LA EXPRESIDIARIA
El autobús vetusto dejó a su paso un fuerte olor a gasolina y, con el motor resollando, se alejó, dejando a la mujer sola en el arcén. Miró a su alrededor; nada había cambiado. El mismo camino desdibujado, embarrado de negro y brillante lodo. Los matorrales seguían cubiertos de gotas grises. A lo lejos, el pueblo se extendía como una cinta estrecha al borde del bosque, y de las casas, ya iluminadas en el crepúsculo, brillaban pequeños rectángulos amarillos. A lo lejos se oía el ladrido de los perros y el graznido impaciente de los gansos.
“Sí, aquí todo ha quedado igual durante estos seis años”, pensaba Verónica, “casi nada ha cambiado”. Sólo a la derecha de la colina ya no se divisaba la hilera de tractores y arados bajo la luz mortecina de los farolillos. Allí ahora se abría solo la oscuridad; no sabía qué habría pasado con la finca de los Beltrán, seguramente los herederos la vendieron a pedazos.
Verónica tomó el sendero que llevaba a la calle mayor. No le habría sorprendido si alguien le arrojara una piedra desde cualquier rincón. Sentía las miradas acusadoras detrás de cada cortina y prefirió cubrirse el rostro con el pañuelo, esperando no ser reconocida. ¿Qué le esperaría ahora? ¿Habría algo aún de su antigua casa? No tenía a dónde ir sino a su pueblo, a pesar del recelo con que la recibirían. Por su culpa, medio pueblo había perdido el trabajo hacía seis años.
Ya nada quedaba de la despreocupada joven que, con sus ojos claros y chispeantes, había doblegado el corazón de Julián Beltrán, aquel hombre seco y mandamás de la comarca. Verónica, una muchacha de cabello castaño y figura hermosa, siempre sola y habitando la modesta casita al pie del barranco. Entonces, Julián era venerado por todos; la mayoría del pueblo dependía de él. Cuando Verónica se fue a vivir con él, creyó haber tocado la suerte.
Pero pronto descubrió que la realidad era muy distinta. Julián se creía un señor feudal, un “cacique”, y Verónica sólo era para él una sirvienta con la que divertirse. Pero cegada por la atención de tan importante figura, tardó en ver su verdadera naturaleza. Primero la apartó de sus amigas, después le prohibió vestirse a su antojo o usar maquillaje. Su vida se fue llenando de prohibiciones.
La joven acabó encerrada en casa, esperando el regreso de Julián, cocinando guisos y limpiando habitaciones. Trabajar fuera, ni pensarlo. Julián sospechaba de todo y de todos, la celaba hasta la obsesión. Verónica intentó de mil maneras demostrar su fidelidad, pero pronto comprendió que el problema no era ella, sino él. Por más que se esforzase en agradarle, Julián nunca estaba satisfecho. Cuando comenzaron los malos tratos, Verónica decidió volver sola a su casita del barranco, con la esperanza de olvidar.
Pero el peor golpe aún la aguardaba.
Julián volvió al día siguiente. Verónica fregaba la cocina; las puertas abiertas, el aire suave olía a limpieza. Se sentía en paz barriendo el suelo, pero Julián entró dando una patada al cubo, desparramando el agua por el suelo. Enseguida supo que después del cubo vendría ella.
No recordaba nada después, como si su memoria la protegiera del horror de aquel día. Volvió en sí rodeada de guardias civiles, agitándole una bolsa con un cuchillo de cocina. Detrás de la verja murmuraban los vecinos, dentro, todo revuelto, las cortinas arrancadas y, en medio de la cocina, yacía Julián.
“¡Acabó con él!”, se oía al otro lado de la tapia. “¡Si no hubiese ido provocando, el hombre hoy estaría vivo!” “¡Tenía de todo y así le pagó!” “¡Ha arruinado a un buen hombre!” “¿Y ahora qué? ¡Gracias a él había faena para todos!” “¿De qué vamos a comer ahora?”
Verónica fue condenada a seis años en la cárcel. Cumplió su tiempo en una prisión de régimen común, y aunque no fue fácil, tampoco resultó tan terrible como pensaba. Por su carácter afable y su capacidad para escuchar y acompañar en el pesar, hizo un pequeño grupo de amigas que endulzó los días de encierro. De su belleza y su dulzura de antaño apenas quedaba rastro; el cabello se le fue llenando de canas, ya no le apetecía arreglarse. Nunca habría imaginado acabar entre rejas. Siempre creyó que ahí sólo iban los desalmados y los irredentos, pero bien dicen que “nadie puede estar seguro de no acabar mendigo ni preso”. Todo puede romperse en un instante. Ahora, Verónica, era expresidiaria.
Caminaba, ocultando el rostro, con el corazón agitado. ¿Existiría todavía su hogar? Quizás lo habrían desmontado para leña… Pero allí, al borde del barranco y entre dos frondosos álamos, destacaban claramente las paredes de su casita. Desde el barranco ascendía un aire fresco, en el fondo murmuraba un arroyo en el que croaban las ranas. Cuántas veces soñó con este momento, cuántas veces revivió en sus sueños aquel rincón querido. Más allá del arroyo se extendía el bosque, lleno de setas: níscalos, boletus, robellones Tuvo el impulso de salir corriendo al monte con una cesta en la mano.
Entró casi sin hacer ruido y, buscando la llave en la teja escondida, abrió la puerta y se preparó para el olor a humedad, pero no olía a cerrado. Encendió la luz y la cocina se bañó en un destello dorado. Todo estaba limpio, y en la ventana, un geranio rozado florecía espléndido. Verónica lo observó sin entender nada. Recorrió todas las habitaciones: todo en su sitio. Alguien había cuidado de la casa en su ausencia.
“¡Vero, Veróoo!” sonó desde el portal, y entró a toda prisa la vecina, doña Eduvigis. “Vaya cambio, muchacha” le espetó sin saludo “Vi la luz y aquí vengo. Te he traído para arrancar el hambre, después del viaje nadie tiene tripa. Tengo leche fresca y un buen pan.” Dejó el tarro y el pan enfundado con esmero. “Gracias,” sonrió Verónica, “¿has sido tú quien atendía la casa?” “¡Claro, mujer, cómo dejarla sin vigilar!”, respondió la vecina. “¡Gracias, muchas gracias!” se emocionó Verónica, y las lágrimas asomaron a sus ojos “Me voy, que aún hay quien en el pueblo te guarda rencor. Como lo sepa el mío que estuve contigo, me monto una cena de bronca.”
Aquello le devolvió algo de alegría: al menos una persona la había comprendido. Sirvió la leche tibia en un vaso, y en ese momento golpearon tímidamente la puerta. En el umbral apareció un chaval de unos trece años, torpe, ofreciéndole un paquete. “Mmmmi madre dice que te lo dé,” tartamudeó, dejando el paquete en manos de Verónica antes de salir corriendo. No supo quién era: en seis años los niños crecen y cambian. El paquete desprendía el delicioso aroma de jamón recién cortado.
Sin aviso ni reparos, Lucía irrumpió y fue directa a abrazarla. Tiempo atrás, antes de Julián, eran inseparables. Verónica no pudo contener el llanto. “Pensé que todos me volveríais la espalda…” “¡Qué va!”, replicó Lucía, “las mujeres tenemos que apoyarnos. Lo tuyo fue defesa propia, lo digan como lo digan. Los hombres no entienden de asuntos de mujeres, y por eso protestan. Eduvigis avisó de tu regreso, me he acercado sólo un segundo, mira, te he traído algo de la huerta. Hoy descansa, que mañana ya tendremos tiempo de hablar.”
Verónica estaba tan emocionada que no podía tragar bocado. Se dio cuenta de que había juzgado mal a sus vecinos. Las mujeres la comprendían y la arropaban. Disfrutando de las sábanas frescas, casi dormida, de pronto llamaron a la ventana. Incluso en la oscuridad reconoció la anchura de Francisco, el alguacil rural al que todos respetaban.
“No salgas,” le dijo, “hablemos por la ventana. Lo hemos estado pensando los hombres, y guardarte rencor es necio. Puede que las mujeres no entiendan ciertas cosas, pero nuestra faena fue por Julián y él, que descanse, tampoco era un santo Bueno, no hablaré mal delante de ti. Hemos hecho una colecta entre todos, para que no pases apuro. Acéptala, mujer.” A Verónica le costaba aceptar el dinero, pero Francisco lo tiró al alféizar y se perdió entre las sombras de la noche.
Autora: Anfisa SabinaVerónica recogió el sobre del alféizar y lo sostuvo entre las manos unos segundos, palpando el peso desconocido y cálido de la generosidad inesperada. Durante años se había preparado para una vuelta llena de odios y silencio, pero al abrir la ventana esa noche sintió el aire del barranco envolviéndola, amable, como si la naturaleza toda quisiera devolverle una esperanza.
Apagó la luz y, antes de acostarse, se detuvo frente al viejo espejo embebido de la humedad del tiempo. En el reflejo vio a una mujer nueva, con las heridas a flor de piel pero los ojos vigilantes y vivos. Pasó un dedo por las arrugas y las canas y, en vez de tristeza, sintió un impulso vehemente: tenía derecho a sumarse de nuevo a la vida. Tal vez no a la de antes, pero sí a una vida elegida, pequeña y libre.
Esa noche durmió profundamente, con la sensación nítida de que la oscuridad por fin dejaba de acecharla. Amaneció con la primera claridad y, al abrir la puerta, el campo le regaló aromas a humedad, a pan y a verde. Una bandada de pájaros cruzó el cielo frío y Verónica respiró hondo, comprendiendo al fin que regresar no era volver atrás: era empezar, aunque fuera junto a las heridas, aunque el pueblo murmurara, aunque la vida se tejiera despacio.
Salió al umbral, y con la cesta en la mano, echó a andar hacia el bosque. El arroyo murmuraba la misma canción de siempre. Esta vez, sin miedo, se adentró entre los árboles, dispuesta a encontrarse, por primera vez, consigo misma.




