**El miedo a ser madrastra: Elisa rehúye casarse con un viudo**
La madrastra notaba claramente que Elisa no quería casarse con el viudo, no porque él tuviera una hijita o fuera mayor, sino porque le daba un miedo terrible. Su mirada fría penetraba hasta lo más hondo del corazón, y el temor hacía latir su pecho con fuerza, como si intentara defenderse de aquellas flechas lanzadas por sus ojos. Elisa mantenía la vista baja, sin atreverse a alzarla, y cuando lo hacía, todos veían que sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Esas lágrimas rodaban por sus mejillas, enrojecidas por la vergüenza. Sus manos temblaban, y sus pequeños puños se cerraban como queriendo protegerse de la madrastra y del pretendiente que le había impuesto. Traicionada por sus propias palabras, maldiciendo su debilidad, murmuró: “Me casaré”.
Pues quedamos así. ¡Qué pecado rechazar un hogar así, con un hombre como él! Con su primera mujer se portó como un caballero, la trató como a una dama. Ella era débil, enfermiza, siempre tosiendo. Caminaban juntos, él tres pasos, ella uno. Se detenía a recuperar el aliento, y él la abrazaba, paciente, sin protestar como tu padre, que está loco.
Cuando ella quedó embarazada, apenas se la veía caminar. Pasaba los días en cama, y tras el parto, él mismo se levantaba de noche para atender a la niña, mientras su esposa se consumía. Así lo contaba su suegra.
¡Pero tú estás sana como una manzana! Te sentará en el rincón más cálido de la casa. Eres hábil, sabes trabajar el campo, hilar y tejer. Sería un pecado dejarte soltera, con jóvenes inmaduros que aún no saben lo que quieren. Este hombre es sincero, todo el mundo lo conoce. ¡Qué suerte has tenido!
Organizaré una gran fiesta, aunque para un viudo no hacen falta bodas; no vamos a molestar a la difunta con bailes. Ni siquiera hace falta preparar ajuar, dijo que la casa ya está llena de todo.
Jacobo se casó con su primera esposa por amor, sabiendo que Adela era enfermiza y frágil. Su madre le decía que un hombre guapo y fuerte como él necesitaba una mujer, no una niña, pero él no escuchó razones. Solo quería a Adela, y punto.
En el pueblo corrían rumores de que ella lo había hechizado, porque solo un loco, alguien que no había vivido, elegiría convertir su vida en un hospital de sufrimientos. Los médicos decían que los pulmones de Adela eran débiles, que un simple resfriado podía convertirse en neumonía, luego en asma, y quién sabe qué más.
Jacobo creyó que su amor alejaría la muerte de su esposa, que cuidándola, la enfermedad retrocedería. Al principio, tras la boda, todo fue perfecto. Los jóvenes esposos no cabían en sí de felicidad.
Pero cuando Adela quedó embarazada, todo su cuerpo pareció derrumbarse. La debilidad, los mareos, el sueño constante la dejaron tan frágil que no podía lavar, ordeñar las vacas, ni siquiera peinar su hermosa melena.
Los médicos decían que era el típico malestar, que tras el parto se recuperaría. Jacobo cuidó a su esposa sin quejas. Su madre no paraba de reprocharle haber llevado a casa un problema en vez de una mujer fuerte. Él defendió a su esposa como un águila su nido y hasta pidió a su madre que no los visitara.
Adela dio a luz una niña, y Jacobo esperaba que la alegría regresara a su hogar. Y así fue, pero no por mucho. Un simple resfriado bastó para que Adela nunca se recuperara del todo. Se consumió ante sus ojos.
La llevaron al hospital, pero el médico fue claro:
Sus pulmones ya no dan más.
Lo dijo sin rodeos, como se habla en el campo. Adela supo que le quedaba poco. Al principio, aguantó sin demostrarlo. Su sonrisa, más un gesto de dolor que de alegría, y sus ojos, llenos de miedo por el mañana, por su hija, lo decían todo.
Su sonrisa parecía despedirse, pidiendo que la recordaran feliz. Su delgadez, los huesos marcados en la espalda, el pecho hundido, los dedos secos, todo hablaba de la muerte que rondaba, esperando su último suspiro.
Sintiendo su fin, Adela pidió a su esposo que escuchara su último deseo.
Nadie puede cambiar los planes de Dios. Nuestro amor ya no puede luchar más contra la muerte. No tengo fuerzas. Me disculpo por haberte condenado a sufrir, a ti y a nuestra hija.
Jacobo tomó sus manos ardientes y las besó. Por su respiración entrecortada, supo que se apresuraba a decir algo importante. Sintió que solo le quedaban minutos.
Habló de su amor por ellos, de su preocupación por su hija, jadeando. Luego, respiró hondo y dijo lentamente:
Cásate con Elisa. Será una buena esposa, tú eres un buen hombre, un buen padre, y ella será una buena madre. Ha sufrido tanto como yo, con madrastras y padres crueles. Su vida me conmueve, y mi madre es amiga de su familia. Sus ojos de halcón lo ven todo antes de que pase.
Elisa es cariñosa, trabajadora, paciente. No hará daño a nuestra hija, y te amará. Trátala como me trataste a mí. Perdóname por pedírtelo, pero mi alma también está oscurecida por el dolor. Dios decidirá tu destino, pero recuerda: no hagas sufrir a nuestra hija, o te maldeciré desde el otro mundo.
Sus últimas palabras las pronunció con firmeza, apretando la mano de Jacobo con todas sus fuerzas.
Él lloró, sus lágrimas cubrieron el rostro de su esposa. Sintió cómo se iba. Su expresión angelical, con una sonrisa en los labios, mirando fijamente un punto. Su mano siguió apretando la suya.
Jacobo la besó de la cabeza a los pies, susurrando promesas de cumplir su última voluntad. Por eso, un año después de su muerte, fue a pedir la mano de Elisa.
La suegra de Jacobo preparó todo. Ella también quería una buena madre para su nieta, pues estaba enferma y temía no vivir mucho. Sabía por qué había pasado su yerno y, agradecida por cómo trató a su hija, estaba dispuesta a besarle los pies y rezar por su felicidad.
El compromiso llegó como en un sueño. Al ver lo difícil que era para su hija crecer sin madre, y para él vivir sin una esposa, decidió cumplir el deseo de su difunta mujer. Empezó a observar a Elisa y notó que era dócil, obediente, hermosa, incluso se parecía a su esposa. La misma melena, la misma sonrisa, el mismo andar.
A veces, le entraban ganas de abrazarla fuerte, en silencio, recordando el rostro de su amada. Elisa tampoco sabía por qué había aceptado. Quizás estaba cansada de ser la criada de su madrastra, de defender a su padre borracho, de las burlas de sus hermanastras… o quizás sintió lástima por la hija de Jacobo.
Sea como fuere, al aceptar, supo que le esperaba otra prueba: aprender a amar y ser amada por Jacobo.
Tras el compromiso, Jacobo decidió presentarle a su hija.
Aurora casi no salía al patio, pasaba todo el tiempo con su abuela. Cada segundo la contemplaba. A veces, al despertar de noche, Jacobo veía a su esposa inclinarse sobre la niña y susurrarle, como aconsejándole cómo vivir sin ella.
No podía pensar en eso sin llorar. Aurora era una niña de familia, no se acercaba a





