LIDIA
Hoy he pasado un buen rato mirando los pantalones y la camisa que pensaba ponerme, hasta que frustrado los he lanzado de nuevo al sillón. ¿Quién podría salir así vestido? Los pantalones parecen haber pasado por una batidora, no se distingue ni una raya, y brillan de tanto uso justo donde no deberían. Para colmo, he perdido unos cinco kilos últimamente y ahora me cuelgan, como si llevara una bolsa de patatas. De la camisa mejor ni hablar; de azul ha pasado a un gris parduzco indefinible, los puños están raídos y el cuello ha perdido toda la rigidez. ¡Un desastre! Con una prenda así, Lidia ni siquiera me habría dejado ir a la tienda del pueblo, y ahora me toca dar clases magistrales en la universidad así, casi hecho un guiñapo.
Nunca me preocupó la ropa y, sin embargo, siempre llevé buen aspecto, elegante incluso. No como ahora… Apenas me daba cuenta de cómo cambiaban de lugar las camisas o de cuando aparecían trajes y chaquetas nuevas, corbatas, boinas y zapatos de esos con los que caminas erguido. Bastaba con meter la mano en el armario o comentarle a Lidia que tenía que ir bien vestido tal día
Ay, Lidia, ¿por qué te has ido así? ¿Qué demonios se te pasó por la cabeza? Jamás lo habría esperado. Era casi diez años más joven que yo, nunca enfermaba en serio y tampoco parecía que esta vez sería distinto. Unos días de fiebre y una tos tonta, eso fue todo. Ella, para variar, no habría ido al médico; prefería sus infusiones y remedios, pero tenía que sacar la cartilla sanitaria antes del nuevo curso escolar y fue con las demás profesoras al ambulatorio. Era puro trámite, una tontería de control rutinario… pero de allí la mandaron directa al hospital y en menos de tres meses, a finales de año, ya no estaba.
Intelectualmente lo tenía asumido, pero cogí manía a ese ambulatorio, como si hubiera sido el culpable de su muerte, aunque justo allí supieron que algo no iba bien. Pero a mí, como niño pequeño, me da por pensar: si allí empezó todo, ellos tienen la culpa.
A Lidia la conocí cuando yo, siendo doctorando, daba seminarios de cálculo a estudiantes y ella, recién entrada en primero, acabó en mi grupo. Es curioso cómo llamaron mi atención esos dedos pequeños y rechonchos, manchados de tinta y con las uñas mordisqueadas. Ella era todo timidez y rubor, con las mejillas encendidas por el frío y una ingenuidad luminosa. No sé cómo fue que empecé a fijarme, a acompañarla a casa después de clase, a quedarme a cenar con su abuela y a aprender a preparar pestiños y croquetas. Después ya no había vuelta atrás: nos casamos.
En los cuarenta años que compartimos, Lidia duplicó su talla, se cortó las trenzas, fumaba como un carretero y terminó siendo directora de estudios en un colegio público de matemáticas. Pero yo seguía viendo aquellos dedos de niña, las uñas mordidas, y sentía la misma ternura; nunca deseé a nadie más.
No, nuestra vida juntos nunca fue una estampa idílica. Tuvimos nuestras sombras: yo metí la pata muchas veces, alguna grave, incluso me fui de casa un par de veces. Pero Lidia no se quedó atrás y durante tres años hizo escapadas a escondidas para verse con el director de la fábrica que apadrinaba el colegio. Sin embargo, nuestras dos hijas fueron el ancla que mantuvo a flote aquel barco en medio de cualquier temporal.
Al principio fuimos pobres y vivíamos casi uno encima del otro; después todo giraba en torno a las niñas: entre la escuela, el conservatorio, las clases de pintura, el patinaje y sus mil enfermedades… Y ahora que por fin tenemos un piso enorme, las chicas viven su vida a su aire, solo vemos a los nietos cuando hay ferias o fiestas grandes, y podríamos saborear la tranquilidad… Lidia va y me hace esto. ¿Y qué instrucciones me dejó para sobrevivir? Ninguna…
Tardé en darme cuenta de lo que pasaba, hasta el punto de hacer el ridículo en el tanatorio, comportándome casi como si estuviéramos de aniversario. Más de uno lo notó y pensaron que apenas sufría. Se equivocan: es que el golpe no me llegó hasta bien entrada la primavera, y entonces fue como caer al fondo. Dejé de comer, adelgacé a ojos vista y me costaba horrores estar solo en casa.
Reunirme con las hijas era imposible. Una va de aquí para allá con una ONG defendiendo delfines por Galicia o ríos arriba por el Ebro sabe Dios dónde, y la otra vive absorbida por su familia política y su hijo. Nada de padre en su ecuación. Así que empecé a ir de visita a casa de los amigos, aunque más parecía un fantasma: llegaba a deshoras, comía con ansia, me quedaba frito en el sillón, revolvía migas de galleta por todo y marchaba solo cuando ya era completamente inapropiado seguir. Y luego volvía a repetirlo al cabo de uno o dos días.
En casa no cocinaba, aunque durante cuarenta años fui yo quien estaba entre fogones. Pero cocinar solo para mí no tenía sentido, no me apetecía. Me fui dejando física y anímicamente, hasta el punto de que los amigos empezaron a urdir conspiraciones: había que buscarme una mujer, sí o sí.
Así que hoy vuelvo a salir con otra candidata: Ana Consuegra. Nada tiene sentido, claro. Cuando Lidia estaba viva, iba con ella al teatro de vez en cuando, por complacerla. A mí siempre me pareció un ambiente postizo, aburrido, casi falso. Pero a ella le brillaban los ojos, guardaba los programas y me hacía revivir la función mil veces al volver a casa. No podía negarme.
Ahora, los amigos que creen hacerme un favor me consiguen entradas de teatro y me emparejan con señoras desconocidas. Camino por la acera mojada de Madrid, me siento tres horas en butacas apretadas, ahogándome con el perfume ajeno, deseo estar de vuelta en casa, arrojarme al colchón que aún, o eso imagino, huele a Lidia. No quiero desairar a nadie y sé que no puedo vivir solo… Aunque, sinceramente, tampoco sé para qué seguir así.
Hoy, Ana Consuegra resultó ser una mujer agradable y jovial, quince años menor, menuda, elegante y locuaz. Tuve que admitir que, hace una década, hubiese hecho lo imposible por atraer su atención. Frente a ella, me siento aún más gastado y viejo. Pero Ana me propuso varios planes para el fin de semana, y el teatro de esta noche, al menos, fue breve y sin descanso.
Después, lo correcto habría sido invitarla a cenar fuera, pues el ambigú del teatro no dio para mucho, pero ella me ganó con su propuesta: vive al lado, el guiso y la empanada que ha preparado están deliciosos y sería un honor compartirlos conmigo. Todo estaba tan cuidadosamente improvisado que se me hizo entrañable. Y, sinceramente, deseaba el sosiego de una cocina casera.
Ana me recibió en su piso pulcro, diminuto y a la vez acogedor; olía a canela y vainilla, y ella, en cuanto pudo, se puso ropa cómoda que la hacía aún más juvenil. Me sirvió delicias preparadas con esmero, conducía la conversación con arte, y me descubrí fantaseando: ¿no estaría mal quedarse aquí, en esta casita de cuento, donde los recuerdos no aplastaran y pudiera empezar de cero?
Me despedí a regañadientes muy tarde; mañana planeábamos ir al Museo de Colecciones Privadas, después a comprarme ropa nueva (no se puede salir así, hombre, que me dejas en evidencia), y almorzar el sábado en su casa con su nieta. Ella habría preferido ir de excursión al campo y enseñarme su chalet, pero la niña tenía que venir de la escuela ese sábado, así que aplazamos el chalet para el domingo.
El sábado, tras visitar la peluquería y rejuvenecerme de golpe, me calcé una camisa a cuadros y pantalones nuevos de pana blanda, compré flores y una tableta de chocolate para la nieta y me presenté en casa de Ana. Ya en el portal me llegó el aroma irresistible de pato asado y bizcocho recién horneado. Me sorprendí tarareando y sonriendo como un crío frente al vetusto espejo del ascensor.
Ana me recibió con alegría, casi como quien recibe a un soldado que vuelve del frente, y enseguida me llevó a la cocina. “¿Y la niña?”, pregunté. Ahora la traigo, es muy tímida, no quería salir y está en el dormitorio. Coloco las flores en un jarrón, abro el vino y el zumo, corto pan, y me siento a la mesa.
¡Conoce a mi nieta, Lidia!
Vi unos enormes ojos claros, mejillas rosadas, esa nariz salpicada de pecas… Lidia me miraba desconfiada y, de nervios, se mordía el pulgar. Ojalá no me caiga muerto aquí mismo, pensé, y antes de que alguien reaccionara, salí rápido al descansilloPor un segundo, creí estar soñando. “Se llama Lidia como su abuela”, dijo Ana, y ese nombre resonó en la estancia como una caricia antigua. Un nudo cálido me cerró la garganta y, por primera vez en estos meses, sentí que el dolor se mezclaba con un hilo dulce, casi alegre. La niña alzó la barbilla, valiente, y en sus uñas mordidas reconocí de golpe el temblor de otros días: una ternura inapelable, una promesa.
¿Te gusta el chocolate? le pregunté, tendiéndole la tableta con una sonrisa. Yo, de pequeño, me lo escondía en los libros.
Vaciló, pero luego asintió y se acercó, desconfiada y curiosa, como un cachorro. Ana nos observaba desde la cocina, en silencio, y comprendí profundamente y sin palabras que el recuerdo no era una trampa, sino un puente, y que todavía quedaban mañanas, risas y nuevas trenzas por hacer; que la soledad puede suavizarse pastel a pastel, paseando abrigados por campos mudos, recuperando el temblor de otros dedos en unos dedos nuevos.
El pato asado llenaba la casa de promesas y afuera, tras los cristales empañados, comenzaba a llover. Me descubrí riendo bajito cuando la niña, al sentarse a mi lado, empuñó el cuchillo con un gesto torpemente resuelto, lista para dar guerra. El corazón me latía despacio, firme. Levanté la copa hacia Ana que sonreía callada, ojos chispeantes y la niña me imitó, solemne.
Por los que se quedan y los que llegan dije.
Y supe, al alzar mi copa, que la vida ofrecía todavía, de algún modo misterioso, la oportunidad de vestirme de nuevo, aunque fuera con recuerdos cosidos al hilo de lo que ahora empieza.






