La pista fatal

**La Pista Fatal**

Las ruedas del tren de cercanías repiquetearan alegres sobre los raíles. A lo largo de la vía, los pinos extendían sus ramas como un muro, filtrando la luz baja del sol invernal. Un grupo de estudiantes de Medicina charlaba animadamente. En la entrada del vagón, apoyados contra la pared, estaban sus esquís.

El alma y organizador del viaje era Javier Moraleda: alto, de complexión atlética, orgullo de la facultad y aspirante a maestro nacional de esquí de fondo. Cada invierno competía por la universidad y nunca bajaba del segundo puesto. Su padre ocupaba un cargo importante en el ayuntamiento de Salamanca. Vamos, una estrella local.

Poco antes de Navidad, Javier propuso ir todos juntos a un albergue en la montaña, un lugar poco conocido, rodeado de bosques. Allí podrían divertirse y esquiar. Muchos aceptaron, aunque solo él era realmente aficionado. Pero, ¿quién iba a rechazar un plan en plena naturaleza?

Lucía solo había esquiado en las clases de educación física en el instituto. Pero, ¿cómo decir que no si era Javier quien la invitaba? Habría hecho cualquier cosa con tal de estar a su lado.

En el tren, se apoyó en su hombro, feliz, sin notar las miradas celosas de Luis Martínez. Y no era el único. Ana también observaba con preocupación a Javier y Lucía. *«¿Qué habrá visto él en ella?»*, parecía preguntarse con la mirada.

Hasta Lucía se lo cuestionaba. Había chicas mucho más guapas, pero él la había elegido a ella, tímida y estudiosa, aunque sí, matrícula de honor. Incluso le había insinuado que, al terminar la carrera, se casarían. Su padre, hombre influyente, le había hecho prometer que no se comprometería antes de recibir el título. De lo contrario, lo dejaría sin ayuda para entrar en el mejor hospital de la ciudad.

Faltaba año y medio. Mucho podía pasar. Pero Lucía no pensaba tan lejos. Con la cabeza apoyada en Javier en el tren, se sentía dichosa y amada.

Al bajar, se quedaron maravillados ante la nieve que cubría el bosque, donde se escondía el albergue. El aire gélido les despejó la mente. Caminaron alegres con los esquís al hombro, celebrando la juventud, la jornada invernal y las fiestas que se acercaban.

Una vez instalados en las cabañas de madera, Javier los llamó para una ruta de calentamiento.

—Primero haremos el circuito corto: cinco kilómetros. Llevad el móvil y avisad si pasa algo. Pero esto está tranquilo, no hay animales peligrosos. La pista está bien marcada. Intentad no quedaros atrás. Yo iré primero, Luis cerrando —dijo Javier, colocándose en la línea de salida, que partía desde la casa principal.

Lucía no tuvo prisa en seguirlo. Sabía que no tenía experiencia y solo retrasaría a los demás. Se puso la última. Tras ella, se situó Luis. Javier lo notó, pero no dijo nada.

Un grupo, encabezado por él, tomó la delantera y pronto desapareció entre los árboles. Lucía se rezagó. Sus esquís resbalaban en la nieve compactada, las piernas le ardían de esfuerzo y las manos se le entumecían. Respiró hondo, el aire helado quemándole la garganta. A su espalda, oyó el crujido de los esquís de Luis.

—¡Adelántame! —gritó, volviéndose.

Pero él avanzaba lento, siguiéndola. Lucía ya maldecía su decisión de unirse. Debería haberse quedado en la cabaña, tomando chocolate caliente. De pronto, una rama crujió cerca, como si algo se abriera paso entre los arbustos. Ella se sobresaltó, perdió el equilibrio y cayó. Un chasquido seco retumbó bajo su pierna derecha. El dolor le nubló la vista y gritó.

—¿Qué pasó? —Luis se detuvo a su lado.

—La pierna… —gemó entre dientes apretados.

Luis giró, se agachó.

—Déjame ver. Aparta las manos. No temas.

Lucía las retiró un poco, pero no del todo.

Con cuidado, Luis palpó su espinilla. Ella dio un respingo y gimió.

—Claro. Fractura. —Sacó el móvil, pero no había cobertura. Maldijo.

—Lucía, no llores. Javier es rápido. Si decide dar otra vuelta, pronto estará aquí.

—Dijo que solo haríamos una —respondió ella entre lágrimas.

—Él siempre quiere más. Estamos a mitad del recorrido. Habrá que esperar. ¿Aguantarás? No hay otra opción.

Ella seguía sentada en la nieve, temblando.

—Voy a buscar señal. No me alejaré mucho. ¿Viste a alguien más atrás?

Lucía no respondió. El frío y el shock la hacían tiritar. Luis avanzó unos metros, revisó el teléfono, continuó.

—¡Hay señal! —exclamó aliviado.

Tras llamar, regresó junto a ella.

—Javier viene. Aguanta.

Al verla temblar, se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros. Lucía asintió agradecida, las lágrimas helándose en sus mejillas. Pronto, el frío empezó a calarle a él. Saltaba y se movía para no congelarse. Pareció una eternidad hasta que Javier apareció en la pista.

—Lucía, ya llegó ayuda —murmuró Luis, los labios amoratados.

—¿Cómo ocurrió? —preguntó Javier al acercarse.

Tras él arrastraba una tabla de plástico, como las que se usan para deslizarse en la nieve.

Lucía temblaba demasiado para hablar.

—Quítate los esquís. Te subiremos aquí —le explicó, como a una niña.

—La moto de nieve no está. Habrá que arrastrarla hasta el albergue —le dijo a Luis, sin mirarlo.

Cada movimiento le arrancaba gritos a Lucía. Javier perdió la paciencia.

—¡No te quedes ahí tiesa! Ayúdanos, ¿o quieres helarte?

Luis calló, sabiendo que Javier tenía más experiencia. Entre los dos, la subieron a la tabla.

—Mejor túmbate. Por si acaso —sugirió Javier, más calmado.

Lucía se tendió. Luis la cubrió con su chaqueta y puso los esquís a un lado.

Javier se ajustó una correa al pecho y empezó a arrastrarla con facilidad, como si no pesara nada. Luis los seguía, agotado.

Al llegar al albergue, ya no sentía ni las manos ni la cara. Alguien le frotó las mejillas con un calcetín de lana y le dio una taza de té caliente. Lucía yacía en un sofá, con la pierna vendada. Le habían puesto analgésicos y había dejado de llorar.

Dos horas después, llegó la ambulancia. Los subieron a ambos. Lucía esperaba que Javier los acompañara, pero él dijo que no podía dejar solos a los demás, y que de nada le serviría ir. Prometió llamarla y visitarla al regresar.

Ella lloró casi todo el trayecto. La sedaron, y se durmió hasta llegar al hospital. La fractura fue limpia, sin complicaciones. Le escayolaron la pierna y la ingresaron unos días. A Luis le trataron los principios de congelación y lo mandaron a casa.

Al día siguiente, fue a verla con naranjas y un libro.

—¿Para qué fui? Ahora pasaré la Navidad en casa… —se lamentaba una y otra vez.

—No estarás sola. Con esta cara mía, asustaré a los viandantes —bromeó él, para animarla. Pero a Lucía no le consoló. Soñaba con recibir el Año Nuevo junto a Javier, en su casa con chimenea. En cambio… Javier solo llamó unaPero con el tiempo, Lucía entendió que el verdadero amor no eran las promesas vacías de Javier, sino la lealtad silenciosa de Luis, aquel que nunca la abandonó, ni siquiera cuando ella aún soñaba con otro.

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