Lucía siempre supo elegir. A su alrededor giraban hombres adinerados, con prestigio y éxito. Pero, contra todo pronóstico, escogió a un chico sencillo de Zaragoza: Javier. No era el más guapo, ni un ambicioso, ni un empresario. Solo era auténtico, bueno y atento. De esos que te miran a los ojos y te sostienen la mano cuando las cosas se ponen difíciles. Vivieron juntos apenas unos meses antes de casarse, y poco después nació la pequeña Martita. Entonces comenzó la verdadera prueba.
Lucía no estaba dispuesta a sacrificar su carrera. En su departamento le prometieron un ascenso, brillaba en las reuniones, viajaba por trabajo y redactaba informes hasta altas horas de la noche. A Javier, en cambio, lo despidieron: la empresa recortó personal, y su nombre apareció en la lista sin explicación. Fue entonces cuando Lucía le propuso: «Tú te quedas en casa con la niña. Lo harás mejor que yo». Y él aceptó, sin quejas. Primero por ella, luego por su hija.
Vivían lejos de sus familias, sin nadie a quien pedir ayuda. Javier, siendo el mayor de una familia numerosa, sabía lo que era cuidar de los más pequeños. Se sumergió en pañales, biberones, purés, noches en vela y visitas al pediatra. Con el tiempo, se integró tan bien que se volvió uno más entre las madres del parque. Hablaba de la dentición, las vacunas y cómo calmar el llanto como un verdadero experto.
Lucía vivía con la maleta hecha. Congresos, informes, eventos de empresa, cenas con clientes. Volvía a casa un par de días, solo para marcharse de nuevo. Javier aguantó, pero un día le pidió: «Yo también quiero trabajar. Contratemos a una canguro». Ella lo apartó con un gesto:
—Martita está muy unida a ti. Nadie la cuidará como lo haces tú. Aguanta un poco más, ¿vale?
Él volvió a ceder. Pero poco después, ella regresó de un viaje y, sin quitarse el abrigo, soltó:
—Me he enamorado de otro. No le gustan los niños, así que Martita se queda contigo. He venido a por mis cosas.
—¿Qué? ¿Cómo que te vas así?
—Ya no te quiero, Javi. Lo siento. Pero tú sabrás arreglártelas.
Y se marchó. Sin lágrimas, sin explicaciones. Como si borrara a su familia de un plumazo. Javier se quedó solo. Con una niña pequeña, sin trabajo y sin apoyo. Pero no se rindió. Buscó trabajos eventuales, matriculó a Martita en la guardería y se las ingenió como pudo. Lucía solo aparecía en los cumpleaños—con un regalo y una sonrisa fugaz.
La niña creció hermosa, lista y muy sensible. En el colegio se esforzaba al máximo, y en casa abrazaba a su padre, que hacía las veces de padre y madre. Con Lucía era fría, y cuando esta visitaba, decía sin rodeos:
—No hace falta que entres. Papá y yo no te esperábamos. Estamos bien sin ti.
Martita entró en la universidad y presentó a su padre a un chico. Pronto se casaron y se mudaron. Javier se quedó solo, pero no se dejó vencer por la tristeza: entabló una cálida amistad con su vecina Carmen, que le ayudaba en casa, le llevaba pasteles y escuchaba sus historias.
Pero la felicidad tampoco duró mucho. El marido de Martita la abandonó con un bebé en brazos. Y ella, destrozada, volvió con su padre.
—Papá, ¿podemos quedarnos un tiempo contigo? Necesito pensar…
Javier no se negó. Cuidó de su nieta, la meció en brazos, le cantó nanas. Pero Martita… pronto inició otro romance. Y, como su madre años atrás, dejó a la niña con su padre.
La historia se repitió. Pero Javier ya no se sorprendió. Solo abrazó a la pequeña, le preparó unas gachas y se sentó a su lado. Carmen, su vecina, puso la tetera y le dijo:
—Bueno, abuelo, ¿empezamos de nuevo?
Y él sonrió. Porque, a pesar del abandono de las dos mujeres que más amó, en esa casa seguía latiendo el amor.





