La Traición

**Traición**

A finales de septiembre, el calor se resistía a marcharse. Pronto llegarían las lluvias, arrastrando el frío. El otoño siempre era caprichoso. «Tengo que ir a la casa rural antes de que se llenen los caminos de barro y no se pueda llegar hasta que hiele», pensó Vera mientras marcaba, por enésima vez, el número de su marido.

—Vera Victoria, ¿podría salir un poco antes? Mi madre me ha pedido que la lleve a la finca —la contable Lucía arqueó las cejas con expresión suplicante.

—A mí también me gustaría irme, pero… Está bien. Pero el lunes aquí puntual. Sin bajas, ¿entendido? O no habrá más permisos —dijo Vera con falsa severidad.

—Muchas gracias, Vera Victoria. Vendré a tiempo, lo prometo —los ojos de Lucía brillaron mientras cogía su chaqueta y salía como un rayo del despacho.

«Vaya, ya tenía todo listo. Sabía que la dejaría ir. Pero… ¿dónde está Iván?». Vera marcó de nuevo su número. La misma voz impersonal: «El teléfono está apagado o fuera de cobertura». «Mañana no se escapará. Vendrá conmigo a la finca. El cumpleaños de mamá se acerca y hay que llevar patatas y conservas…».

Dejó el móvil y agitó el ratón para reactivar el ordenador. Se sumergió en las cifras de la pantalla.

Cuando sonó el teléfono, contestó sin mirar.

—Vanesa, ¿por qué tienes el móvil apagado? Llevo todo el día llamándote…

—Disculpe, soy el agente… López —la interrumpió una voz masculina desconocida.

El apellido López la descolocó tanto que creyó haber oído mal.

—Vanesa, ¿dónde estás? —preguntó, alerta.

—¿Es usted la esposa de Iván Benito Martínez? ¿Cómo debo dirigirme a usted? —preguntó el hombre.

—Vera Victoria… —se atragantó—. Vera, basta. ¿Dónde está Vanesa? —Su corazón latía con fuerza, presintiendo lo peor.

—¿Podría acudir al Hospital General? Le esperaré en urgencias —dijo él.

—¿P-por qué al hospital? ¿Qué le pasa? —gritó Vera.

—Allí le espero —cortó la llamada.

Intentó devolver la llamada, pero la línea estaba ocupada. Con manos temblorosas, cerró el ordenador, cogió el bolso, sacó un abrigo del armario y salió corriendo.

En su mente se sucedían imágenes horribles: un accidente, una operación, un coma… «No. Está viva. Si no, me habrían llamado al tanatorio, no al hospital. Claro que está viva».

No recordaba qué autobús llevaba al hospital, así que se plantó en la carretera y pidió un taxi con gesto desesperado. Diez minutos después, corría por el patio del hospital hacia el edificio principal.

—¡Soy la esposa de Iván Martínez! —jadeó al entrar en urgencias.

Un hombre alto, de unos cuarenta años, se levantó. Se presentó de nuevo, pero Vera apenas lo escuchó. ¿Por qué demoraba tanto? Solo quería ver a su marido, asegurarse de que estaba bien.

—Venga conmigo —dijo finalmente, señalando la salida.

Vera lo siguió, confundida. ¿No se accedía a todas las áreas del hospital desde urgencias? El hombre rodeó el edificio y se dirigió a una estructura baja de ladrillo. Se detuvo ante la puerta.

—Perdone que no se lo haya dicho antes. La gente reacciona de formas distintas…

Vera leyó el letrero azul: «Instituto de Medicina Legal». Sintió que las piernas le fallaban, pero el agente la sostuvo.

—¿Está muerta? —preguntó con voz ronca—. Llevo todo el día llamándola… Quería ir a la finca.

—Sí. Fue con su teléfono como la localizamos. Siéntese. —La guio hacia un banco de madera.

—La llamaba y ya estaba…

—Mire, su marido no fue hoy a trabajar —dijo el policía con suavidad.

—No puede ser. Tenía una auditoría. Él misma me lo dijo —hablaba más para sí que para él.

—Su vecino de la finca vio el coche esta mañana. Le extrañó que estuvieran allí un día laboral. Al mediodía, decidió pasar. Nadie abrió. No contestaron al timbre. Él no tenía su número. Esperó un rato y llamó a la policía. A veces hay okupas en las casas vacías…

—¿La mataron? —Vera ya no entendía nada.

—No. No hay signos de violencia. Según el forense, murió por intoxicación de monóxido de carbono.

—Un momento… El vecino creyó que fuimos juntas. ¿Vio a Vanesa con otra mujer? —Vera lo miró, desconcertada.

—Sí. Iba con su marido. Elena Pilar Rojas. ¿Le suena?

Vera cerró los ojos y negó con la cabeza.

—No puede ser.

Era peor de lo que imaginaba. Llevaban veintiún años juntas. En noviembre era su aniversario. Todas la envidMientras el viento frío de diciembre acariciaba su rostro, Vera comprendió que algunas heridas nunca cicatrizan, pero la vida, obstinada, siempre encuentra la forma de seguir adelante.

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