**Diario de Lidia**
—Mamá, me voy. —Nerea asomó por la cocina.
Lidia se giró de la sartén y la miró fijamente.
—¿Qué? —Nerea suspiró exageradamente y puso los ojos en blanco.
—Nada. ¿Adónde vas tan arreglada a estas horas? Maquillada, ¿eh? ¿Tienes una cita? No te pases de la medianoche, ¿vale?
—Vale —respondió Nerea a regañadientes y salió rápidamente.
*”Se ha hecho mayor…”*, pensó Lidia con un suspiro interno. *”¿Dónde están mis diecisiete años? Cómo vuela el tiempo. Pensaba que tenía toda la vida por delante, y ahora me queda menos de la mitad. El instituto fue eterno, y después la vida rodó como una pelota cuesta abajo. La universidad, el matrimonio… La felicidad asomó como el sol tras las nubes y volvió a esconderse.”* Se ajustó el pelo. *”Bueno, al menos mi hija es lista y guapa… ¡Ay, las patatas!”*
Lidia alzó las manos y corrió a la cocina. Agarró la tapa de la sartén y casi se le cayó al suelo. Chilló de dolor y sopló los dedos quemados. *”Menuda tontería, mirándome al espejo y a punto de quemar la cena…”*, se regañó.
Cenó sin apetito, sola, y se sentó a ver una serie en la tele. Fuera, la noche caía rápido. Se durmió sin darse cuenta y la despertó el timbre del móvil. Medio dormida, no miró la pantalla, segura de que era Nerea. ¿Quién más llamaría a esas horas? No tenía amigas íntimas, solo compañeras de trabajo, unidas por la soledad.
La sorprendió oír una voz masculina.
—¿Es usted la madre de Nerea Jiménez?
—¿Quién es? —preguntó Lidia con cautela.
—Soy el doctor del Hospital Gregorio Marañón. Debe venir, su hija ha tenido un accidente y necesita cirugía urgente. Es menor, así que requerimos su consentimiento…
—¿Qué cirugía? —Lidia no salía de su asombro, pero la llamada se cortó.
Intentó procesar lo que había oído. *”Debe ser un error, solo salió a dar una vuelta.”* Pero el médico había dicho su nombre. Su mente, entumecida por el sueño, funcionaba a medias. Respiró hondo, repitió mentalmente *”Hospital Gregorio Marañón”* y llamó a un taxi.
En minutos, se había cambiado, cogió el bolso y salió corriendo. No esperó al ascensor; las escaleras eran más rápidas. Por la puerta ya llegaba el taxi, las luces cegándola.
—Por favor, rápido… Mi hija está en el hospital… —jadeó, aún sin aliento.
Durante el trayecto, su mente oscilaba entre apurar al conductor para confirmar el error y desear que condujera despacio, alejando el momento de enfrentar una tragedia que le apretaba el corazón.
Entró en urgencias y vio a un chico en una camilla, con la cazadora sucia, la cara llena de rasguños y una tirita en la ceja.
—¿Dónde está mi hija? ¿Qué le has hecho? —se abalanzó sobre él, agarrándole de la chaqueta.
—¡No es culpa mía! Un coche nos cortó en una curva… Esquivé, pero nos rozó…
—¿Quién? ¿Por qué? —gritó Lidia, sin entender.
—¿Qué pasa aquí? —entró un médico mayor, con unos bigotes castaños que le llamaron la atención. —¿Es usted la madre de Jiménez? Firme aquí, por favor.
—¿Para qué? ¿Dónde está Nerea? —seguía gritando, por inercia.
—Está inconsciente. Tiene un hematoma y la presión sube. Si no operamos… Firme aquí.
Las palabras técnicas la marearon, las letras bailaban. Firmó con mano temblorosa y se desplomó en la camilla junto al chico.
—No entiendo… Solo salió a pasear… —murmuraba, meciéndose.
—Estábamos dando una vuelta, luego le propuse ir en moto…
Lidia giró bruscamente hacia él.
—¡Tú tienes la culpa! ¡Tú…!
El chico retrocedió ante su mirada llena de odio.
—Padre… —susurró al ver entrar a un hombre alto.
El chico se levantó y corrió hacia él, derrumbándose en llanto. Por primera vez, Lidia oyó su nombre: *”Alejandro”*.
El padre le abrazó, prometiendo encontrar al responsable. Le dio a Lidia una tarjeta. *”Llame si necesita algo”*. Ella no la cogió, pero él la dejó en su bolso abierto.
—Vamos a casa —dijo el hombre, pero Alejandro no se movió.
—¿Y Nerea?
—Su madre está aquí. No te dejarán verla.
Lidia se quedó sola, meciéndose en silencio hasta que, de pronto, vio una pequeña estampa de la Virgen detrás de un espejo.
—Por favor, sálvala… Solo tiene diecisiete años. Toma mi vida, lo que sea… —rogó, una y otra vez, sin apartar los ojos.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que el médico regresó, agotado, con los bigotes caídos.
—La operación fue bien. Está estable.
—¿Vive…? —El miedo cedió, pero las piernas le flaquearon.
El médico la ayudó a sentarse, pero sus palabras le resbalaban.
—Vaya a descansar. Mañana podrá verla.
Lidia salió al amanecer, temblando de frío en un banco. Las aves cantaban, ignorantes. Decidió volver, entró sigilosamente y se quedó dormida en un sofá.
—¿No se fue? —El médico la encontró horas después. —Venga, le invito a un café.
En la salita, mientras tomaban el café, el médico comentó:
—El chico es hijo de Valerio Soria, un empresario. No la dejó tirada, la cargó hasta que los recogieron.
Lidia recordó al muchacho flaco en la camilla.
—Van al mismo instituto —murmuró.
—Así es la vida. Los padres somos los últimos en enterarnos.
Cuando el médico la llevó a la habitación, Nerea estaba pálida, vendada, pero viva.
—Mamá… —llamó débilmente.
—¡Hija! ¡Gracias a Dios! —Lidia le cogió la mano.
—¿Dónde está Álex?
—Su padre se lo llevó… ¿No me dijiste que salías con él…?
El médico la interrumpió.
—Necesita descansar. Váyase a casa.
***
Pasaron los días. Nerea mejoró, y Alejandro la visitaba con flores y frutas.
—No es para ti, cariño. Es de otra clase…
—Mamá, solo salimos una vez. Se va a estudiar a Inglaterra…
Una noche, llamaron a la puerta. Lidia, en bata, abrió y se encontró con Valerio Soria.
—Disculpe la hora. ¿Podemos hablar?
Él le contó que encontraron al conductor del coche. Mientras hablaba, su bata se abrió, revelando el sujetador. Valerio desvió la mirada.
—¿Alejandro no viene? —preguntó Lidia.
—Se fue con su madre. Ya estaba planeado.
—Qué suerte que fuera su hijo… Otro chico y nadie habría buscado al culpable.
Valerio la miró con reproche y se fue. Lidia se arrepintió al instante.
Dos días después, fue a su casa para disculparse. Él la recibió con un vaso de algo parecido al té.
—Vine a pedir perdón… Estaba alterada**Diario de Lidia**
—¿Sabes qué? —dijo Valerio mientras le tendía la mano—, creo que los dos hemos pasado demasiado tiempo solos.
Ella sonrió, tomó su mano, y por primera vez en años, sintió que la vida, al fin, le devolvía un poco de esa felicidad que creía perdida.





