Le dio una buena lección a su marido.

**Diario de Ana López:**

—¡Basta! ¡Se me ha acabado la paciencia! —gritó Javier nada más entrar conmigo en el piso—. ¿Es que no aprenderás nunca a morderte la lengua?

—¿Y qué he dicho yo de malo? —me indigné.

—¿Todavía lo preguntas? —murmuró él con una sonrisa torcida—. ¡Mi querida Ana, has pasado todos los límites! ¡Te voy a educar!

—Javier, ¿de qué va esto? —pregunté, retrocediendo un paso.

—¡De que tu comportamiento no es ni remotamente aceptable! ¡Tan pequeña y con tanto orgullo!

—¡No todos podemos ser un armario como tú! —le espeté—. ¡Una mujer debe ser delicada y refinada!

—¡Y callada, sumisa y obediente! ¡De lo que tú careces por completo! —Javier se quitó el cinturón de los pantalones—. ¡Te voy a educar como mandan los tiempos!

—¿Te has vuelto loco? —dije, retrocediendo—. ¿Me vas a pegar?

—¡A educarte! —gruñó—. ¡Y a castigarte por esa lengua viperina! ¡Hoy casi llevas a mi madre al infarto!

—¡Pues que no diga tonterías! —repliqué—. ¿Desde cuándo tengo que quitarme los zapatos que traje en una bolsa para ponerme sus zapatillas apestosas? ¡Con mi altura, no voy a ir arrastrándome!

—¡Son zapatillas normales! —avanzó hacia mí—. ¡Para las visitas!

—¿Y desde cuándo las visitas tienen que fregar los platos y luego la cocina? —pregunté, inclinando la cabeza—. ¡Y menos que me den órdenes!

—¡Por eso mismo te lo vas a ganar! Eres mi esposa, pero actúas como una malcriada. ¡Hoy aprenderás a respetar a tu marido y a sus padres!

—¡Que se porten como es debido! —logré escurrirme hacia la habitación—. ¡Si ellos faltan, ¿yo tengo que callarme? Tú deberías defender a tu mujer! ¡Mira qué pequeña y frágil soy! ¡Y me maltratan! —Hice un mohín, pero no le quitaba ojo.

—Si te comportaras acorde a tu tamaño y posición, nadie te faltaría al respeto. ¡Pero tienes que llevar siempre la contraria! ¡Pues hoy te lo voy a sacar a correazos!

—¡Por favor, no! —me soné la nariz—. ¡Me vas a hacer daño!

—¡Y tanto! —dijo satisfecho—. ¡Te voy a enseñar tu lugar de una vez por todas! ¡Pequeña pero creída!

—¡No! —chillé, pegándome a la pared y encogiéndome—. ¡Por favor, no!

Javier se acercó y alzó el cinturón:

—¡Sí! ¡A las bocazas como tú hay que darles su merecido! ¡Si no, no entendéis!

**Recuerdo del primer encuentro con sus padres:**

Federico, que insistía en que le llamara “papá Fede”, me estrechó la mano con fuerza y luego me abrazó.

—¡Hijo! ¡Haría cualquier cosa por ti! Soñé toda la vida con un hijo, pero María solo me dio una niña y se plantó. Quería ir de pesca, al fútbol, de caza… ¡Eso es un hijo! ¡No todas estas tonterías femeninas! ¡Pero contigo, yerno, vamos a disfrutar!

—Me alegro, papá Fede —dije incómodo—. La pesca no es lo mío.

—¡Tranquilo! ¡Ninguno nace aprendido! —se rió—. ¡Lo importante es que ya tengo un hijo! ¡Y te enseñaré lo que quieras!

—Si hay tiempo…

—¡No sabes lo feliz que me haces! —sus ojos brillaron—. Con ellas no se puede hablar de nada —miró a su hija y a su mujer—. ¡Pero tú y yo podemos hablar de coches, del espacio, de lo que sea!

María apartó a su marido y me invitó a sentarme:

—Es su tema favorito —dijo disculpándose—. Tiene cinco hermanas y trabaja con mujeres. Casi me deja en el hospital cuando nació Ana. ¡Por fin tendrá con quién desahogarse!

—Haré lo que pueda —dije modestamente.

—Estoy segura de que lo harás, Javier —sonrió María—. ¡No sabes cuánto deseaba un hijo! Hasta intentó criar a Anita como un chico, por suerte yo intervine. ¡Una niña debe ser dulce y delicada! —miró a su marido—. ¡No lo que tú querías hacer!

Papá Fede frunció el ceño, pero me sonrió.

—¡Mira! —dijo María—. Todavía se enfada. A veces viene emocionado a contarme algo, pero al ver que no es tema de mujeres, se va refunfuñando. Pero desde que llegaste, Javier, ¡ha revivido! Si te molesta, dímelo, yo lo calmo.

—No, por favor, no se preocupe. Seremos buenos amigos.

—¡Me alegro!

Y papá Fede cumplió. No tardó en arrastrarme a sus quejas:

—¡No sabes cuánto me alegra tener otro hombre en la familia! ¡Juntos podremos con ellas! ¡Vivir así es insoportable! Si digo una palabrota, ya me están regañando. ¡No puedo andar en calzoncillos por casa! María dice: “¡Esto no es una playa!”. ¡Y Anita igual! “¡Ay, papá, qué asco!”. ¡Estoy harto!

—Mujeres refinadas —asentí.

—¡Demasiado refinadas! —gruñó—. En cuanto se ponen a dieta, el frigorífico es un erial: lechuga, zanahorias… ¡Como si fuera conejo! Una vez me llevaron al teatro. ¡Qué aburrimiento! Al descanso, me escapé. ¡Prefiero conducir el coche que aguantar sus rollos!

—Las mujeres son así —dije.

—María la elegí así, pero esperaba un hijo. ¡Y me tocó una niña! Su único acierto fue traerte a ti.

—Papá Fede, viviremos separados después de la boda.

—¡Bien hecho! —aplaudió—. Encierra a esa remilgada en casa a hacer la comida, y yo haré lo mismo. ¡Y tú y yo disfrutaremos como hombres!

**El desenlace:**

—¡Te voy a educar! —repitió Javier, pero las cosas no salieron como esperaba.

Mi pequeño puño, de apenas metro cincuenta y ocho, se clavó en su plexo solar. Cuando se dobló, mi rodilla encontró su cara. Una serie de golpes después, acabó en el suelo.

—Tu madre te enseñó bien —gimió, protegiéndose.

—Mamá empezó a educarme a los dieciséis —dije tranquilamente—. Antes, papá me llevaba a judo desde los cuatro.

—Maldito papá Fede —gemía—. ¡Podías haberme avisado!

—¿Qué, educador? —sonreí—. ¿Necesitas más clases o basta?

Pasó una semana en cama. Lo cuidé, pero luego me fui a casa de mis padres. Y presenté el divorcio mientras aún se recuperaba.

—Hija, ¿no te pasaste? —preguntó papá Fede, sonriendo.

—Sobrevivirá.

—¡Esa es mi niña! —se fue a la cocina, contento.

María suspiró:

—Empecé tarde contigo. Tu padre quería un hijo, y así me salió.

—¡Pero sabe defenderse! —gritó él desde la cocina.

—Mamá, estoy contenta —dije—. Encontraré un marido decente… ¡o lo educaré yo misma!

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MagistrUm
Le dio una buena lección a su marido.