La Tarjeta de Felicitación Olvidada

**La postal olvidada**

Regresé a casa con el ánimo por los suelos.
—¡Hola! ¿Cenarás? —me recibió mi marido, Nicolás, con una sonrisa en el recibidor.
—¿Tú has cocinado? No sueles pisar la cocina —respondí, sorprendida.
—Hoy es tu cumpleaños. Pensé que no debías pasar este día entre fogones —dijo él, animado.

Me senté en el banco del pasillo y, sin poder evitarlo, rompí a llorar.
—¿María, qué te pasa? —preguntó Nicolás, alarmado.
—Ella no me ha felicitado… Ni una palabra… —susurré entre sollozos.
—¿Quién? ¿De quién hablas? —se desconcertó. No entendía por qué lloraba en un día que, en teoría, debía ser alegre.

Desde por la mañana, mi estado de ánimo no era el mejor. Hoy cumplía 60 años. Habíamos decidido no hacer gran celebración en casa, preferimos algo modesto. Pero en el trabajo organizaron una pequeña fiesta, con brindis y regalos. El ajetreo me agotó, y solo deseaba llegar a casa, tumbarme y estar a solas con mis pensamientos.

Por la noche, mi hermana me llamó.
—¿Y bien, Marí, te han felicitado? —preguntó.
—Sí, claro. En el trabajo todo fue bien. Nico me trajo flores y un viaje a un balneario —iremos en verano—, contesté con frialdad.
—¡Qué bien! A nuestra edad hay que mimarse. ¿Y los niños? ¿Sigue David en la plataforma?

—Sí, le queda un mes de trabajo. Por la mañana me llamó, y por la tarde envió una orquídea en maceta.
—¿Y tu nuera? Vive cerca, ¿no? ¿Al menos pasó a saludarte?
—Ni siquiera me escribió… —suspiré, con amargura—. Nico y yo hemos hecho tanto por ellos, y ella… Ni una postal.

—¿En serio? —se indignó mi hermana—. Yo tengo dos nueras, y aunque hemos tenido nuestros roces, nunca algo así. ¿De verdad no hizo nada?

Casi a las once, mi móvil pitó. Un mensaje. Una imagen genérica de Internet con un “Feliz cumpleaños”. Ni una palabra personal. Ni una llamada. Solo un gesto vacío, sin emoción.

—Eso es todo lo que le importo —le dije a Nico antes de dormir—. Ya olvidó que viven en el piso que les dimos sin pedir nada a cambio.

—No le des más vueltas. Los jóvenes hoy en día solo mandan una foto y ya creen que han cumplido —intentó tranquilizarme.
—No, Nico. No es normal. Es falta de respeto. Un aniversario así no es solo una fecha. Es un hito. Y este detalle lo dice todo.

A la mañana siguiente, mi malestar seguía allí. El resentimiento crecía. Repasaba una y otra vez lo ocurrido, exagerando cada detalle hasta que las lágrimas volvían. Nicolás lo veía, pero no sabía cómo ayudarme. Incluso llamó a nuestro hijo.

—Mamá está molesta otra vez —dijo David, cansado—. ¿Otra vez por Lucía?
—No es por ella. Es porque vive a dos calles y ni siquiera tuvo el detalle de llamar —tomé el teléfono—. Dile a tu mujer que lo recuerdo todo. Y este día también.

—Mamá, quizá estaba agotada. Trabaja mucho —justificó David.
—¡Por favor! —bufé—. Le sobró tiempo para enviar esa imagen, pero no para dos palabras. Qué cómodo, ¿no?

Más tarde, David habló con Lucía.
—Se me olvidó por completo… —se excusó—. Fue un día horrible, con mucho trabajo. Llegué destrozada y envié lo primero que vi. Pensé ir este fin de semana con un regalo.
—Ahora es tarde —respondió él, sombrío—. Mamá está dolida. Y esto durará.

El sábado, Lucía no pudo ir por el trabajo. El domingo decidió descansar. Lo del piso se le ocurrió ya de noche.
—Bueno, da igual —le dijo a David—. Iremos otra vez. No es el fin del mundo.

Pero yo no cedí.
—No quiero visitas por compromiso —dije fríamente—. El momento ya pasó. Es tarde.
—¿Entonces no quieres que vayamos?
—No —respondí tajante—. No necesito cumplidos. Necesito respeto. Y si no lo hay, no finjan.

Lucía, por su parte, no veía el problema. Pero sabía que con una suegra como yo, había que ser astuta. Así que, para nuestro aniversario de boda, insistió en visitarnos con un regalo.
—Diremos que esperamos a hacerlo juntos —le guiñó un ojo a David—. Hay que arreglarlo.

Fui yo quien abrió la puerta.
—Menos mal que os acordasteis —dije con ironía—. Al menos para el aniversario aparecisteis.
—Mamá, ya basta —suspiró David—. No os olvidamos. A veces no todo sale como queremos.

Lucía sonreía, ayudó a poner la mesa, recogió los platos y habló con dulzura. En un momento, incluso dijo:
—Vamos a reformar el pasillo. Tú tienes tan buen gusto, ¿nos ayudas a elegir el papel pintado?

—Claro que sí —respondí, radiante.

De vuelta a casa, David frunció el ceño.
—¿Desde cuándo tenemos reforma?
—No hay ninguna —se rio Lucía—. Pero si tu madre se siente útil, quizá se le pase el enfado.

Y así fue. A la semana, ya le contaba a la vecina que sin mi ayuda, los jóvenes no sabían ni escoger papel. El resentimiento parecía disiparse. Aunque, con el primer descuido, todo podría repetirse…

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La Tarjeta de Felicitación Olvidada