La tienda de segunda mano mágica

Yo, Julia, a menudo evoco mi infancia, y cada vez vuelve a mi memoria aquella tienda de segunda mano, como un bazar de maravillas al que mis amigas y yo solíamos escabullirnos después del colegio. Tenía once años, estaba en quinto curso, y el mundo me parecía un lugar lleno de misterios. Con Lola y Carmen, transformábamos los días ordinarios en aventuras, y aquel local era nuestro tesoro, un lugar donde cada objeto guardaba su propia historia. Incluso ahora, años después, al cerrar los ojos, veo sus estanterías, el olor de los libros viejos y esa emoción infantil que ya no regresa.

Aquel año éramos inseparables. Lola, con sus trenzas siempre despeinadas, soñaba con ser arqueóloga, mientras que Carmen, la más seria del grupo, llevaba en su mochila un cuaderno donde anotaba «pensamientos importantes». Yo, Julia, estaba en un punto intermedio—me encantaba imaginar, viéndome como la heroína de un cuento o una viajera intrépida. Después de las clases, en lugar de irnos a casa, corríamos a la tienda de segunda mano al final de nuestra calle. Era pequeña, con un cartel desgastado y una puerta chirriante, pero para nosotras era como la cueva de Alí Babá, repleta de enigmas y maravillas.

El local no era grande, pero parecía no tener fin. Las estanterías rebosaban de objetos: candelabros antiguos, libros ajados, vestidos con encajes, relojes detenidos en el tiempo. La dueña, doña Carmen, solía estar detrás del mostrador tejiendo, y nos regañaba con ternura: «Niñas, no vayan a romper nada». Pero nosotras no íbamos a jugar: éramos exploradoras, buscadoras de tesoros. Lola encontró una vez un broche de cobre con forma de escarabajo y juró que era un amuleto de una princesa egipcia. Carmen hojeaba revistas de moda amarillentas, soñando con coser un vestido igual. Y yo adoraba los libros, especialmente uno, con la cubierta gastada, sobre piratas. Soñaba con hallar un mapa del tesoro escondido entre sus páginas.

Un frío día de noviembre, entramos otra vez en la tienda. Afuera lloviznaba, nuestras botas chapoteaban, pero dentro hacía calor y olía a polvo y lavanda. Me abalancé hacia mi estantería favorita, mientras Lola arrastraba a Carmen hacia una caja de bisutería. «¡Julia, ven aquí! —gritó—. ¡Mira qué anillo!». En su palma había un fino aro con una piedra verde, opaca, pero mágica a nuestros ojos. «¡Esto es de un castillo seguro!», exclamó. Carmen, entrecerrando los ojos, añadió: «O del cofre de alguna baronesa». Nos reímos, probándonos el anillo por turnos, y por un instante, me sentí dentro de un cuento.

Doña Carmen, al vernos tan emocionadas, se acercó y sonrió: «¿Os gusta? Solo cinco duros, niñas. Lleváoslo antes de que alguien lo pida». ¡Cinco duros! Solo teníamos suficiente para los bollos del recreo, pero no nos rendimos. «¡Vamos a juntar el dinero!», propuse. Vaciamos nuestros bolsillos: yo tenía dos duros, Lola uno y algunas perras, Carmen llevaba un duro y medio. No era suficiente, pero insistimos. «Doña Carmen —suplicó Lola—, ¿nos lo guarda hasta mañana? ¡Pagaremos sin falta!». Ella negó con la cabeza, pero sus ojos reían. «Bueno, lleváoslo, pero mañana me lo pagáis».

Salimos de la tienda como si hubiéramos ganado una batalla. El anillo dormía en el bolsillo de Carmen, y lo tocábamos por turnos, como si fuera un talismán. En casa, no pude dormir, imaginando que había pertenecido a una viajera que había cruzado mares. Al día siguiente, devolvimos el dinero—incluso renuncié a mi bollo para reunir las pesetas que faltaban. Aunque luego perdimos el anillo (Lola juraba que lo dejó en la mochila), aquella emoción nunca se borró.

Aquel local no era solo una tienda de cosas viejas. Nos enseñó a soñar, a creer en lo extraordinario, a ver magia en lo cotidiano. Con Lola y Carmen crecimos y nos separamos. Lola se hizo geóloga, Carmen diseñadora, y yo profesora de literatura. Pero cada vez que hablamos, alguien siempre recuerda: «¿Os acordáis de la tienda de segunda mano?». Y nos reímos, como si volviéramos a tener once años, frente a aquellas estanterías llenas de historias.

Ahora vivo en una gran ciudad, y ya no quedan tiendas así. A veces entro en anticuarios, pero no es lo mismo—demasiado pulcro, sin aquella magia. Echo de menos el chirrido de la puerta, a doña Carmen, nuestras fantasías de niñas. Hace poco encontré en una caja aquel libro viejo, el de los piratas. Lo abrí, respiré el aroma de sus páginas y, por un instante, volví a quinto curso. Quizá aquella tienda fuera nuestro tesoro—no por lo que vendía, sino por lo que fuimos dentro de ella. Y agradezco al destino una infancia así—con amigas, con sueños y con aquel rincón mágico que siempre llevaré en el corazón.

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La tienda de segunda mano mágica