder el autobús significaba enfrentarse a don Antonio, su jefe, un hombre cuya tolerancia ante los retrasos era tan escasa como la paciencia de un toro en plena faena. Un minuto de retraso equivalía, en su mundo, a una reprimenda épica y la amenaza de «ajustar plantilla».

Mientras corría, ya se despedía mentalmente de su bonus navideño, su día libre pendiente y hasta del café de las diez con sus compañeras. La gente a su alrededor, igual de estresada, parecía una procesión de zombis con paraguas. Hasta el cielo se había puesto dramático, como si quisiera sumarse al caos.

A doscientos metros de la parada, Marta frenó en seco. Junto a un banco desgastado, un gatito empapado intentaba maullar, pero solo le salía un sonido parecido al de un violín desafinado. «¿Sigo o lo ayudo?», pensó. Sabía que don Antonio la fulminaría con la mirada, pero ¿dejar a esa bolita de pelo tiritando? Ni hablar.

Al acercarse, vio que el animal cojeaba. «¡Ay, Dios mío! ¿Quién te ha hecho esto, cariño?». Sin dudarlo, lo envolvió en su bufanda (blanca, ahora arruinada) y echó a correr de nuevo, esta vez con un pasajero extra. «Total, si me despiden, al menos me quedo con el gato», razonó.

Su plan de colarse sigilosamente en la oficina fracasó. Justo al doblar el pasillo, se topó con don Antonio, quien, con los brazos cruzados y ceño fruncido, soltó: «¡López! ¿A qué hora se presenta? ¿O ahora trabajamos cuando nos da la gana?». Marta, temblorosa, abrió un poco el abrigo. El gatito asomó la cabeza y lanzó un «miau» patético.

«Estaba herido, don Antonio No podía dejarlo ahí», balbuceó, con lágrimas y mocos incluidos. Ya se veía limpiando su escritorio cuando su jefe, inesperadamente, sacó un papel y escribió una dirección. «Llévelo a esta clínica. Ahora. Y no vuelva hoy».

Marta se lo quedó mirando, convencida de que era su fin. Hasta que don Antonio añadió: «Hoy y mañana son sus días libres. Y eso del gatito bien hecho».

En la clínica, el veterinario, un señor con pinta de abuelo cariñoso, le reveló que el gatito solo tenía un esguince. «Conocí a don Antonio de pequeño», contó entre risas. «Rescataba perros de las alcantarillas y se peleaba con los chavales que molestaban a los gatos. Ahora dona medio sueldo a protectoras, pero con la gente bueno, desde lo de su familia, ya sabe».

Esa noche, con el gatito (ahora llamado «Pepito») ronroneando en su regazo, Marta recibió una llamada. «¿Cómo está el paciente?», preguntó don Antonio. Acabaron cenando juntos, hablando de animales hasta que el camarero les echó.

Y así, entre rescates de mascotas y cafés compartidos, Marta descubrió que hasta los jefes más cascarrabias esconden un corazón blandurrio. Y Pepito, por su parte, jamás volvió a pasar frío.

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MagistrUm
¡Llegando tarde! En tres minutos, se sumerge en el baño, se maquilla, se pone el abrigo y las botas, y luego toma el ascensor.