Invierno bajo la apariencia de amistad
Este invierno en Madrid parecía empeñado en mostrar toda su grandeza: había nevado tanto que los patios y las calles se tornaron en escenarios de cuento. Los copos regordetes caían incesantes, posándose con suavidad sobre tejados y aceras, mientras el aire, cortante, llenaba los pulmones de una pureza casi inverosímil.
En nuestro piso, en la zona de Chamberí, reinaba otra atmósfera: cálida y sosegada. Tras el gran ventanal, la ciudad se blanqueaba, pero dentro, gracias a las ventanas bien cerradas y al suave resplandor de la lámpara de pie, nos envolvía una burbuja de calma. Todo el salón quedaba sumido en esa luz ámbar, protegiéndonos del frío exterior.
Mi esposa, Jimena, y yo nos habíamos acomodado en el sofá, envueltos en una manta gruesa de lana, como si el tiempo ahí dentro fuese a un ritmo diferente. En la tele, una comedia española familiar pasaba sin pena ni gloria; algo para reírnos y evadirnos, sin pedirnos mucho a cambio. Jimena miraba atenta, sonriendo para sí, sumida en vete tú a saber qué pensamientos. Yo, a su lado, estirado con desgana, alternaba la película con la contemplación del nevazo tras el cristal: un verdadero espectáculo.
La paz de aquel refugio se vio interrumpida por una melodía conocida: era mi móvil, que vibraba sobre la mesa. Dudé antes de atraparlo, como si no quisiera dejar que esa llamada me robara la tranquilidad. Insistía. Al final miré la pantalla y soplé resignado:
Otra vez Álvaro comenté, cruzando la mirada con Jimena. Ya van tres llamadas esta noche.
Ella movió apenas la cabeza, sin dejar de observar la tele.
Seguro que quiere que vayamos a su casa rural. Desde que la compró, no habla de otra cosa. No sé por qué, pero nunca entiende un no.
Deslicé el dedo y respondí, haciendo un esfuerzo por sonar animado.
¡Álvaro, hombre! ¿Qué pasa?
¡Rodrigo! ¿A qué esperas para venir? Anda, vente con la Jimena, ¡que montamos una buena! ¡Hay barbacoa, chimenea y el resto de los amigos ya están aquí! ¡Deja de hacerte el abuelo en casa venid un rato, será divertido!
Me quedé pensando cómo excusarme, echando un ojo a Jimena. Ella negó mínimamente con la cabeza, y no hizo falta más. Estábamos de acuerdo: no queríamos jaleo, ni tertulias interminables, ni tener que hablar más de la cuenta. Solo buscábamos ese fin de semana íntimo, nuestra burbuja de calma donde nadie te exige nada.
Hice una pausa y, sobre la marcha, se me ocurrió una excusa.
Mira, Álvaro es que Jimena ha ido un par de días a casa de su madre, por lo de siempre. No voy a ir solo y tampoco me apetece líos, ya sabes. En cuanto volvamos, nos pasamos, pero ahora imposible.
¿Así de repente? ¿Cuándo vuelve?
Mañana a la noche, supongo. Una faena, porque teníamos mil planes juntos para el finde. Película en el cine, pasear por El Retiro, incluso apuntarnos a la pista de hielo En fin, será otro día, ¿vale?
Álvaro se quedó callado medio segundo, pero enseguida contestó, con una sonrisa falsa.
Bueno pues avísame cuando esté de vuelta. ¡Tengo ganas de veros!
Claro, claro. A la próxima, si no cambiamos de idea corté, despidiéndome tras colgar. Dejé el móvil sobre la mesa y me giré hacia Jimena, suspirando aliviado.
¡Madre mía, casi me pilla! dije en voz queda. No entiendo esa manía suya de insistir. Si ya le he dejado claro que no quiero ir. ¿Para qué? ¿Para acabar mirando a todos borrachos perdidos? Ese tío no sabe divertirse de otra manera. Mejor, lo olvido. Prefiero mil veces quedarme aquí contigo.
La abracé, sintiendo cómo el mal rato se disolvía poco a poco. Seguía haciendo calor en el piso, afuera los copos no paraban de tintinear en el alféizar, la película avanzaba sin prisas. Algo envidiable para los que buscan noches de sábado animadas, pero para mí era lo mejor.
Jimena se acurrucó contra mi pecho y yo noté cómo se calmaba su respiración. El chisporroteo leve del radiador, el reloj con su tic-tac indolente, el sabor a vida sencilla y compartida llenaban la estancia.
A mí también me apetece esto dijo, levantando la mirada de sus ojos grises. Veamos la peli y nos vamos a la cama. No hace falta nada más.
La apreté fuerte y ya me imaginaba apagando las luces, los dos bajo el edredón, mientras afuera la ventisca seguía su curso. Pero entonces volvió a sonar el móvil. Y, cómo no, era Álvaro otra vez.
Fruncí el ceño y contesté, ya un poco mosqueado.
Álvaro, ¿qué pasa ahora? Te lo acabo de decir
Su voz sonó tensa, extraña.
Rodrigo estoy en el club Cristal, aquí por la zona de Salamanca, de fiesta con los colegas antes de ir a la casa rural. Y está Jimena, con un tipo. Están bebiendo, se abrazan. No quería meterme, pero esto tienes que saberlo Me dijiste que se había ido con su madre. ¡Pero no es verdad!
Me quedé de piedra. Miré a Jimena, luego a la pantalla del móvil, creyendo que me tomaban el pelo.
¿Qué dices? ¿Estás seguro? ¿No será alguien parecida? Yo sé perfectamente dónde está mi mujer.
Estoy seguro insistió. Ni un titubeo. Está borracha, se ríe a carcajadas. No le importa ni que la vea. Si quieres, te la paso.
No sabía qué pensar. Miré a Jimena al lado mío, totalmente perpleja. No tenía sentido.
Pásamela dije, encendiendo el manos libres.
Se coló a través del altavoz el estruendo grave de la música, risas, voces confusas. Una voz de mujer, calcada a la de Jimena, habló entonces, con ese deje suyo tan reconocible.
¿Quién es? preguntó, arrastrando las palabras y con ese leve toque de borrachera fingida.
Tragué saliva. Jimena me miraba, blanca como el papel.
¿Jimena? Soy Rodrigo. ¿Qué pasa ahí?
La falsa Jimena soltó una carcajada y con una voz desinhibida dijo:
¡Déjame en paz, Rodrigo! Quiero vivir un poco, ¿entiendes? Estoy harta de esta vida aburrida contigo. Voy a pasarlo bien, hasta que me canse.
La auténtica Jimena saltó del sofá, temblando. Se llevó una mano al pecho y susurró:
Esto no tiene sentido ¿Cómo puede esa tía saber quién eres? ¿Quién le ha dado mis datos?
¿Dónde estás? volví a preguntar, pero la voz desde el club respondió, desafiante.
No tengo por qué darte explicaciones. Puedo hacer lo que quiera. ¡Por algo soy tu mujer!
Risas de fondo, tintineos de copas, y de nuevo la voz de Álvaro:
¿Ves, Rodrigo? Te lo dije
Quise interrumpirlo, pero la rabia apenas me salía. Corté la llamada en seco, arrojé el móvil lejos. Si Jimena no estuviera aquí sentada
Jimena se dejó caer de nuevo en el sofá, temblando, boquiabierta. La voz, el tono ¡una imitación perfecta! Pero lo que realmente me hervía por dentro era que alguien lo hubieran planeado tan bien.
¿Has visto? susurró ella. Si llego a estar fuera, ¿habrías creído que era yo?
La abracé, apretándola para que sintiera mi apoyo y confianza.
Te conozco demasiado bien. Habría desconfiado dije seguro. Sé cómo eres. Eso ha sido un engaño, un montaje. Lo investigaré. Pediré las grabaciones del club. Vamos a descubrir quién lo ha hecho.
Un poco reconfortada, se recostó de nuevo en mí.
Ya nos calmábamos cuando sonó el móvil una última vez. Era Álvaro. Jimena me miró: Ahora lo cojo yo, debió pensar, porque necesitaba respuestas.
Hola saludó ella, con un tono gélido.
Jimena dudó él. Hablaste con Rodrigo, ¿verdad?
Ella apretó el móvil. Decidió descubrir el pastel.
Sí, y discutimos. Me acusó de cosas raras. Dice que le estoy mintiendo.
Del otro lado, silencio apenas un instante; y luego, la voz de Álvaro, apenas contenida:
Sabes siempre pensé que Rodrigo no te valoraba. Nunca supo la mujer que tenía a su lado, Jimena.
Ella respiró hondo, controlando el enfado.
¿De qué hablas?
Que mereces mucho más. Yo hace tiempo que quería decírtelo: te quiero. De verdad. Deja a Rodrigo y vente conmigo. Siempre estaré ahí.
Jimena calló, procesando la confesión. Todo encajaba: lo del club, la llamada Había urdido un plan burdo para que discutiera con mi mujer y quedarse él con ella.
Le contestó clara y firme:
Esto no viene a cuento, Álvaro. Amo a Rodrigo. No tienes derecho a meterte.
Perdón si me paso, pero sólo quiero que sepas que puedes contar conmigo. Rodrigo te ha fallado, quiere dejarte y busca excusas Te lo juro, sólo quiero lo mejor para ti, que estés a salvo conmigo.
Jimena apretó tanto el móvil que temí que lo rompiera. Se mantuvo fría:
Álvaro, mira, anoche estaba en casa. No discutí con Rodrigo. Sé perfectamente que fuiste tú quien lo montó todo para enfrentarnos. Ya lo has dicho todo. Ahora lo entiendo.
Álvaro guardó unos instantes silencio y finalmente, resignado, masculló:
Sí, era mi plan. Porque te quiero, porque él no te merece, ¡porque dejaría que el mundo ardiera por ti! Nadie compite contigo, lo intenté, pero no puedo olvidarte ¡Dame una oportunidad!
Jimena le cortó, seca, sin dejarse arrastrar.
¿Contigo? Jamás. Has traicionado nuestra amistad y mi confianza. No busques excusas, no volveré a saber nada de ti. Olvídate de mí y de Rodrigo. Tengo grabada esta conversación y se la haré oír.
Colgó. Suspira, se recompone y mira por la ventana. Nieva igual que al principio, como si nada de lo vivido hubiese ocurrido.
Entré entonces en la cocina, notando que algo había cambiado.
¿Qué tal? pregunté, serio.
Ya está claro contestó. Lo planeó todo para separarnos. Se ha declarado, se ha justificado, ha pedido que lo perdone Un miserable.
Me senté a su lado y la tomé de la mano, apretando con afecto.
Nunca fue realmente amigo, entonces. Mejor olvidarlo. Siempre me pareció raro, pero no tenía pruebas. Ahora ya no hay dudas.
Sabemos en quién podemos confiar asintió, recostándose en mi hombro. Su voz ya no estaba cargada de rencor o decepción, sólo de aceptación y algo de alivio. Respiró hondo el olor a hogar y sonrió algo pícara.
¿Y sabes qué? Hasta es una ventaja. Ahora tenemos la mejor excusa para saltarnos sus planes y quedarnos en nuestro rinconcito, solos tú y yo. Ni más fiestas, ni más historias.
Me reí de verdad, sintiendo que la tensión se disipaba del todo.
Exactamente. Seguiremos siendo casa, película y té.
Sin salir a ningún sitio, añadió ella, tapándose los pies con la manta.
Perfecto afirmé, abrazándola fuerte.
Así, entre copos que jugaban tras los cristales y el resplandor tibio de la lámpara, nuestro pequeño mundo recuperaba su calma. Allí, en ese rincón lleno de ruido doméstico, aromas conocidos y promesas mudas, no cabían las mentiras. Sólo estábamos nosotros dos, seguros de que mientras haya confianza, todo lo demás está a salvo.
**************
Álvaro se quedó en la cocina, frente a una taza de café ya helada, repitiendo una y otra vez esas palabras que le taladraban: Olvídame. No me llames más.
Lejos de sentir arrepentimiento, sentía una rabia sordida, acorralándole el pecho.
¿Por qué no ha salido bien? gritó, empujando el plato y desparramando migas.
Repasó mentalmente la noche anterior: la entrada al club, el acuerdo con Lucía una chica que conoció en Lavapiés y que por voz y pinta se parecía mucho a Jimena. Ella se prestó al engaño entre carcajadas. Fingió, soltó las frases acordadas. Él se sintió eufórico, convencido de que así Jimena vería que Rodrigo no era digno de ella
Pero al final sólo obtuvo rechazo, vacío y la certeza de haber perdido a ambos. También a Rodrigo, a quien siempre consideró hermano.
Plantado junto a la ventana, imaginaba a Jimena y a Rodrigo, juntos, riendo, compartiendo su película, ajenos al mundo exterior. Y lejos de desearles lo mejor, gruñó, derramando bilis amarga:
Esto tenía que haber sido para mí. Yo soy quien tendría que estar ahí. No Rodrigo.
Miró una hoja de papel con las frases para Lucía, la estrujó y la tiró al cubo como si así pudiera borrar su fracaso.
Fuera, los copos caían sobre Madrid entero, como si quisieran esconder bajo su manto la verdad de lo ocurrido esa noche.
Y en ese momento, mientras en casa la tranquilidad se hacía dueña de nuevo de mi vida, aprendí que ni la nieve, ni los engaños, ni los amigos disfrazados de lobos pueden romper el refugio de quienes confían y se cuidan de verdad. En la vida, lo que importa de verdad, es saber a quién tienes a tu lado y no permitir que nadie entre en medio de ese calor.






