La Travesura

**La Broma**

Los invitados bailaban frente al pequeño escenario, encabezados por el homenajeado: el jefe de don Eduardo, que cumplía sesenta y cinco años. “Dios mío, qué hombre…”, coreaban las mujeres, siguiendo a la cantante del grupo musical.

Elena y su marido, agotados del jaleo, el vino y la comida abundante, se quedaron sentados ante la mesa deshecha. En el otro extremo, dos compañeros discutían por algo, mientras un tercero dormitaba, la cabeza entre los brazos.

Elena se acercó a su marido y le susurró al oído:

—¿Nos vamos? Todos están borrachos, nadie notará que faltamos. Me duele la cabeza del ruido. —Para rematar, se llevó las yemas de los dedos a las sienes.

Eduardo echó un vistazo a la sala.

—Tienes razón, aquí ya no pintamos nada —dijo—. Vámonos.

Salieron del restaurante sin que nadie los viera.

—¡Uf, qué alivio! —Elena respiró hondo el aire fresco de la noche.

—¿Taxi? —preguntó Eduardo.

—No, vamos andando, tomemos el aire. —Elena le enlazó el brazo y caminaron despacio por las calles oscuras.

—¿No te cansarás con esos tacones? —dijo él.

—Entonces me llevarás en brazos, como hace veinte años. ¿Recuerdas? Me puse unos zapatos nuevos y me hicieron ampollas. Volvíamos del cine sin coche y ya no pasaban autobuses. Me cargaste hasta casa. —Elena suspiró.

Eduardo apretó su brazo contra el suyo, confirmando que lo recordaba.

—Ay, qué jóvenes y enamorados éramos. Veinte años pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Parece que fue ayer cuando nos casamos, cuando esperaba a Lucía… ¡Qué felices éramos! —volvió a suspirar.

—Pronto me ascenderán, habrá más oportunidades y un mejor sueldo. Lucía nos dará un nieto. Y en otoño celebraremos mi aniversario. Estamos sanos. ¿No es razón para ser felices? —preguntó Eduardo.

Elena no respondió porque ya habían llegado a casa.

Elena se duchó primero, se quitó el maquillaje. Salió del baño con el pelo aún húmedo, envuelta en su enorme albornoz. Eduardo la comparó mentalmente con Sofía, recordando la piel suave de su amante, su cuerpo joven, sus ojos seductores, esa melena exuberante… “Lo que los años hacen con las mujeres. ¿Acabará Sofía como Elena dentro de veinte años? No, con ella no pasará. Siempre será joven para mí, porque yo siempre seré veinte años mayor. Si estuviera aquí ahora…”

Los recuerdos de su fogosa amante lo excitaron tanto que se metió bajo una ducha fría para calmarse.

Por la mañana, sacó del armario una camisa impecable, con un leve aroma a suavizante, y la corbata que Elena siempre preparaba. De la cocina llegaba el tentador aroma del café recién hecho.

—Hoy quiero ir a la casa del pueblo. Seguro que hay manzanas caídas, haré compota y un bizcocho —dijo Elena, sirviéndole el café.

—¿Para qué? El sábado podríamos ir juntos en coche —murmuró Eduardo mientras mordía un bocadillo.

—Hasta el sábado faltan tres días. Las manzanas se pudrirán. Además, quiero ver que todo esté en orden.

—Como quieras. —Eduardo terminó el café y dejó la taza vacía sobre la mesa.

—Me quedaré a dormir allí. No voy a volver de noche, y tampoco llegaría al último autobús. Te dejaré la cena en la nevera —dijo Elena mientras él salía de la cocina.

Se detuvo y se volvió.

—¿De verdad te quedarás a dormir?

—Sí, ¿por qué te sorprende? ¿O es que tienes planes conmigo? —Elena esbozó una triste sonrisa.

—No. Solo… ten cuidado. —Eduardo salió al recibidor.

Poco después, la puerta se cerró de un portazo.

Eduardo se subió al coche y arrancó. Antes de salir, marcó el número de Sofía.

—Hola, ¿te desperté? Cariño, tengo buenas noticias. Elena se irá hoy al pueblo y dormirá allí. Así que tenemos toda la noche para nosotros —arrulló al teléfono.

—Entendido, mi amor —respondió la voz melodiosa de Sofía, seguida de un sonoro beso.

—Eres un sol. Te espero esta noche. Ya te echo de menos. —Guardó el móvil en el bolsillo y salió del garaje, subiendo el volumen de la radio.

Todo salía a pedir de boca. “Es hora de hablar con Elena, contarle todo y poner fin a esta situación. Sofía no para de preguntar cuándo estaremos juntos”.

Después del trabajo, Eduardo pasó por una tienda y compró una botella de vino caro y fruta. Al llegar, miró hacia las ventanas de su piso: no había luz. Elena se había ido. Subió las escaleras de dos en dos, sin aliento. “Los años no perdonan… Debería apuntarme al gimnasio”, pensó mientras abría la puerta.

Se desvistió rápido y entró en la cocina con la bolsa, pero se detuvo en seco. Ante la ventana, de espaldas, había alguien. Su silueta se recortaba nítida contra la claridad exterior.

—¿No te… habías ido? —farfulló Eduardo, intentando disimular su decepción. “Debo avisar a Sofía de que se cancela todo”. —¿Por qué estás a oscuras?

—¡Sorpresa! —dijo una voz alegre antes de girarse.

Eduardo se quedó boquiabierto. No daba crédito. Casi se le cayó la bolsa. Encendió la luz y miró alrededor. Era Sofía. Se había recogido el pelo como solía hacer Elena, y por eso la confundió en la penumbra. Respiró hondo y dejó la compra sobre la mesa.

—¿Qué? ¿Funcionó la sorpresa? ¡Deberías verte la cara! —Sofía se rió.

—Casi me da un infarto. Pensé que Elena no se había ido. ¿Cómo…? ¿Cómo llegaste aquí? ¿De dónde sacaste las llaves? —preguntó, recuperándose.

—¿No estás contento? —Sofía se acercó, lo abrazó y Eduardo lo olvidó todo…

A la mañana siguiente, abrió los ojos y miró el reloj: aún tenía tiempo. Buscó a Sofía en la cama, pero no estaba. Antes de que la decepción lo invadiera, un tintineo de tazas llegó de la cocina, junto al aroma del café… Sonrió feliz, saltó de la cama y se dirigió a la ducha.

Salió del baño desnudo, secándose el pelo con la toalla.

—Buenos días, cariño —canturreó la voz de su esposa.

Eduardo se paralizó. Delante de él estaba Elena, con su delantal de volantes.

—¡¿Tú?! ¿Ya has vuelto? —preguntó, cubriéndose con la toalla.

—¿Qué pasa, te da vergüenza? En veinte años te he visto de todo —soltó ella, irónica—. Vístete y ven a desayunar.

Eduardo corrió al dormitorio. No había rastro de Sofía. Se vistió, tratando de entender cómo Elena había vuelto tan temprano. ¿Habría soñado con Sofía? No, ella estuvo aquí. ¿Qué diablos pasaba? Volvió a la cocina y miró al rincón: recordaba haber dejado allí la botella vacía. Pero no estaba.

Elena sirvió el café y puso los bocadillos. Eduardo m”Y mientras Eduardo se sentaba a la mesa, comprendiendo que todo había sido una lección perfectamente planeada, supo que, si quería recuperar a Elena, tendría que demostrarle cada día que su lugar estaba junto a ella, no por costumbre, sino por amor verdadero.”

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