La hijastra inesperada

**Diario de una Madrastra**

Las vacaciones de Navidad tocaban a su fin. Tras días de comilonas, los platos festivos ya habían perdido su encanto, así que Almudena decidió preparar gachas para el desayuno. Era hora de volver a la normalidad.

Los tres desayunaban en la cocina cuando el móvil de su marido sonó desde el dormitorio. Él salió del cuarto, y Almudena, sin querer, aguzó el oído, intentando adivinar el motivo de la llamada por las respuestas entrecortadas.

Cuando Adrián regresó, no parecía disgustado, sino más bien preocupado.

—Mm… —comenzó—. Era mi madre. Tiene la tensión alta y quiere que vaya.

—Claro, ve —asintió ella.

Mientras él se vestía, Almudena recordó sus palabras al teléfono: *«¿Ahora mismo? ¿No será mejor esperar? Bueno, vale»*. Su suegra solía exigir su presencia sin miramientos, y Adrián siempre corría. *«Estoy exagerando»,* se reprendió.

—Vuelvo pronto —gritó él desde el recibidor antes de que la puerta se cerrara de golpe.

—Come, vamos —urgió Almudena a su hijo, que jugueteaba con la cuchara, esparciendo las gachas por el plato.

—¿Vamos a la colina? Lo prometiste —dijo Javier, mirando dubitativo su cucharada antes de tragarla.

—Cuando papá vuelva, iremos. ¿De acuerdo? —Sonrió—. Pero termina el plato.

—Vale —respondió el niño sin entusiasmo.

—Si en cinco minutos el plato no está limpio, nos quedamos —ordenó ella mientras se levantaba para fregar.

Mientras planchaba y Javier jugaba en el suelo con sus coches, el pestillo de la puerta giró.

*«Por fin»*, pensó Almudena, dejando la plancha. Pero algo le llamó la atención: el roce de la ropa en el recibidor era más largo de lo habitual. Se acercó y se encontró con una niña de unos diez años que la miraba con curiosidad. Detrás de ella, Adrián cargaba con una expresión culpable.

—Esta es mi hija Lucía —dijo él, bajando la mirada—. Mi madre me pidió que la trajera hasta mañana.

—Entiendo. ¿Y su madre? ¿Otra vez de viaje con su último novio? —espetó Almudena con sarcasmo.

Adrián encogió los hombros, pero ella ya había vuelto a la tabla de planchar.

—Pasa —oyó decir a su marido, y por el rabillo del ojo vio cómo la niña se acercaba a Javier.

—¿Quedan gachas? —preguntó Adrián.

—Yo no quiero gachas —interrumpió Lucía—. Quiero macarrones con salchichas.

Adrián miró a su hija, luego a Almudena. Ella se encogió de hombros y señaló la cocina con un gesto: *«Allá tú»*.

Minutos después, Adrián la llamó:

—¿Tenemos macarrones? No los encuentro.

—Sí, ahí están. Termino de planchar e iré al supermercado —respondió con reproche.

—No me mires así. Yo tampoco sabía que…

—¿En serio? ¿Tu madre no te dijo por qué te llamaba? —El silencio de él fue respuesta suficiente—. ¿Y a mí no me ibas a preguntar? ¿O avisar? Javier también merecía prepararse para esto. Ahora competirán por ti.

Como si la vida quisiera confirmarlo, un grito desgarrador vino del salón. Almudena corrió, seguida por Adrián.

—Ahí lo tienes. Resuélvelo —dijo, abriendo los brazos.

Javier se abrazó a ella, mientras Lucía miraba al suelo, furiosa.

—¿Qué pasó? —Adrián se acercó a su hija, lo que encendió aún más a Almudena.

—Ella me qui… quitó el co… che —lloriqueó Javier.

El silbido de los macarrones hirviendo hizo que Adrián saliera disparado a la cocina. *«Y no puedo decirle nada. Es la invitada. La “pobrecita”, como dice mi suegra. ¿Y yo qué hago?»*

—¿Quieres ver dibujos? —preguntó Almudena a Lucía, forzando un tono amable.

La niña asintió, y ella encendió el televisor con alivio.

—¿Tu madre vuelve a las andadas? ¿Quiere rompernos? Me contaron cómo gritó cuando nació Javier: *«No tengo otro nieto que Lucía»*. ¿Esto es una prueba para ver cómo trato a *tu* hija? —susurró en la cocina.

—Está enferma —se defendió él.

—¿Y qué impedía que una niña de su edad le llevara agua o llamara a una ambulancia? A su edad yo ya freía huevos.

—¡Basta! —cortó él, golpeando la cuchara contra la mesa—. ¡Lucía, ven a comer!

—Papi, tráemelo aquí —respondió ella con tranquilidad.

—*Papi* —repitió Almudena, rodando los ojos—. Ve con ella.

Salí de la cocina y, sin mirar a Lucía, recogí la tabla de planchar. Que él se ocupara de su hija.

A pesar de todo, Adrián logró llevarla a la cocina. Almudena contuvo las ganas de estallar. Se sentó con Javier frente al televisor, pero solo veía imágenes borrosas. Él se acurrucó contra ella, buscando su mirada. *«Tranquila, aguanta. Javier lo nota todo. Ve que esa niña me molesta. No puedo hacer esto»*. Le sonrió con esfuerzo.

La irritación crecía dentro de ella. Sentía injusticia, dolor. Desde la cocina llegaban las risas de Adrián y Lucía, mientras ella y Javier estaban solos. *«Cuidado. Lucía le contará todo a mi suegra, y ella volverá a decir que arruiné su familia perfecta»*.

—Mamá, ¿cuándo vamos a la colina? —preguntó Javier.

—Ahora no sé. Tenemos visita —respondió, acariciándole el pelo.

Lucía apareció masticando. El ruido del agua en la cocina confirmó que Adrián lavaba su plato. *«Nunca lo hace por nosotros. Solo apila los platos. Así que sí sabe que se equivocó»*, pensó con amargura.

—¿Vamos a la colina? —preguntó Adrián, entrando animado.

—Sí. Pero solo tenemos un trineo —respondió ella, sin apartar la vista de la pantalla.

—No importa. Usaremos la tabla y nos turnaremos, ¿eh, hijo? —La última frase iba claramente dirigida a Lucía.

—Javier, ve al baño y vístete —dijo Almudena, levantándose.

En el camino, intentó convencerse de ser amable. *«Soy madre. No hay niños ajenos… Ella no tiene la culpa de que ni su madre la quiera. Podría habérsela llevado de viaje. Javier tampoco tiene la culpa. ¿Y yo? Mi madre tenía razón: su ex no nos dejará en paz»*.

En la colina, Lucía se apropió del trineo. Almudena colocó a Javier en la tabla, que bajó riendo. Pero Lucía, más fuerte, ya subía corriendo las escaleras. Almudena miró a Adrián con reproche. Él desvió la mirada y empujó el trineo donde iba Lucía. Javier, con su tabla, apenas llegaba a la cima cuando ella ya bajaba de nuevo.

—Ahora es tu turno —dijo Almudena a Lucía, señalando la tabla.

Adrián empujó el trineo sin decir nada.

—¿Y yo? —preguntó Javier, herido.

Buscaba protección en ella. Sabía que su padre ahora

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