**La Pista de Esquí Fatídica**
Las ruedas del tren de cercanías golpeaban alegremente los raíles. A lo largo de la vía, los altos pinos se alzaban como una muralla, y entre sus ramas se filtraba el sol bajo del invierno. Un grupo de estudiantes de medicina charlaba animadamente. Junto a la puerta del vagón, sus esquís esperaban.
El alma de la excursión era Javier “Javi” Márquez, un joven atlético, orgullo de la facultad y candidato a maestro nacional de esquí de fondo. Cada invierno competía por el honor de la universidad y nunca bajaba del podio. Su padre ocupaba un alto cargo en el ayuntamiento de Madrid. Era, sin duda, una estrella local.
Poco antes de Navidad, Javi propuso ir a una estación de montaña poco conocida, escondida en el bosque. Allí podrían relajarse y practicar esquí. Muchos aceptaron, aunque solo él tenía experiencia. Pero, ¿quién rechazaría un plan en la naturaleza?
Lucía solo había esquiado en las clases de educación física. Pero cuando Javi la invitó, no lo dudó. Haría lo que fuera por estar a su lado.
En el tren, Lucía se recostó contra su hombro, feliz, sin notar las miradas celosas de Alejandro Mendoza. O las de Ana, que observaba a Javi con preocupación. “¿Qué ve él en ella?”, parecían decir sus ojos.
Hasta Lucía se sorprendía. Había chicas más guapas, y sin embargo, Javi la eligió a ella, tímida pero brillante estudiante. Incluso había hablado de casarse después de graduarse. Su padre le había hecho prometer que no se comprometería antes de terminar la carrera, o perdería su apoyo para entrar en el mejor hospital de la ciudad.
Faltaba año y medio. Mucho podía cambiar. Pero Lucía no pensaba en eso. Con la cabeza apoyada en el hombro de Javi, se sentía amada.
Al bajar del tren, el bosque nevado los dejó sin palabras. El aire fresco los animó mientras marchaban con los esquís al hombro, disfrutando del día, de su juventud y de las fiestas que se acercaban.
Se instalaron en cabañas de madera y Javi los llamó a la pista para calentar.
“Empezaremos con el circuito corto, cinco kilómetros. Llevad los móviles y avisad si pasa algo. La pista está bien mantenida, sin peligro. Yo iré primero, Alejandro cerrará el grupo”, dijo Javi, colocándose en la línea de salida.
Lucía se quedó atrás, consciente de su torpeza. Se situó la última, seguida por Alejandro. Javi lo vio, pero no comentó nada.
Pronto, el grupo liderado por Javi desapareció entre los árboles. Lucía se quedó rezagada, los músculos doloridos, las manos entumecidas. Alejandro seguía detrás.
“¡Adelántame!”, le gritó, volviéndose.
Pero él no se apresuraba. Lucía se arrepentía de haber venido. Habría preferido esperar en la cabaña con un chocolate caliente. De pronto, un crujido cercano la sobresaltó. Perdió el equilibrio y cayó. Un dolor agudo le atravesó la pierna.
“¿Qué pasó?”, preguntó Alejandro, acercándose.
“La pierna…”, gemó Lucía entre dientes.
Alejandro revisó con cuidado. “Fractura. No hay cobertura”. Se alejó unos metros y gritó aliviado: “¡Aquí hay señal!”.
Llamó a Javi, quien pronto apareció con una tobogán de plástico. “La llevaremos así”.
Lucía gritaba con cada movimiento. Javi perdió la paciencia. “¡Ayúdanos o te quedarás helada aquí!”.
La acomodaron en el tobogán. Alejandro le dio su chaqueta. Javi tiró de ella con esfuerzo, mientras Alejandro, casi congelado, seguía.
En la estación, a Lucía le vendaron la pierna. Dos horas después, llegó la ambulancia. Esperaba que Javi la acompañara, pero él dijo: “No puedo dejar solos a los demás”.
Lloró todo el trayecto. La fractura era simple, pero pasaría Navidad en casa. Alejandro la visitó con naranjas y un libro.
“¿Para qué fui? Ahora perderé las fiestas…”, se quejó.
“Yo estaré contigo”, contestó él, aunque sabía que ella soñaba con Javi. Pero él jamás apareció.
Una amiga le contó que Javi se lió con Ana en la estación. El golpe fue devastador.
Alejandro la llevó a casa, ayudó con los exámenes, estuvo a su lado. Año Nuevo lo pasó con sus padres, rogando que su amor no la abandonara.
La vida dio un giro. La pierna sanó. Javi la ignoró. Alejandro, en cambio, nunca se fue. Se casaron, se mudaron a su ciudad, tuvieron un hijo.
Cinco años después, volvieron a la facultad. Javi pasó de largo, fingiendo no reconocerlos. Un colega comentó que su padre aún le abría puertas.
Alejandro se puso tenso.
“¿Celos?”, preguntó Lucía.
“Algo así. Sé que te casaste por despecho”.
“Tonto. Te amo. Y nuestro hijo tendrá una hermanita”.
Así es. Soñamos con príncipes, pero el amor verdadero suele llegar disfrazado. Su deseo de Año Nuevo se cumplió: alguien la amaba incondicionalmente. Solo tardó en darse cuenta.
Pide deseos en Navidad, en Reyes, cada día… pero recuerda que el destino sabe mejor que nosotros lo que necesitamos.





