Diario personal de Pedro
El ventanal de la habitación del hospital estaba abierto. Por la mañana lo había abierto la enfermera, dejando entrar el aire fresco. La brisa movía las cortinas, el verde de las hojas alegraba la vista y aún no había llegado el sofocante calor del verano madrileño.
A mí, Pedro, me acababan de operar de apendicitis. Decían que la operación fue complicada, casi no llegan a tiempo. Pero yo siempre fui valiente.
¿No tienes miedo a los pinchazos? me había dicho la enfermera esa mañana, soltando aire de la jeringuilla con una sonrisa.
Yo, sin decir una palabra, me giré de lado; aún no me dejaban incorporarme.
¿De verdad pensaba que podía asustarme con eso…?
Me trajeron desde una callejuela, porque allí me dio el dolor. No, no era un chico de la calle, me crié en un centro de menores. Simplemente, volvíamos del mercadillo con unos amigos, intentando sacar algo de dinero de estrangis, cuando me doblé de dolor.
Lo único que lamentaba era haber metido en líos a Luis y al pequeñajo Sergio seguro que ahora en el centro estarían buscando a los tres. Ayer, tras la operación, vino corriendo doña Clara, la subdirectora, aparentando preocupación. Todavía estaba medio dormido por la anestesia, recuerdo su cara seria agachada hacia mí. Los detalles se me escapan.
¿Por qué tuve que ponerme malo fuera del centro? Si me hubiera pasado allí, habría llegado sin problemas… Pero tocaba así.
Culpo a los albaricoques del mercadillo. Nos dieron una caja de los que ya nadie quería, pero aún así estaban dulces, como miel. Nos pusimos morados; seríamos tontos…
Eeh, campeón, ¿cómo te encuentras? Un médico mayor, de manos peludas, revisó el vendaje Todo lo peor ya pasó. Ahora solo queda recuperarse.
Yo no tenía miedo, ni antes ni ahora.
Qué tío más valiente… Pero, escucha, valiente y de repente su expresión se puso seria Nada de comer por ahora. Nada de dulces, ni comida de fuera. Esta noche solo un poco de gelatina.
Asentí por respeto, aunque sabía que nadie iba a traerme nada. En el centro estarían todos enfadados, por escapar y encima meter en un lío a los educadores. Irnos al mercadillo era un secreto, y encima me pongo mal antes de entrar… menuda gracia.
Pero sí, el doctor tenía razón. He tenido que aprender a ser valiente. Mi madre no me quiso; seguro que fue un accidente. Quizá ni tenía dinero para abortar. Yo ya tengo diez años y pienso en eso igual que los demás; en el centro nadie se engaña.
Nunca he sentido rencor contra ella. Incluso le agradezco que me haya dado la vida. Aunque escribiera ese papel de rechazo en cuanto nací, le doy las gracias igual.
Hasta los tres estuve en una casa de bebés, luego pasé al centro de menores en Guadalajara, después otro en Cuenca. Desde que recuerdo, he tenido que pelear por todo, incluso por la comida. Y eso que en los tiempos de la democracia ya no pasaba hambre España. Pero aún así, los cocineros y algunos trabajadores se llevaban la mitad a casa. No solo peleábamos por la comida, sino por todo. Me hice fuerte a base de golpes. Varias veces me rompieron algún hueso. Recuerdo a la peluquera que venía una vez al mes a raparnos y casi se le saltaban las lágrimas viendo mi cabeza llena de cicatrices.
¿Para qué llorar? Yo nunca lloraba. Y ahora pretenden asustarme con unos puntos en la tripa o con pinchazos…
Ridículo.
A los adultos los veía como gente fría, calculadora. Yo no era un niño pequeño ni una niña que pudieran querer; era tosco, algo bronco, directo y de carácter.
Ten cuidado, Vázquez. Como se te ocurra cualquier tontería, te meto en aislamiento amenazaba a menudo la subdirectora, doña Clara.
Yo no respondía, pero nunca fue de someterme. Ya tenía mis propias reglas.
Solo había una adulta a la que todavía recordaba de vez en cuando. No sé cómo otros niños piensan en sus madres, pero a esta mujer, que fue casi solo una aparición en mi vida, le hablaba mentalmente aún. Tenía yo unos seis años. No era la casa de Madrid sino otro centro, en Cuenca. No sé qué puesto tenía, pero recuerdo su sonrisa suave, sus ojos claros, sus manos cálidas y ese olor agradable. Me sentaba en sus rodillas y me susurraba:
Tienes que ser fuerte, Pedrito. Tienes que comer bien, cuidarte, obedecer… Te va a tocar duro, pero tienes que conseguirlo, ¿vale? Solo inténtalo, ¿sí?
A veces me cantaba una nana.
Gatito, gatito, rabo gris y blandito,
Duérmete ya, duérmete ya.
Patitas blanquitas, orejitas negritas,
Duérmete ya, duérmete ya…
Y aunque me crea muy adulto, esa cancioncilla la tarareo muchas noches en silencio, cuando todo va fatal. Cierro los ojos, siento el calor de sus manos, y eso siempre me tranquiliza.
Después esa mujer desapareció, como si nunca hubiera estado; dejó solo esa canción. No recuerdo ni su nombre, la llamo “mamá” en mi cabeza, aunque sé que sería solo una cuidadora, pero a veces me gusta imaginar.
La enfermera cerró la ventana y empezó a poner la cama de al lado. Me alegré; ya me aburría estar solo.
Al poco entró una camilla rodeada de médicos y enfermeros. Mucho lío. Me costaba ver desde mi cama, pero alcancé a distinguir a un chaval flaco de cara afilada, colgado a un gotero. Al final se quedaron solo la enfermera y un hombre en bata blanca.
Nadie hablaba mucho. Unas frases sueltas.
El niño descansará dijo la enfermera.
Gracias, ya nos avisa…
Lo haré.
Se fue y el hombre, apoyado sobre las rodillas, se quedó quieto junto a la cama del pequeño. Parecía dormido.
Yo ya estaba incómodo de estar todo el día tumbado. Al moverme, crujió la cama, el hombre se giró. Arrugas entre las cejas, pero con buena mirada.
Hola susurró, como si recién se diera cuenta de mi existencia.
Hola respondí.
Vio a su hijo, luego se arrimó a mi cama.
¿Te operaron?
Sí, me cortaron el apéndice.
Bueno, eso está bien. ¿Aún no te dejan levantarte?
No.
¿Necesitas algo?
No puedo comer hasta la noche. ¿Y a él qué le pasa? señalé al chico dormido.
¿A él? Es otra cosa. ¿Te importa que me quede? Si vienen a verte, salgo.
No pasa nada respondí, ¿quién era yo para oponerme?
El hombre movió su silla y, bajando un poco la voz, me dijo:
Se llama Simón, tiene once. ¿Y tú?
Pedro. Diez años.
Gracias, Pedro dijo el hombre, y yo ni entendí bien por qué.
Al día siguiente, por la sala no paraba de entrar y salir gente. A Simón le ponían medicamentos, venían médicos. Su padre no se despegaba de allí. Simón movía un poco las manos y la cabeza, pero no despertaba.
Luego llegaron sus abuelos y una mujer joven, la madre. Alta, muy erguida, con nariz aguileña y pelo rizado recogido. Pálida, ojos enrojecidos de llorar. La sentaron junto a la cama y no dejaba de acariciar a Simón ni de hablarle.
¿No sería mejor cambiar al otro niño? sugirió el papá de Simón mirando mi cama, quizá por cuidar a su mujer.
Sí, hoy mismo lo cambiamos.
El médico entonces se fijó en mí de golpe.
¿Qué tal, chaval? ¿Te duele?
Un poco.
Esta noche dormí fatal, me molestaba la herida, daba miedo moverse, el catéter pinchaba. Ayer ni me dieron cena, o no se acordaron o todavía era pronto.
Hoy ya puedes levantarte, despacito. Vamos a pasarte a otra sala. La enfermera vendrá a quitar el catéter.
Tenía unas ganas locas de ponerme de pie, pero la enfermera no aparecía. Entraba y salía gente todo el rato.
Fue cuando empecé a darme cuenta de que Simón, seguramente, estaba muriendo. Ya no despertaba, siempre lo trataban con un cuidado especial, el ambiente era tenso, resignado.
A mediodía solo quedaba una chica joven, familia de Simón. Yo, muerto de vergüenza, pedí por señas a la enfermera que tenía que quitarme el catéter con ella delante, a ver si podía hacer algo…
¡Tú importas poco! A ella qué le va, lo hago en un instante, anda.
Y así fue, acabó rápido, pero yo seguía allí tirado, disfrutando de la libertad que da que te quiten esas cosas. Ni idea de dónde estaban mis cosas. La chica miraba al chico y por la ventana, le humedecía los labios, cuidando con cariño. Me sentí más solo que nunca.
“Nadie te necesita”, pensé.
A la hora traté de sentarme. Me giré, me tapé con la sábana y me senté.
La chica me miró.
¿Te ayudo?
No, gracias la cabeza me daba vueltas. Me tumbé otra vez.
Al poco traté de nuevo.
¿Sabes dónde dejaron mi ropa? pregunté.
No, pero lo averiguo. Porfa, échale un ojo a Simón si me voy.
Yo, envuelto en la bata, me atreví a ir al baño, pero me flojeaban tanto las piernas que temí desmayarme. No creí que dar unos pasos costara tanto.
Al fin, me trajeron ropa. No la mía, sino del hospital.
Me doy la vuelta, no te preocupes me dijo la chica.
Me senté en la cama, me puse el pantalón, pero todo me iba enorme. Arreglarme la cintura, eso sí que sabía hacerlo. No conseguía levantarme a ajustar los bajos y, al verme tropezar, la chica se agachó a ayudarme.
Anda, qué grande te queda. Ven, que te doblo los bajos tardó tanto, con tanta delicadeza, que empecé a marearme.
Voy a caerme…
Eh, ven aquí. Siéntate, todavía estás pocho. ¿Desayunaste? ¿Cómo te llamas?
Pedro.
Yo soy Elisa. Pedro, debería estar tu madre aquí. ¿Quieres que la llame, o no tienes teléfono en casa?
No tengo madre.
Ah… ¿Y tu padre, quién vive contigo?
Estoy bien, mejor traté de cambiar de tema. Fui al baño a mirarme al espejo. Ojeras azuladas, los labios blancos, pero los ojos, negros, brillantes, como decían en el centro: “pareces un cuervo, es por eso que tu apellido debe ser Vázquez”, y todos me llamaban Cuervo. Me daba hasta cierto orgullo.
Me lavé la cara, eso me despejó. Al rato, Elisa me trajo un vaso de gelatina.
Ya puedes traerlo a la sala, si quieres comer.
¿A dónde?
Derecha, sal y justo otra vez a la derecha, lo encontrarás por el olor se reía la señora de la limpieza.
Casi se desmaya antes, ¿cómo va a andar escaleras? Traigo la gelatina yo decía Elisa, indignada No puede más por ahora.
Moviéndome por la sala, miré a Simón tan guapo, parecía una niña, con el pelo rizado de su madre. Pero tan delgado.
¿Se está muriendo? me salió, porque los de centros nunca nos andamos con rodeos.
Ella se estremeció.
No lo sabemos. Lo único seguro es que muy grave está. Llevamos cinco años luchando; cuatro operaciones, tres en los intestinos. Sus padres ya no pueden más. Yo soy su tía, la hermana de su padre. Pero a veces hay milagros, ¿no?
No lo sé me senté en mi cama.
Envidiaba a Simón: padres, abuelos, familia… Todo. Y sin embargo ahí estaba, muriéndose.
No tuvo suerte…
No me cambiaron de sala. Por la tarde volvió el padre, su nombre era Javier, otra vez con el ajetreo. Escuchaba a todos opinar de mí, que nadie venía a verme.
Pedro, ¿eres del centro? preguntó Javier.
Sí.
Mejor pásate a otra sala, Simón está muy grave…
Estoy bien aquí. ¿Puedo quedarme?
Cuatro días se repitieron así. Me subió la fiebre y me cambiaron a una sala con ancianos. Me aburría y volvía a sentarme con Simón. Nadie me echaba.
Por la fiebre, retrasaron mi alta.
En esos días, Javier supo casi todo de mí. Me hacía preguntas, me escuchaba. Un día trajo algo de ropa. Ni pregunté.
¿Es suya? miré a Simón.
Sí, suya…
¿Y si no se muere?
Javier me miró extrañado. Ellos en familia no decían esa palabra. Todos tenían miedo a nombrar la muerte.
Una vez, la madre, Sonia, gritó entre sollozos:
¡¿Por qué?! ¡Hicimos todo lo correcto! ¿Por qué muere igual?
Cuando el alma de un hijo se apaga, también lo hace el cuerpo de la madre. Ella ya no quería vivir. Le pinchaban tranquilizantes, pero poco ayudaban.
¿Y si no se muere? insistí.
Para Javier fue más respuesta a sí mismo que a mí:
Lamentablemente, no podrá sobrevivir. Está muriendo, Pedro lo dijo con mucho esfuerzo.
¿Duele morir? abracé la camisa de Simón, mirándolo con rabia, arrugando la frente.
Javier lo notó. Yo era solidario, me dolía todo. Había escuchado todo en esos días: el miedo de los niños huérfanos.
Duele menos que dormirse. Y estamos aquí para que no tenga dolor, no temas.
Pero se mueve.
Por eso le hablamos, esperando que escuche. Aunque no lo sabemos
Siempre alguien acompañaba a Simón. Una noche, Javier salió un segundo y yo me quedé solo con Simón, le hablaba:
y ni sé nada de mi madre. Igual ya ni existe. Pero no importa. Si viniera, la perdonaría. ¿No me crees? Da igual… Pero tú no te mueras. Mira cómo te quiere tu familia… Si yo tuviera un padre así, no me dejaría morir jamás. La ropa te la devuelvo, ¿eh? No mancho. Tengo muchas camisas así. Tú lucha, hermano, lucha
Javier oyó desde la puerta, con un nudo en la garganta. Cuando entró, yo salté:
Me ha apretado la mano, ¿lo ve? ¡De verdad!
Te creo, Pedro, te creo.
Simón al final murió aquella noche. Yo ni lo noté: bajé a desayunar y cuando volví, ya no estaba. Fui corriendo al control de enfermería, nadie sabía, pregunté por Simón.
Simón… lo siento. Estaba muy enfermo…
¿Ha muerto? lo interrumpí.
Asintió.
¿Qué podía hacer enfadado? Salí, empujé con el pie un cubo lleno de agua, golpeé una puerta; todo el mundo me regañaba, pero yo me tapé los oídos, sentado en mi cama.
¡Tantos médicos y ningún remedio para salvarle!
No supe por qué, si ni había hablado conmigo, pero Simón se convirtió en mi amigo. Le conté mi vida: la madre ausente, la cuidadora de la nana, las peleas, los huesos rotos…
Una noche soñé que Simón se sentaba en la cama, algo triste. Le ayudé a incorporarse y me pidió, con voz de niña, “déjame solo sentarme”. Que me contara de su vida: playa, familia, el abuelo general, el colegio, su cuarto. Todo como yo lo imaginaba viendo la tele: familias en pisos pequeños, todos juntos, mamá echando el té con cazo los jueves que es pescado. Él hablaba, y en el sueño fue al alféizar, quise pararlo y me desperté con miedo.
Volvía en mí la nana:
Gatito, gatito, rabo gris y blandito…
Cada vez que sentía soledad, imaginaba que Simón seguía hablándome. A veces inventaba cosas que nunca existieron; es que nunca tuve una familia real, solo sonaba a tele.
***
Raro, pero Javier, el padre, al morir su hijo, sintió alivio. No porque no quisiera a Simón, al contrario. Pero el peque llevaba semanas en ese limbo, solo por ellos seguía ahí. Mejor así, dejó de sufrir.
A él le tocó aprender a vivir con la ausencia, ayudar a su mujer, Sonia, a aceptarla.
Pero cada vez pensaba más en mí. Adoptarme no era el momento; Sonia no lo soportaría. Nadie reemplaza un hijo único. El retrato de Simón estaba en el salón, flores alrededor, Sonia siempre velando, encendiendo velas, yendo a misa y al cementerio. Ya no podían tener más hijos; una operación hacía años se lo impidió.
Y yo, Pedro, nunca tendría madre ni padre…
Nada parecido a Simón, claro: tosco, de ojos negros, bruto. Pero Javier me había escuchado, sabía que por dentro tenía buen corazón.
Sonia, me han dado el alta a Pedro. Se ha quedado casi dos semanas…
¿Por qué? se sorprendía Sonia.
Lo normal, cosas de papeleo y ropa…
Javier fue al centro que era ya mi casi casa. Le costó. No quisieron dejarle verme, mucha burocracia, miradas siempre sospechosas. Tuvo que buscar a una conocida psicóloga para pedir consejo.
Habló con Tatiana, que le explicó: hace falta el consentimiento del niño y de su esposa. Sin eso, nada.
Javier insistió; fue a servicios sociales, donde por primera vez encontró a gente amable. Le ayudaron a gestionar el encuentro conmigo.
De todo esto, a Sonia no le contó nada. A su cuñada Elisa y al suegro sí; ella le apoyó. Prometieron convencer a Sonia.
Pero Sonia lloraba al mencionar mi nombre.
¡Nunca podrá ser Simón, dejen de tratarme así!
Nadie quiere reemplazar a nadie. Pero ese chico es huérfano, está solo y nosotros también… No se trata de un sustituto, solo de ayudarle y ayudarnos…
Por favor, no me presiones… y fue su primer “sí”.
La primera vez que me llamaron para la entrevista, entré mudo y tieso como un palo. No miré a nadie, las manos tan apretadas que se me pusieron blancas. Ni la mano le di a Javier.
Tatiana estuvo a nuestro lado, dejando que fluyera la cosa. Javier intentaba relajar el ambiente, pero yo cada vez estaba más tenso. Nada que ver con el chico sociable del hospital.
Cree que no quiere venirnos, ¿verdad? preguntó Javier de vuelta a casa.
Te confundes dijo Tatiana desea con todas sus fuerzas que funcione. Pero tiene un terror enorme a no estar a la altura. Ahora solo piensa en vosotros…
Sonia no estaba convencida.
Cuando me llevaron a su casa, nos sentamos a tomar un café. Yo sudaba, solo miraba la taza, como si comer algo pudiera suponerme un castigo; no me atrevía ni a dar un sorbo por no romper nada. Todo era diferente a lo imaginado, hasta me sentía atosigado.
Tenía miedo de Sonia.
En cuanto a Javier se le cayó la cuchara, solté bajito:
¡Madre mía, qué desastre!
Javier sonrió.
¡Sí, menudo desastre! Anda, come, hombre, que no pasa nada.
Cogí un trozo de tortilla, pero ni sabía masticar de lo nervioso que estaba.
Estás tenso, relájate.
¿Quieres que te enseñe la habitación de Simón? propuso Sonia.
Me iluminé al instante y asentí.
Entré, vi el retrato de Simón, la cara tan abierta y viva. Era alegre, parecía sonreírme diciendo “no te asustes, estoy aquí”.
¡Simón! toqué el marco, miré a Sonia Aquí sale más gordito.
Estaba más sano entonces…
Justo antes… de morir, ¿no?
Sí…
¿Me enseña sus cosas?
Sonia, al principio no entendía, pero me trajo el álbum de fotos.
Si te parece lo miramos juntos.
Al empezar a hojearlo, ella se sentó a mi lado.
Qué gracioso era… qué simpático iba diciendo yo.
Todo me interesaba. De pronto, viendo una foto de la playa, salté:
¡El mar! Me contó que fuisteis juntos.
Sonia negó, triste.
¿Te contó…? Pero ya no podía hablar en esos días.
A mí sí.
No protestó. Por primera vez, hablamos juntos de Simón y, aunque lloró, fue distinto; menos doloroso.
Al acabar, Sonia me preguntó:
Pedro, ¿si quisiéramos adoptarte aceptarías?
Me volví a tensar. Pasé las páginas en silencio.
No lo sé. Simón era mejor chico. Yo no sé…
Sonia me abrazó me asusté, hacía años que nadie me abrazaba así y me balbuceó:
No queremos que ocupes el lugar de Simón, solo acogerte como a su mejor amigo.
Sentí su olor, el calor de sus manos. Para despistar, seguí pasando el álbum, aunque los ojos se me llenaban de lágrimas.
Nunca lloré, pero ahora sí. Y Sonia me secó las lágrimas diciendo:
No llores, Pedrito, anda, eres fuerte, tienes que serlo…
Estas palabras ya me las sabía.
La ventana estaba abierta, el aire fresco hinchaba el visillo, el verde de fuera se colaba, y Simón sonreía desde su retrato.
¿Conoces una canción que dice “Gatito, gatito, rabo gris y blandito, duérmete ya, duérmete ya…”? pregunté casi suplicando.
Me suena… Es una nana. ¿Quieres que la aprenda para ti?
Asentí. Poco más podía pedir.
***Sonia se quedó un largo momento en silencio, mirando por la ventana al parque, donde los árboles se cimbreaban bajo la brisa como si también estuvieran tarareando algo muy bajito. Cuando volvió su mirada hacia mí, sonreía triste, pero había una luz nueva en los ojos.
Te la cantaré, aprenderé las estrofas, y si se me olvida me la invento dijo, y en ese instante supe que era de verdad. Puedes pedírmela cada vez que la necesites.
Un poco después apareció Javier con el té, lo repartió sin palabras y nos sentamos los tres juntos, los cuerpos algo torpes, pero el silencio era cálido y lleno de algo distinto, una promesa pequeña. Sonia puso su brazo alrededor de mis hombros, y sentí por primera vez en años que no estaba completamente solo.
Cerré los ojos y escuché el murmullo de sus voces, las tazas chocando, el canto lejano de los gorriones. Era cierto que Simón nunca volvería, que aquel hueco en la casa era tan grande como el cielo. Yo no era su hijo, ni quería ocupar ese lugar, pero en ese momento sentí que un poquito del amor que ellos derramaban también me pertenecía.
Y cuando Sonia, con voz tímida, empezó a inventar versos a la nana, desafinando ligeramente, supe que sí, que había sitio para mí en alguna canción, y también en sus corazones.
Me dormí allí mismo, apoyado contra el hombro de Sonia, con una paz extraña y tibia que ni el hospital, ni las peleas, ni la soledad más feroz habían conseguido robarme nunca.
Soñé que Simón me daba la mano para jugar en un parque lleno de árboles verdes, bajo un cielo limpio, y de fondo una nana sonaba, diciendo muy bajito: Duérmete ya Que todo va a ir bien.
Y sentí que, por fin, yo también podía creerlo.




